7 Feb 2020 - 2:00 a. m.

La despedida del jefe del Parque Sierra Nevada de Santa Marta

La gota que rebasó el vaso de Tito fue el llamado de la Unidad de Protección para informarle que le iban a quitar su esquema de seguridad y reemplazarlo con un celular, un botón de pánico y un chaleco antibalas. Hoy tramita el asilo político en Canadá.

John Edward Myers * / Especial para El Espectador

Los estudiantes del colegio de Perico Aguao Nailyn Elieth Robles Sarmiento, Karem Milena Simanka Castellar y su profesor, Jorge Moreno, confirman un registro cerca del río Don Diego, en la Lengüeta. / Tom Clynes - Especial para El Espectador
Los estudiantes del colegio de Perico Aguao Nailyn Elieth Robles Sarmiento, Karem Milena Simanka Castellar y su profesor, Jorge Moreno, confirman un registro cerca del río Don Diego, en la Lengüeta. / Tom Clynes - Especial para El Espectador

Nos despedimos de Tito un domingo de noviembre, en la terraza del hotel Don Pepe, en el centro histórico de Santa Marta. La visita del escritor Tom Clynes me dio una excusa para armar una moderada recepción en nombre del destacado periodista que venía de visita desde Vermont, Estados Unidos, recientemente había publicado relatos en National Geographic y The New York Times Magazine y quien expresó su interés en conocer a Tito. Tito y Jaison Pérez Villafañe fueron los primeros en llegar, y Jaison aprovechó el momento para obsequiarle al jefe una mochila arhuaca antes de su viaje.

“Arrancamos pasado mañana para Orlando”, nos contó Tito mientras compartíamos un momento entre los cuatro. Se sintió un poco surreal saber que había llegado la hora y que durante los próximos días, mientras Tom y yo recorreríamos la Sierra, Tito estaría viajando con su familia y la bendita perra hasta llegar a Canadá.

El jefe tenía la cara de una persona que no había dormido bien durante meses. Pero, a pesar de los nervios colectivos, logramos distraernos un rato y bajar unas frías mientras llegaban los demás invitados a la bienvenida de Tom y la despedida de Tito. Antes de despedirnos de Tito, Tom se acordó de buscar su cámara y registró algunos relatos antes del comienzo del último tramo de su viaje al exilio.

Previo a sacar el carro alquilado del parqueadero y arrancar rumbo hacia el río Don Diego, caminé con Tom por el centro histórico viendo (y oliendo) cómo las calles del Distrito Turístico, Cultural e Histórico estaban chorreando aguas negras provenientes del rebose del sistema de alcantarillado.

Cerca de la entrada del Parque Tayrona nos encontramos con Ángel Ortiz y Leiner Escobar, dos guías y emprendedores ecoturísticos. Hace más de un año quería presentar a Ángel y a Tom para que el extraordinario pajarero y residente de Calabazo le contara al periodista su historia personal.

“En 2004 yo estaba raspando coca y soñando tener la plata para comprar una AKT” (una moto china), nos contó Ángel. Al día siguiente, el cofundador y socio de Tayrona Birding acompañó a un grupo de pajareros de Rock Jumper, la empresa sudafricana operadora de aviturismo más grande del mundo, que en 2020 tiene proyectado coordinar el viaje de 13 grupos de turistas a Colombia, incluyendo dos expediciones del 1.000 Birds Mega Tour, que pretende observar casi el 10 % de la avifauna mundial.

(Aquí puede leer la primera entrega de esta serie: El camino de Tito: crónica de un viaje al asilo político)

Cruzamos el río Don Diego y entramos a la Lengüeta. El plan era llegar a Palomino, dormir en One Love y regresar temprano al día siguiente para acompañar al profesor Jorge Moreno y su grupo de ornitología, del colegio Alas de la Sierra, de Perico Aguao, a una pajareada local.

El día amaneció despejado y mientras regresamos a Perico Aguao, para encontrarnos con Jorge y los jóvenes pajareros, pillamos los picos nevados desde la carretera. “Holy shit!”, le grité a Tom.

Pasamos la entrada de Ciudad Perdida. “Una de las características extraordinarias de Ciudad Perdida”, me contó la antropóloga Julia Bertenshaw del LACMA (Museo de Arte del Condado de Los Ángeles, California), es que “fue un centro urbano bastante abierto, conectado y accesible por una amplia red de senderos y caminos ancestrales. Algo claramente muy diferente a un castillo europeo, rodeado por un foso de agua”.

Al llegar al colegio, los mosquitos me devoraron los tobillos y empecé a lamentar la decisión de andar en pantaloneta. Jorge nos presentó a los estudiantes y realizamos una breve orientación. Durante dos horas, los jóvenes pajareros nos enseñaron más de 30 especies de aves. “Ara militares, military macaw”, gritaron varios de los jóvenes cuando escuchamos la bullosa “errrrraaaaa rrraaaa” de un magnífico guacamayo verde sobrevolando con su pareja. Fue un momento de alegría.

