7 Sep 2015 - 2:00 a. m.

“La CIA nos capacitó en vigilancia y seguimiento”

Dos policías de inteligencia le cuentan al programa “Los Informantes” detalles inéditos sobre la captura de Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela.

María del Rosario Arrázola - Nicolás Reyes

“Después de 20 años empiezo a contar mi historia. Tomé la decisión de entregarme día y noche, alejarme de mi familia. En esa época tenía novio. Lo dejé todo. Entonces empecé a hablar como caleña, a vivir como caleña. La identidad que me daban era con otra cédula, otro nombre, otra persona diferente a la que yo era”.

Así empezó la entrevista con una policía de inteligencia, la pieza clave para la captura de Gilberto Rodríguez Orejuela, uno de los mafiosos más conocidos después de Pablo Escobar. Dos meses más tarde se dio la captura de Miguel Rodríguez Orejuela, gracias al seguimiento y trabajo de inteligencia realizado por otra policía.

Las mujeres de inteligencia prefieren que se les cubra el rostro porque han estado infiltradas en las organizaciones criminales más importantes del país, y por primera vez hablan en una entrevista, con el programa Los Informantes, de Caracol Televisión.

Dicen que en sus últimos 20 años nadie ha sabido, excepto sus jefes, que son mujeres infiltradas en varias organizaciones criminales. Su camuflaje es tan perfecto que ni siquiera sus propias familias conocen su trabajo. No esperan fama ni gloria, son heroínas enmascaradas.

Se les nota un poco alteradas en el momento en que las cámaras se encienden y empieza la entrevista. Comentan que, aunque hayan pasado 20 años de la captura de los capos del cartel, éstos aún tienen amigos, familiares y otros que seguramente quieren hacerles daño a ellas o a sus familias. Por eso prefieren ocultar los rostros.

Ciertamente, las capturas de los dos capos más importantes del cartel de Cali no fue cualquier cosa. Gracias a ellas explotó uno de los escándalos más grandes conocidos en la historia de Colombia: el Proceso 8.000. Phanor Arizabaleta, José Santacruz, Víctor Patiño, Pacho Herrera, Henry Loaiza y otros tantos iban siendo esposados. El cartel de Cali no ponía bombas como Pablo Escobar, pero permeó a punta de sobornos, compró conciencias y campañas políticas.

Los Informantes consiguió además videos inéditos sobre la captura de Miguel Rodríguez. Se ve en detalle la caleta donde se iba a esconder, el tanque de oxígeno que iba a utilizar y la veladora aún encendida por la que lo atraparon.

El cartel de Cali tenía todo un Estado a sus pies, con poder presidencial incluido. Pero aun así, el cartel que se ufanaba de su poder y de su influencia, cayó. Todo su andamiaje criminal se vino al piso por obra y gracia de unas mujeres policías que supieron cuál era el olor de la mafia.

Me estaba contando fuera de cámara que tenía 18, 19 años, y la escogieron sin que supiera realmente lo que iba a hacer. ¿Cómo fue ese momento?

Un día me pidieron una foto de civil. La entregué. No sabía para qué era. Empezaron a hacer unas citas, como unas reuniones donde empezaron a analizar nuestros perfiles. A veces sentía que nos seguían. Salimos de la escuela y yo me iba a descansar con mi familia, a compartir con ellos, y a veces sentía que me estaban siguiendo, pero nunca imaginé que el tema era para un grupo especial.

Les tocó viajar a Washington, ¿verdad?

A Estados Unidos; otras veces venían ellos a capacitarnos. La CIA tiene muchísimos cursos, entre los que recuerdo, de hace 20 años, uno que se llama “Explotación de sitios”, es decir, entrar después de un allanamiento. Ingresábamos al sitio a buscar información que fuera importante. Buscábamos en el techo, debajo de los escritorios, debajo del computador, nos llevábamos los computadores y analizábamos lo que había debajo de los computadores. Es normal que la gente busque lo que hay adentro del computador, pero ¿qué hay alrededor del computador? Puede ser un papel o una nota que ellos hayan escrito con anterioridad. Todo eso lo hacíamos nosotros. En los cursos de vigilancias, seguimientos, reclutamientos y también de fuentes de información, adquirimos esa experiencia. Nos prepararon para eso. Por ejemplo, cambiarnos de ropa, de carro, de moto, sin que el delincuente al que estábamos siguiendo se diera cuenta.

