25 Oct 2008 - 10:00 a. m.

Cumbre de poderes

Los puntos del debate del domingo en Cali recogen elementos que pueden ser decisivos no sólo para los pueblos indígenas, sino para todos los que constituimos la nación colombiana. ¿Se superarán las verdaderas causas del paro?

Elías Sevilla Casas*

Con una llamada a Daniel Piñacué pareciera resolverse la tensión creciente entre los pueblos indígenas del Cauca que marchaban hacia Cali y las fuerzas de la Seguridad Democrática del señor presidente Uribe. Hubo una primera concesión (“hablaremos en Popayán”) y luego otra (“Bien, hagámoslo en Cali”).

Piñacué es en esta ocasión un pueblo, como dijo serlo Gaitán; o, mejor, varios pueblos, los indígenas del suroccidente colombiano los que llenaron en riguroso orden un carril de kilómetros en la Vía Panamericana. También los que llegaron de otros rincones del país y del continente para estar, con presencia física o virtual, en la carretera y en la cita de Cali. Más aún, los indígenas exigen que el Presidente atienda las voces de otros grupos de ciudadanos que no son indígenas, pero que también tienen reclamos de honda significación.

Otro punto que se debe resaltar es que ante los posibles y eventuales desmanes, incluso de algunos indígenas o de quienes se dicen indígenas, las autoridades de la marcha han asumido una clara posición a favor del respeto de los derechos ciudadanos.

Daniel es hermano del senador Jesús, y segundo en una lista de nueve, hijos todos del matrimonio de Victorino y Ana Beatriz, La mona. Son indígenas nasa (antes llamados paeces), nacidos y criados en Calderas, uno de los resguardos de Tierradentro en la vertiente occidental de la cordillera Central, que drena aguas hacia el Magdalena.

Algunos de estos hermanos, aparte de Daniel y Jesús, son también sobresalientes: sea en la academia, como el menor Juan Carlos, quien termina antropología en la Universidad del Cauca; Victoriano, quien combina estudios de Derecho con gestiones de teh-wala o sabedor tradicional; la pareja de hermanas, Fabiola y Estela, dedicadas a la comercialización de productos derivados de la planta sagrada (y para otros demonizada) mama-coca; o la intelectual Susana, educadora bilingüe y defensora de los derechos de la mujer y de los niños.

El abuelo Victorino es muy conocido en la comunidad antropológica nacional e internacional por haber sido informante clave de notables etnólogos de mediados del siglo XX y por haber recogido, por sugerencia de estos investigadores, importantes relatos que ahora los indígenas retoman para alimentar sus cartillas bilingües, en castellano y nasayugüe, su milenario idioma.

Daniel, gobernador de Calderas, se había postulado como candidato a la alcaldía de Inzá, pero fue derrotado en las urnas por un blanco (mushka dirán los Nasa) de las filas del Partido Conservador. Estos pueblos, y no el Daniel Piñacué —el señalado por el Presidente como individuo susceptible de investigación penal—, son en fin de cuentas los que encontrará el Presidente en su cita de Cali. Viene allí no por “Piñacué”, sino por los pueblos de que hoy él es símbolo mediático.

El pueblo Nasa ha tenido una marcha de cuatro siglos, de la cual la de octubre de 2008 es una instancia singular, cuyos efectos podrían marcar hitos importantes. No por ser una lucha cuerpo a cuerpo entre dos íconos mediáticos, sino porque es el reclamo fuerte de un conjunto de pueblos que recuerdan al Estado, que los rige y protege, sus derechos a vivir dignamente.


La marcha secular de los nasa comenzó exactamente en 1613 cuando Don Juan de Borja, quien había limpiado de gente, de ganados y cultivos el valle del Magdalena, consideró solucionados, por las armas de entonces y en una guerra sin cuartel, “los bloqueos” que yalcones, pijaos y paeces (los hoy nasa), hacían de otra vía “Panamericana” que unía a Santafé con Popayán y a ésta con Quito.

Allí entroncaba con la importante red de caminos del Imperio Inca. La que limpió Borja era una vía de origen prehispánico y hay suficientes motivos para pensar que los bloqueos en esos llanos ardientes tuvieron también antecedentes prehispánicos.

Los paeces, como los coyaima y natagaima de entonces, hicieron arreglos estratégicos con los españoles victoriosos y se refugiaron en las agrestes montañas de Tierradentro, en la vertiente del Páez/Ullucos, territorios que hoy conforman los municipios de Inzá y Páez. Allí los españoles cambiaron el trato sangriento de las armas por el de la predicación misionera.

En los siglos siguientes los nasa tramontaron la cordillera Central y ocuparon tierras de la vertiente occidental que drena hacia el río Cauca. A comienzos del siglo XVIII el gran líder Juan Tama logró la consolidación de dos enormes resguardos y pudo moverse entre Vitoncó en Tierradentro y Jambaló-Pitayó en “el Norte”, o “Tierrafuera”.

Con el tiempo las haciendas de blancos y mestizos se expandieron en esta vertiente a costa de tierras de indios y se consolidó un sistema inicuo llamado de terraje, mediante el cual los indios pagaban en trabajo el acceso a minúsculas parcelas de pan coger.

Por ello, y por el maltrato general recibido, hubo otra marcha singular, la de un indio cuya familia había emigrado de Tierradentro hacia “Tierrafuera”: Manuel Quintín Lame Chantre. A comienzos del siglo XX Lame se movió, como Juan Tama, entre uno y otro lado de la cordillera y en más de una ocasión tuvo encuentros con un “héroe” payanés de mucho renombre, el poeta Guillermo Valencia. En una ocasión éste denominó al indio “asno montés” y más de una vez Lame fue no sólo amenazado con juicios penales, sino que efectivamente pagó cárcel.

Eran épocas todavía de obvia subordinación étnica que, finalmente, fueron superadas, por lo menos en la letra, por la legislación que deriva de la Constitución del 91. Ello no ocurrió porque sí, pues en el caso de los indígenas caucanos, tanto de Tierradentro como de “Tierrafuera”, desde 1971 ha habido marchas —muchas marchas— que lograron que la Constitución les reconociera sus derechos plenos.

Hoy reclaman que lo que dice el papel sea efectivo. Los puntos del debate de Cali recogen elementos que pueden ser decisivos no sólo para los pueblos indígenas, sino para todos los que constituimos la nación colombiana. Esta nación, por ser multicultural y multiétnica debe ensayar, más que cualquier otra, soluciones de diálogo y no de fuerza bruta.

* Doctor en antropología, nacido en Tierradentro, y profesor titular de la Universidad del Valle, en Cali.

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