Trauma y memoria colectiva. Una avalancha de emociones
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Trastorno de estrés postraumático: Armero, y más allá
La investigación muestra que entre veinte y cuarenta por ciento de las víctimas de un desastre natural pueden sufrir de trastorno de estrés postraumático, y las tasas de depresión están entre cinco y diez por ciento, dependiendo de la gravedad y el lugar donde ocurra el desastre. En el caso específico de Armero, un estudio publicado en el Journal of Nervous and Mental Disease encontró que, ocho meses después de la erupción del volcán (13 de noviembre de 1985), noventa y un por ciento de las 102 víctimas adultas examinadas tenían enfermedades psiquiátricas, de acuerdo con los criterios del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM-III) para trastornos psiquiátricos. (Recomendamos: El caso de Jenifer de la Rosa y de más de 500 niños sobrevivientes de Armero que no han encontrado a sus padres biológicos).
Los diagnósticos más frecuentes eran trastorno de estrés postraumático y depresión grave. Un estudio de seguimiento realizado después de dos años con cuarenta víctimas de Armero encontró, de hecho, que todavía había un alto nivel de angustia emocional, según un cuestionario de autoevaluación: cincuenta y cinco por ciento para aquellos que estaban en campamentos de refugiados y cuarenta y cinco por ciento para quienes buscaban ayuda en los hospitales de la zona.
Los hallazgos hacían énfasis en la magnitud de los trastornos mentales entre las víctimas, y resaltaban la necesidad de ofrecerles servicios de salud mental, no solo inmediatamente después del desastre, sino a lo largo de un período mucho más largo.
Debido a que Armero fue un desastre tan extremo, en el que desapareció una ciudad entera, los investigadores decidieron continuar el estudio en otro lugar, cuando un terremoto golpeó el estado de Imbabura, en el norte de Ecuador, durante la noche del 5 de marzo de 1987.
Los investigadores encontraron altos niveles de angustia emocional, cuarenta por ciento, entre los pacientes que se encontraban en las clínicas de cuidados primarios de la zona, una tasa ligeramente menor que la de Armero. Los 150 individuos recibieron los mismos cuestionarios de autoevaluación que se habían utilizado en Colombia.
La comparación entre estos dos grupos de víctimas de desastres mostró que las víctimas de Ecuador tuvieron una tasa menor de angustia emocional que las de Armero, pero la frecuencia de los síntomas entre los enfermos era similar para los dos grupos. Adicionalmente, los dos grupos de víctimas mostraron síntomas muy parecidos.
En un estudio realizado en Nueva Orleans después del huracán Katrina, con resultados que parecen similares a los de América Latina y el Caribe, el Grupo de Asesoría a la Comunidad del huracán Katrina evaluó a adultos que vivían en la región de la costa del golfo en el momento de la tormenta.
El estudio determinó que la prevalencia de enfermedades mentales, probablemente moderadas o graves, apenas bajaba del 44,3%, entre cuatro y siete meses después del huracán, a 41,8% un año después. “Nuestros resultados ofrecen evidencia sobre los efectos a largo plazo del daño que sufrieron los hogares, el trauma y la pérdida relacionados con el huracán, en el curso de dos problemas de salud mental: trastorno de estrés postraumático y depresión psicótica, y su ocurrencia simultánea”, escribieron los autores del estudio.
Entre tres y medio y cuatro y medio años después, los investigadores encontraron que treinta por ciento tenían niveles de estrés psicológico lo suficientemente altos como para indicar una enfermedad mental probable.
Después del terremoto de 1985 en Ciudad de México, el psicólogo Ramón de la Fuente reportó que del treinta y dos por ciento de los individuos entrevistados, diecinueve por ciento tenían angustia generalizada y trece por ciento sufrían de depresión.
Las estadísticas en los distintos países y tipos de desastres parecen bastante consistentes. La investigación acerca de las consecuencias sobre la salud mental de los desastres naturales es convincente, si miramos una variedad de eventos extremos en una amplia gama de países. No obstante, cuando pensamos en la “gestión de los riesgos de desastre”, rara vez pensamos en cómo lidiar con los efectos emocionales secundarios.
En un informe del 2001, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) declaróque “las consecuencias psicológicas de los desastres tienden a ser mucho más generalizadas y duraderas que las consecuencias físicas”. En el mismo sentido, la psicóloga Rosaura Orengo-Aguayo, de la Universidad Médica de Carolina del Norte, lideró uno de los estudios más exhaustivos de la evaluación posterior al desastre, publicado en abril del 2019, después del huracán María en Puerto Rico, pero antes del terremoto que ocurrió luego.
Orengo-Aguayo encontró que uno de cada catorce estudiantes en edad escolar tenía síntomas de trastorno de estrés postraumático. El estudio también encontró que casi la mitad habían sufrido el daño de sus casas, y más del ochenta por ciento habían visto otras casas dañadas. Más de 6.000 estudiantes, de los 96.000 que estaban entre grado tres y grado doce y fueron estudiados, dijeron que un amigo, un miembro de la familia o un vecino había muerto como resultado de la tormenta.
Mientras que los psicólogos y los científicos sociales están produciendo valiosas investigaciones para cuantificar las duraderas relaciones entre los desastres naturales y el trauma emocional, los escritores captan la profundidad y la calidad del dolor. “La gente, como las casas, se puede dividir en tres categorías: los que están muertos, los que están gravemente heridos y los que están profundamente dañados por dentro, pero todavía no lo saben”, escribió Dany Laferrière, después del terremoto del 2010 en Haití. “Estos últimos son los más preocupantes. El cuerpo seguirá funcionando por un tiempo, antes de que finalmente se desmorone. De repente. Sin previo aviso. Esas personas han ocultado los gritos dentro de ellas”.
* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial, sello Aguilar. June Carolyn Erlick es autora y editora de cinco libros, entre ellos, Disappeared, A Journalist Silenced (Seal Press, 2004), Una gringa en Bogotá (Aguilar, 2008), Telenovelas in Pan-Latino Context (Routledge, 2018) y Journalists of Today (ed.) (KDP Publishing,2019). June también enseña periodismo en la Escuela de Extensión de la Universidad de Harvard.