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Homenaje: Armando Devia, el sentido práctico de un hombre útil

A sus 101 años, murió el exgobernador del Tolima y fundador del Consejo Colombiano de Seguridad. Un texto para revisar la vida de un ser humano maravilloso.

Guillermo Pérez Flórez. especial para El Espectador

04 de febrero de 2026 - 04:16 p. m.
Armando Devia Moncaleano, fundador del Consejo Colombiano de Seguridad (CCS) y exgobernador del Tolima, falleció a sus 101 años en enero de 2026.
Foto: Cortesía del Consejo Colombiano de Seguridad (CCS)
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Hay hombres que gobiernan territorios y otros que gobiernan ideas. Armando Devia Moncaleano perteneció a estos últimos. Su vida pública, breve y silenciosa, estuvo guiada por una convicción que expresó con claridad en uno de sus discursos más memorables: la necesidad de una “reinterpretación de la relación hombre–naturaleza” como fundamento de la calidad de vida, de la cultura y del porvenir de la nación. Lo dijo en Mariquita, en abril de 1983, siendo gobernador del Tolima.

Cuando en 1982 fue designado para ese cargo, Devia vivía fuera de Colombia. Aceptarlo implicaba regresar, abandonar la comodidad y asumir un mandato corto, complejo y sin garantías políticas. Sin embargo, lo hizo como quien responde a un llamado cívico. Su paso por la gobernación fue sobrio, pero decisivo: allí sembró lo que sería su obra mayor.

Los 200 años de la Real Expedición Botánica

En el marco del Bicentenario de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, Devia pronunció un discurso que hoy adquiere el valor de testamento intelectual. Sostuvo que no había sido solo una empresa científica, sino “una búsqueda de la sabiduría”, una nueva concepción de la educación en tiempos de oscuridad. Recordó que Mutis no solo clasificó plantas; formó una conciencia política de pertenencia a un territorio.

Con lucidez advirtió que su legado debía leerse desde el presente. Denunció la tala indiscriminada, la erosión, la desaparición de las fuentes de agua y la desertificación global, citando cifras que aún hoy estremecen. Trajo a colación unas palabras del director del Jardín Botánico de Missouri: “sabemos más de la luna que de los bosques tropicales de Colombia”, y alertó que estos podrían desaparecer mucho antes que los astros que hemos explorado.

Devia entendió que Mariquita era, no una simple referencia en el mapa, sino —como él mismo lo afirmó— “un punto neurálgico histórico de la patria”. Desde allí, dos siglos atrás, Mutis había levantado una “escuela de sabiduría y sapiencia” que articuló ciencia, ética y proyecto civilizatorio. Retomar esa herencia era mucho más que un ejercicio de nostalgia, más bien un acto de responsabilidad histórica, en fiel interpretación del ideario del presidente Belisario Betancur.

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Fue desde esa conciencia que creó la Fundación Segunda Expedición Botánica. No para repetir el pasado, sino para “reivindicar esa gesta científica, conservando su esencia, pero referenciándola en la problemática de nuestra naturaleza en el momento que nos toca vivir”.

Como mecenas —en el sentido clásico y profundo del término—, Armando Devia entendió que invertir en ciencia, cultura y educación era invertir en soberanía. Creía firmemente que “el hombre es un ser que crea cultura y se hace gracias a ella”, y que sin una juventud formada en el espíritu investigativo no habría futuro posible. Por eso insistió en vincular la investigación científica al sistema educativo y al aparato productivo, convencido de que el desarrollo social se mide por la justicia, la equidad, la paz y la libertad.

Presidente honorario de la Fundación hasta el final de sus días, Devia Moncaleano nunca reclamó protagonismo. Prefirió ver crecer las instituciones antes que su nombre.

Armando Devia, hombre de compromisos

Cuando fue nombrado gobernador, Devia era ya un empresario exitoso y un líder gremial, totalmente ajeno a la política. Había comenzado temprano, a los 24 años, como administrador de la Fábrica Nacional de Oxígeno (FANO), filial de la compañía sueca AGA en Bogotá, experiencia que le permitió desarrollar una fecunda actividad empresarial. Allí descubrió una ausencia que lo inquietó profundamente: en Colombia la seguridad y la prevención de accidentes no eran una prioridad, sino una fatalidad aceptada.

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Influenciado por la cultura organizacional sueca —rigurosa, preventiva, respetuosa de la vida del trabajador— comprendió la importancia de la seguridad industrial. Que más que un asunto técnico, tenía una dimensión ética del desarrollo y la justicia social. Esa convicción lo llevó, en 1954, a fundar el Consejo Colombiano de Seguridad (CCS), una institución pionera que transformó la manera como el país entendió la gestión del riesgo, la salud ocupacional y la prevención de accidentes.

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En coherencia con lo que sostuvo toda su vida, insistió en que los accidentes eran evitables, y que la mayoría de ellos derivaban de la negligencia institucional y de la imprevisión. Él mismo lo diría sin ambages: “no existía en el país una organización dedicada a la seguridad y la prevención”.

Oriundo de Ibagué, Armando Devia Moncaleano se formó desde muy joven en una ética del trabajo heredada de su padre, un obrero de la construcción, y de una educación doméstica marcada por la disciplina y el sentido del deber.

Pude conocerlo de cerca y, por ello mismo, me atrevo a afirmar que vivía para servir y para disfrutar el aquí y el ahora, sin afán de trascendencia personal. Murió a los 101 años. Dejó cargos, instituciones y discursos. Pero, sobre todo, dejó una idea poderosa y vigente: que hay que pensar en los otros. Hoy, al recordarlo, puedo decir —parafraseando a Addison, como él mismo lo hizo en su día— que “un hombre útil pasó por aquí”.

Paz en la tumba de un ser humano maravilloso.

Por Guillermo Pérez Flórez. especial para El Espectador

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