¿En qué momento les dicen que van a ir detrás del cartel de Cali?

Con el tiempo empezamos a conocer el perfil de las personas que pertenecían al cartel y ahí empezamos a saber que el compromiso era mayor, no solamente con nosotros mismos y nuestros superiores, sino con todo un país. Empezamos a tomar conciencia de la importancia y del riesgo que se corría por asumir ese cargo y esa responsabilidad, y empezamos a conocer a las personas y a ver cuál era su capacidad y hasta dónde llegaban y cuál era el daño que estaban haciendo a la sociedad.

Llegan a Cali y ¿qué les toca hacer? ¿Cuál es su misión?

Empecé en Cali y lo primero fue la adaptación. Hablar como caleña, vivir como caleña. La identidad que me daban era con otra cédula, otro nombre, otra persona diferente a la que yo era. Fui infiltrada en el edificio Llorente. Ahí sacaba mucha información, hablaba con mucha gente que me daba datos que eran claves para empezar la desarticulación de ellos. El Bloque de Búsqueda empezó, de acuerdo a esa información, a hacer allanamientos y golpes que afectaban sus finanzas, e iba acumulando información que nos iba acercando cada día más a ellos. Empecé, de forma lejana, con gente que trabajaba con ellos, pero esa gente me fue llevando a acercarme cada vez más a Gilberto (Rodríguez).

¿Cómo logra llegar a las personas del círculo cercano de Gilberto Rodríguez?

Yo era muy niña y eso hacía que nadie sospechara. Todos sabían que algo estaba pasando, que alguien estaba vendiendo al jefe, pero nadie sabía quién era. Todo era un misterio porque ellos me contaban y me decían: “No sabemos quién está llevando la información del jefe”. Le tenían mucho respeto y amor. Era un líder que manejaba mucho al personal que estaba a su alrededor y eso permitía que hablara con las personas de la organización, de generarles confianza a todos, y de que ellos en ciertos momentos se desahogaran y me contaran ciertas cosas que sentían y que afectaban supuestamente a su jefe.

¿Y nunca sospecharon?

No, gracias a Dios. Hasta después de 20 años empiezo a contar mi historia.

¿Cómo fue el día en que lograron capturar a Gilberto?

Ese día nos levantamos con la actitud de “esta vez sí lo vamos a lograr”, nos colocamos nuestro traje de deporte, hablamos con la gente, salimos con el grupo a trotar. Estábamos con otra compañera, éramos solamente las dos. Empezamos a ver cómo fue surgiendo el seguimiento positivamente, hasta que lo vimos. Empezamos a seguirlo hasta una esquina donde había un barranco. Él giraba y llegaba y había una serie de casas en donde en alguna de ellas entraba, pero no podíamos meternos allá porque era un muro, era cerrado y era muy evidente, porque nadie más entraba por esa cuadra donde él entraba. Ahí se nos acababa la supuesta fachada y no podíamos quemar toda la operación. Ahí fue cuando dijimos: “No, dejemos que él pase, que entre al sitio y después pasamos frente al sitio”. El tiempo era muy corto. En ese momento en que lo seguimos hubo un instante de tensión en donde nuestros jefes empezaron a decir: “¿Dónde está? ¿En dónde se metió?”. Les respondimos: “Confíen en nuestro trabajo”. Eran tantas las ganas de terminar ya con todo este cuento que dijimos: “Nos vamos a meter hasta esa calle cerrada y vamos a arriesgarlo todo, vamos a ver hasta dónde nos llega el olor de su perfume”, y por eso, por el olor de su perfume, supimos dónde estaba escondido.

Comparte: