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El rastro perdido de Stiven Celis

Stiven Eliécer Celis desapareció a comienzos del 2016 en algún lugar de los llanos orientales cuando hacía un recorrido a pié para escribir un libro. Su familia nunca dejó de buscarlo, de seguir su rastro. Esta es la historia de su desaparición y la búsqueda.

Camilo Alzate – Baudó Agencia Pública
01 de diciembre de 2023 - 01:03 p. m.
Stiven Eliécer Celis tenía 33 años al momento de la desaparición.
Stiven Eliécer Celis tenía 33 años al momento de la desaparición.
Foto: Baudó

Esta crónica se publicó originalmente en Baudó Agencia Pública y El Espectador la reproduce bajo un acuerdo editorial.

La partida quedó inscrita en el recuerdo de ambos como un presagio irremediable. Stiven Celis, treintañero, delgado y caminante, se despidió de su padre Eliécer y su hermano Deyson desde el fondo de las escaleras, sin cruzar la puerta.

“Papá, ¿y si me matan?”, cuenta don Eliécer que le preguntó su hijo en tono de chanza antes de salir. “Mijo, si lo matan viene y me avisa”, le respondió el padre siguiendo la broma.

Don Eliécer Celis, obrero albañil y maestro de obra de profesión, reconstruye aquel momento haciendo énfasis en que le parece estar mirando otra vez a su hijo desde el segundo piso, de pie ante el portón, con la jovialidad de quien anhela una gran aventura. Deyson, el hijo menor, oyó la charla en el balcón, pero no alcanzó a despedirse: cuando bajó a buscarlo, Stiven ya había doblado la esquina con su aparatoso morral de caminante a cuestas.

Eliécer Celis recuerda que su hijo Stiven había regresado a la casa a finales de noviembre o en los primeros días de diciembre del 2015, después de una de sus acostumbradas travesías. Todas las navidades y el año nuevo los pasó con su familia paterna hablando del libro que quería escribir una vez concluyera sus viajes. El próximo, anunció, sería el definitivo.

“Papá, me voy a hacer el último recorrido. Ya con este acabo”, cuenta don Eliécer que le dijo el 28 de enero de 2016, en la mañana de su partida: “Voy a coger al Casanare, iré hasta Yopal”.

“Pa’ ese lado no eche”, le recriminó el padre, “por allá es muy peligroso, para ese lado es zona roja y me lo salen matando”. Fue entonces cuando Stiven soltó aquella broma que hoy parece una profecía cumplida. El rastro de Stiven Eliécer Celis se extravió tres semanas más tarde, probablemente cuando ya había atravesado el Casanare y se encontraba en algún rincón del piedemonte araucano.

Aquello lo supone la familia porque Stiven se comunicó con su padre por teléfono el 17 de febrero a las dos de la tarde. El padre sabe incluso la hora precisa, pues estaba a punto de entrar a un consultorio médico de la Clínica de Occidente, en Bogotá, para que le retiraran los puntos de una cirugía reciente; por eso no pudo charlar mucho con su hijo, quien le contó que andaba cerca de Aguazul, en el Casanare. Don Eliércer le pidió que lo llamara media hora más tarde para acordar cómo le enviaría un dinero con el cuál continuar la travesía. Y esa segunda llamada nunca ocurrió.

“La gran aventura de un escritor”

Stiven Eliécer Celis tenía 33 años al momento de la desaparición. Sus parientes lo quieren recordar como un buen hijo y alumno aplicado durante el bachillerato en el colegio La Florida, al occidente de Bogotá. Inició estudios para ser piloto, pero un día del 2007 o 2008, casi de repente, dijo que quería ser escritor, que emprendería una travesía por etapas por todo el país, que su propósito era hacer un libro sobre la selva. Una vez comenzó la ruta, nada lo detuvo.

Su padre, que laboraba en obras de pavimentación de vías por todo el país, se lo encontraba en la carretera mientras conducía hacia sus rutinas de trabajo cualquier tarde. Un día se lo podía topar cruzando a pie el Alto de la Línea, entre Calarcá y Cajamarca, pero al mes siguiente algún amigo ingeniero lo llamaba para informarle que había visto a Stiven en cierto cruce de caminos del Valle del Cauca. Otra vez podía encontrárselo a la vuelta de una curva del Alto de Minas en Antioquia, buscando alguna quebrada para bañarse. Su reacción protectora siempre era la misma: “yo lo recogía y me lo traía de vuelta”, cuenta Eliécer, quien solía pedirle que detuviera sus viajes: “deje eso, mijo, deje esa caminadera”, le decía.

Siempre con su morral al hombro y una carpa de camping y un aislante térmico, Stiven Eliécer solía rehusar los aventones y a su padre le decía que prefería continuar caminando: su vida era la ruta y persiguiéndola anduvo doce años. “Me llamaba de todas partes, de la Costa, del Guaviare, del Cauca, yo le mandaba platica para que se pasajeara”, recuerda su padre, “cuando estaba en la selva andaba era a pie”.

