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8 Mar 2022 - 3:23 p. m.

Doryla Perea de Moore, primera gobernadora negra

Nombrada por López Michelsen en 1974, ejerció durante dos años como primera mujer gobernante de su natal Chocó. Fue directora de Prosocial y notaria en Bogotá.

Valeskha De La Hoz*

Doryla Perea fue notaria en Bogotá y años después se lanzó al Senado.
Doryla Perea fue notaria en Bogotá y años después se lanzó al Senado.
Foto: Archivo particular

Mujer, negra, abogada, gobernadora, política y notaria. Hoy suena posible, pero hace cincuenta años, en Colombia, pensarlo era retador y hacerlo, casi imposible. Ella lo logró. Carmen Doryla Perea de Moore, a quien casi todos llaman ‘Doryla’. En el Chocó muchos la recuerdan como ‘la mejor gobernadora’ de las últimas décadas del siglo XX.

La primera mujer (y negra) en ocupar ese cargo. Sin proponérselo, ha sido un referente feminista que se abrió paso en un espacio predominantemente masculino y demostró que las mujeres “pueden con todo y más”.

Carmen Doryla nació en Quibdó en 1929. Hoy, desde la costa caribe, en Santa Marta, recuerda sus inicios y su recorrido en la política. Lo que se hereda no se hurta, dice el refrán que encaja con la historia de la generación que antecede a esta mujer.

Su papá, Arnubio Perea, fue uno de los militares que participó en la Guerra de los Mil Días y su tío, Diego Luis Córdoba (hermano de su mamá, Teotiste), senador recordado como uno de los personajes políticos más importantes de la región en el siglo xx. En la vida de Doryla fue un mentor para abrirle caminos.

Fue su tío quien durante el cuarto año de bachillerato le consiguió una beca en el Instituto Central Femenino en Medellín. Junto a Josefina e Iveth, compañeras de la época, fueron las tres jovencitas chocoanas de aquel bachillerato paisa del que después, en 1947, saldrían siendo normalistas.

Nueve años después, Doryla se casó con José Tomás Moore Motta, el padre de sus cuatro hijos: José Tomás, abogado; John Henry, médico cirujano; Luis Alberto, recordado por ser el primer brigadier general negro de la Policía Nacional y Fernando Antonio, odontólogo maxilofacial.

Moore Motta era un samario con padre dominicano, dominaba el inglés y fue uno de los primeros matemáticos y físicos nucleares negros de la Universidad de Columbia (USA), becado por la empresa gringa donde trabajaba su papá en Antioquia. No quiso quedarse en Estados Unidos por la discriminación racial. “Victima de los encantos del negro”, Carmen Doryla terminó dejando a un lado su relación con un “mono, ojiverde” y empezó una vida junto a Moore.

José Tomás quería que Doryla solo se dedicara a cuidar los hijos mientras él mantenía la casa. Uno de sus acuerdos era que lo que se necesitara para la casa se compraría solo cuando tuviesen el dinero. “A los quince días de casados no se hablaban porque mi mamá sacó una nevera a crédito y él se molestó”, recuerda José, hijo. Doryla siempre terminaba haciendo su voluntad.

Es una mujer vehemente. Muestra de aquello es que ya casados, ella y su esposo se fueron juntos a la capital. Él iba a visitarla cada quince días, pues su trabajo seguía en Antioquia y no había posibilidad de un traslado. Doryla cuenta que “José Tomás era un excelente profesor, pero no tenía las oportunidades y las conexiones para salir adelante”. Ella, por su lado, vendía enciclopedias Barsa puerta a puerta y algunas prendas de vestir.

Un día, siendo Joaquín Vallejo Arbeláez ministro, se presentó ante su esposa y le dijo: “Usted no sabe que el único físico nuclear de Colombia está en un pueblo en Antioquia de inspector, mientras sus hijos aquí pasan hambre”. Así logró que días después el ministro nombrará Jefe de planteles nacionales a su esposo.

“Mi mamá primero hizo a mi papá y luego se hizo ella misma”, relata José al recordar que Doryla pidió ayuda a su tío Diego Luis, quien ya era senador. Él le consiguió un puesto como profesora en el Colegio Aurelio Tobón. Ella ya había ejercido como docente en otros colegios como el San Façon, también en Bogotá. Su etapa como docente la compara con la labor de los médicos, como John Henry, su hijo. “Los maestros, como los médicos, tenemos en nuestras manos la vida de otras personas para orientar y ayudarlos”.

A finales de los años 60, empieza a estudiar Derecho en la Universidad Libre (había cursado dos años de bacteriología). Le pregunto por qué y me dice que simplemente le gustaba. Ya era profesora en el Colegio Aurelio Tobón, que hacía parte de la universidad, así que le pidió a los directivos poder seguir. Le apasionaba la política y a sus cuarenta y cuatro años, mientras su hijo mayor empezaba el bachillerato, ella empezaba su primer año de derecho.

Fue un reto que asumió con entereza a pesar de obstáculos como la pérdida de su trabajo como docente y del cargo público de su esposo, que se dio por el cambio de gobierno. Sin embargo, dejar de estudiar nunca fue una opción.

Volver al Chocó

Fue triste volver. “Encontré mucha pobreza. No sabía por dónde empezar a arreglar todo lo que estaba mal”. Muchos la conocían y la veían como una líder. En 1973 estuvo en la Asamblea Departamental. Ella, según cuenta, era “lopista”. Seguidora de las ideas de quien en ese momento aspiraba a la presidencia de Colombia: Alfonso López Michelsen.

Junto a un grupo de mujeres lopistas y liberales de Colombia viajaron por todo el departamento apoyando la campaña presidencial de López. Recuerda que su discurso era muy cercano al feminismo. Decía: “Nosotras las mujeres tenemos que salir adelante porque somos capaces, sí podemos lograr lo que queremos y con este hombre es que podremos conseguir todo lo que merecemos”.

En retribución al esfuerzo que ella había hecho en la campaña, pero además por la necesidad de representación femenina y afro, el presidente López Michelsen la nombró gobernadora de Chocó en 1974. La primera mujer gobernadora en la historia del departamento. Título que lleva con orgullo, pues fue una gobernación que, según cuenta, estuvo enfocada en dar y hacer obras para su gente y lo logró porque “a diferencia de administraciones anteriores, no robó”.

Chocó era un departamento donde se vivía de empleos informales y cargos públicos. A esos que trabajan en el sector público les pagó sin retrasos. “Muchos profesores afirman que fue la gobernadora que les devolvió su sueldo”, recuerda José Tomás.

De las obras más recordadas en su periodo como gobernadora (1974-1976) está el Malecón de Quibdó. No existía una infraestructura adecuada para que llegaran lanchas y barcos, y ese fue uno de sus primeros propósitos. Otras fueron las recordadas ‘busetas de Doryla’, las primeras cuatro busetas, transporte terrestre, en llegar a Quibdó.

Luego de ser gobernadora fue directora de Prosocial. Allí también vivió primeras veces cuando entregó a Chocó el primer parque en el departamento, llamado ‘El parque de Prosocial’. “Era impensable que en todo Chocó no existiera un solo parque, por eso era importante terminar esa obra”. Al salir de Prosocial, estuvo cinco años como notaria en Bogotá y años después se lanzó al Senado. Le faltaron 15 votos, reza la leyenda. Allí cesó su carrera política.

Tiene un pensamiento singular frente al ser negra: ella lo llama ‘las ventajas de las minorías’.

“Mamá me decía: Tú estás estudiando con doscientos compañeros en la universidad y en veinte años ellos se van a acordar que usted era el negro Moore y tú tal vez no recordarás ni la mitad de los nombres”, relata José. Doryla está segura de que no hubiese sido gobernadora del Chocó si no fuese por la ventaja que le dio, en ese momento, el ser negra y mujer.

A sus noventa y dos años se toma un aguardiente si le provoca. La vi entonar una canción y decir que ella, a su edad “aún canta y encanta”. Vive entre árboles de ciruela y mango, la brisa samaria y el cantar de los pájaros, una vida tranquila. Se ufana de los logros de sus hijos y de sus nietos.

Han sabido transmitir en cadena los valores que ella les inculcó. “Todos mis hijos hoy en día son responsables en sus profesiones, yo los dejé escoger lo que les gustaba y eso se refleja en lo que hacen y en como educaron a mis nietos”, asegura. Y ese es el mensaje que quiere dejar con su historia: mientras se hagan las cosas por pasión vale la pena intentar hasta lo imposible.

*De la Fundación Color de Colombia

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