La tarde menos esperada, Stiven aparecía de nuevo en la casa y comenzaba a desempacar su morral, en el que cargaba unos cuadernos repletos de apuntes y fotografías, que contenían los detalles de los lugares que había recorrido.

Atravesó el país caminando, estuvo en Nariño y el Ecuador, cruzó la cordillera central por el páramo de las papas y conoció el punto exacto en donde nace el río Magdalena. Después, según contó a su hermano, vivió la que fue la travesía más dura: cruzar a pie la cordillera entre San José de Isnos, en Huila, y Coconuco, en Cauca, por una trocha en la que sólo salían las dantas a saludarlo.

Vendió artesanías y trabajó de cotero descargando camiones de carbón; recorrió Antioquia, los Santanderes, Bolívar, el eje cafetero, Cundinamarca, Valle del Cauca, Boyacá, las selvas del Guaviare y otras esquinas de los llanos orientales. Vivió con comunidades indígenas de las que aprendía palabras con las que luego intentaba impresionar a sus hermanos mientras narraba las historias imposibles de sus viajes.

“La gran aventura de un escritor” es el título que sus parientes rotularon con marcador oscuro en la portada de un cuaderno donde han recopilado fotos, apuntes y recuerdos que cada uno en la familia tiene de él. De los otros cuadernos, los originales, se perdió el rastro tras su desaparición. Allí estaban consignadas las vivencias que fue anotando durante sus travesías, la materia prima de aquel libro que nunca llegó a escribir.

Seguir el rastro

Don Eliécer Celis dice que quince días después de aquella llamada interrumpida empezó a sospechar que algo andaba mal y decidió viajar él mismo al Casanare, siguiendo el rastro de su hijo perdido.

De ese y otros viajes puede contar las anécdotas usuales de quienes buscan a sus parientes desaparecidos, lugares comunes que se repiten por miles: las fotografías y los carteles con el nombre y las señas particulares que se pegan en los postes, las conversaciones con los tenderos y los policías de las inspecciones rurales, las pistas falsas de quien dijo haberlo visto hace poco en tal o cuál lugar, la colección de incertidumbres que va acumulándose viaje tras viaje, día tras día, año tras año.

Su frase, predecible, resume bien la angustia y el desespero de esos días: “lo busqué por todas partes”. Un drama compartido con más de 30.072 familias que, de acuerdo con datos de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, han hecho solicitudes formales para que dicha entidad busque a sus parientes.

Eliécer cruzó las mismas carreteras por las que pasó su hijo antes de desaparecer, quizá se detuvieron en lugares idénticos y vieron los mismos tramos del piedemonte araucano, aunque en tiempos y circunstancias diferentes.

No es difícil imaginar cuál fue el último paisaje que se abría ante los ojos de Stiven Eliécer Celis en los momentos previos a su muerte. Lo difícil es conciliar la imagen de su cuerpo abandonado en una cuneta con la belleza circundante de las enormes sabanas del Arauca dilatándose sin fin; la belleza y la perfidia, esa combinación que podría definir el teatro de operaciones de la guerra colombiana.

El calendario establece que fue un jueves la fecha en que se presume ocurrió su ejecución, apenas un día después de la última llamada a su padre, el 18 de febrero de 2016, en algún punto no muy lejano del municipio de Fortul, Arauca adentro.

Según informaron funcionarios de Medicina Legal a la Unidad de Búsqueda, fue una ambulancia civil la que tuvo que recuperar el cuerpo, pues en la zona la guerrilla del ELN ejerce un fuerte dominio territorial y no pudieron ingresar ni efectivos de la Fuerza Pública, ni funcionarios de Fiscalía o Policía Judicial para realizar el levantamiento del cadáver, llevado después a Saravena para las inspecciones técnicas.

Como no había ningún documento ni señal que permitiera identificar al muchacho ejecutado junto a la carretera, y como tampoco lo conocían en los alrededores, ni se acercó nadie a reclamarlo a la morgue del hospital, Stiven Eliécer Celis fue enterrado en el cementerio católico central de Saravena con una pequeña placa del Instituto de Medicina Legal que lo registraba como un cuerpo no identificado.

Antes de su inhumación, los técnicos le practicaron varias pruebas de lofoscopia y tomaron sus huellas dactilares en un procedimiento técnico conocido como necrodactilia, información que ingresó a una gran base de datos nacional.

Mientras tanto, la denuncia de la desaparición de Stiven Eliécer quedó registrada en Aguazul, por haber sido el último lugar desde el cual se comunicó. Allí se amontonó entre los papeles en una oficina local de Fiscalías hasta que en 2019 la familia entró en contacto con la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, una institución nacida del Acuerdo de Paz entre el Estado colombiano y la extinta guerrilla de las FARC, que tiene como misión buscar a un universo de 103.839 personas dadas por desaparecidas en el marco del conflicto armado.

De esta cifra irreparable, que supera por mucho a los desaparecidos de cualquiera de las dictaduras del Cono Sur, había hasta el 30 de septiembre de este año 30.072 solicitudes de búsqueda elevadas por los familiares. Entre estas, tan sólo 1.056 han terminado en un proceso exitoso de recuperación de los cuerpos desaparecidos.

Laura Lucía González, funcionaria de la Unidad de Búsqueda, explica que a comienzos del 2020 en una mesa técnica con el Instituto de Medicina Legal en Arauca supieron que después de varios años se había logrado identificar un cuerpo ya sepultado en Fortul. Aquello fue posible tras comparar las huellas dactilares del cadaver con las consignadas en la base de datos de la Registraduría.

Laura González supo de inmediato que habían hallado al caminante que don Eliécer estaba buscando desde el 2016. Las fotos del levantamiento del cuerpo no mentían: “me lo mostraron fresquito, como si lo hubieran matado hace dos horas”, recuerda su padre Eliécer.

González también describe la mañana en que la Unidad de Búsqueda fue hasta el cementerio católico central de Saravena para exhumar el cadáver. “Sonaban loritos y muchas aves al lado de la pica para abrir la bóveda”, dice. “En ese momento había una foto de Stiven con la mujer que lo crió. Su hermano Deyson nos contó que Stiven había querido ser escritor”.

La exhumación ocurrió a finales de octubre del 2022, después de surtir dos años de trámites y gestiones, y fue posible que la Unidad de Búsqueda se encargara de su caso por un azar: la desaparición ocurrió en una zona azotada por el conflicto armado en febrero de 2016, nueve meses antes de que se firmara en La Habana el Acuerdo de Paz entre las FARC y el Estado colombiano. Si su caso hubiese ocurrido después de esa fecha, Ia Unidad de Búsqueda no habría tenido competencias legales para realizar la búsqueda.

El ingreso de la Unidad de Búsqueda al cementerio de Saravena permitió recuperar otros tres desaparecidos sepultados allí: dos hermanos asesinados en medio del conflicto y un discapacitado que fue víctima de ejecución extrajudicial por parte de la Fuerza Pública.

Laura González reconoce que aquella labor “es una certeza que alivia” aunque confirma “el dolor de haberlos encontrado sin vida”. Y no puede evitar una reflexión que siempre le ronda la mente: al momento de la desaparición y muerte todos ellos estaban cerca de los treinta, la edad que ella tiene ahora. Este, recalca, es un conflicto que se alimenta de jóvenes.

Desaparecer al desaparecido

Como el asesinato y desaparición de Stiven Eliécer Celis fueron crímenes cometidos por alguno de los grupos armados ilegales que operaban en el departamento de Arauca, su desaparición corresponde a los crímenes inscritos en el conflicto armado.

En esta muerte es reconocible un patrón que, de acuerdo con Diana Ortiz, coordinadora del equipo territorial de la Unidad de Búsqueda en el eje cafetero, se repite por todo el país. Incluso, ya se han detectado rutas y zonas específicas, como las que seguían los recolectores de café que migraban hacia el sur persiguiendo la cosecha.

La población flotante que no tenía ningún conocido en las zonas de conflicto o no iba referenciada por los locales solía ser víctima de ejecución y desaparición por parte de alguno de los bandos, que los acusaba de “infiltrados” o “informantes” del bando contrario.

A pesar de esto, la familia no ha conseguido aún que se les reconozca como víctimas. “Es algo muy común que, en el marco de la desaparición forzada, cuando las familias reportan la desaparición suelen registrarlos como homicidios”, explica una persona que trabaja en el sistema integral de paz y que prefiere que su nombre no sea citado: “al desaparecer la desaparición y no conocerse el responsable del homicidio, quedan por fuera de la asociación al conflicto armado interno”.

En otras palabras, al no haber una plena certeza sobre quiénes fueron los autores del asesinato y la desaparición de Stiven Eliécer, es imposible que el Estado reconozca lo obvio: que él y su familia fueron víctimas del conflicto armado.

El 6 y 7 de octubre de este año el equipo territorial del Eje Cafetero de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas realizó en Armenia la entrega formal del cuerpo de Stiven Eliécer Celis en una ceremonia con sus familiares.

Deyson, su hermano menor, siente que por lo menos tuvo una última oportunidad para reunirse con él, casi ocho años después de aquella mañana en que le perdió el rastro a la vuelta de la esquina. Su padre ya no llora contando esta historia, prefiere señalar una veladora encendida en el salón con que “lo alumbra todos los días”, creyendo que el destino de Stiven fue una “gran aventura”, como reza ese libro que jamás llegó a escribirse, una vida feliz en el camino.

“Sufrió en sus andanzas”, dice el padre con una voz que permite adivinar el dolor detrás de cada línea, antes de pensar mejor la frase: “O de pronto no sufrió”.

Por Camilo Alzate – Baudó Agencia Pública

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