Luego reflexioné que estuvimos, en esos momentos de la pajareada, a menos de dos kilómetros de la casa de Wilton Borrego, donde el guardaparque fue asesinado frente a su esposa, Saida García, y a dos kilómetros y medio del sitio donde fueron hallados los cuerpos (amarrados, encapuchados y torturados) de Nathalia Jiménez y Rodrigo Monsalve el 23 de diciembre.

Durante los días siguientes seguimos dando la vuelta por la Sierra recorriendo una gran parte de la Northern Colombia Birding Trail, cosa que siempre me trae y me genera recuerdos. Este viaje no sería la excepción, solo que no me voy a extender mucho más aquí porque son otros cuentos que tal vez leeremos luego en el relato que escriba Tom.

El último tramo al exilio

Estaba tomando Cajicá Miel en mi sitio preferido en Bogotá, durante la cuarta semana de noviembre, cuando Tito me llamó por Whatsapp desde Nueva Jersey. Me contó sobre el viaje hasta el momento: la tremenda visita a Disney con los niños; el largo y miedoso tramo por carretera hasta Washington DC, donde estuvieron a punto de accidentarse manejando a toda velocidad; Nueva York (capital del mundo) y la experiencia de caminar por Times Square antes de almorzar en Joe’s Pizza. El día siguiente, con un pronóstico de nieve, arrancaron para Plattsburgh, NY, donde pasaron una noche larga antes de tomar un taxi a la frontera con Canadá.

“Caminar estos últimos 500 metros, con todas las maletas, con la familia asustada y todos llenos de angustia y miedo, fue, sin duda, el momento más humillante de mi vida”, me contó Tito desde Quebec, un día después de haber llegado. “Pensar que llegamos a esto, que yo era un director de parque y ahora éramos refugiados, corriendo así… me pareció una tragedia”.

Dos semanas después del año nuevo logramos desatrasar cuaderno. Hablamos sobre el ajuste al clima canadiense y las primeras pascuas en su nuevo país. Luego le pregunté qué otros momentos recordaba de ese día, cuando llegaron a pedir asilo a través del acuerdo del tercer país entre Estados Unidos y Canadá. Tito me dio gusto y compartió otra historia:

“Durante todo este período, desde que incendiaron la sede de Parques en la Lengüeta hasta el asesinato de Wilton, todos los trámites y procesos con las entidades me han generado múltiples frustraciones, como la infinita preocupación que tenía y que mantengo cuando pienso en el equipo que se queda allá, con el chicharrón encima… Hasta la cruzada final logré mantener, de cierta forma, mi compostura y no perdí control de mis emociones”, me contó Tito hace dos semanas.

“Pero cuando llegamos a Canadá y la policía de migración me empezó a hacer la entrevista para comenzar el proceso de asilo, ya no aguantaba más y, como me tenían en un cuarto y estaba separado de mi familia, me eché a un llanto tremendo. En este momento, entre plena lloradera, el trato que recibí de parte del funcionario de Canadá me hizo sentir la tremenda decencia y humanidad de este país”.

Regreso al futuro

Hice un primer esfuerzo para concluir y entregar esta tercera y final edición de la serie sobre Tito en diciembre y, como es mi costumbre, busqué a los amigos más experimentados que tengo a mi alcance para que trataran de explicarme cómo carajos estas cosas pueden estar pasando en Colombia en el año 2020 y qué podemos hacer al respecto.

Hice la primera consulta con Felipe Clavijo Ospina, constitucionalista y abogado egresado de la Universidad Nacional de Colombia, digno representante y funcionario de la Procuraduría General de la Nación.

Después de dibujar la estructura entera del Gobierno colombiano elegantemente sobre el individual del restaurante portugués O’Galo, donde estábamos almorzando, Felipe me ayudó a elaborar una lista de diez recomendaciones contundentes para evitar que situaciones como la de Tito se repitan. Así, sintiéndome satisfecho con la lista y con la seguridad de que Tito y su familia por lo menos estaban vivos y juntos en Canadá, más las sonrisas de los jóvenes pajareros y su inspirador profesor Jorge Moreno aún en mi memoria, este relato iba a tener una conclusión hasta optimista.

Pero luego mataron a Nathalia Jiménez y a Rodrigo Monsalve de la forma más brutal y salvaje que uno podría imaginar, y ese plan se fue para la mierda.

“Hoy fue un día muy difícil”, me contó Tito el 23 de diciembre, cuando los cuerpos de Nathalia y Rodrigo fueron hallados en Kütünsama, un sitio sagrado situado en el sector de la Lengüeta. “Estoy vuelto nada. Nathalia tuvo uno de sus primeros contratos con nosotros en (el Santuario de Flora y Fauna) Los Colorados”.

Cada vez que pienso en la historia de Tito me siento en la película Regreso al futuro, con Michael J. Fox y Cristopher Lloyd. Solo que ahora el DeLorean volador viaja entre 2020 y 2003.

Además de las circunstancias mencionadas, por la Troncal del Caribe tenemos tanto el corazón del mundo como la vitrina turística principal del país, rodeados y controlados por los herederos de Hernán Giraldo.

Desde la publicación de la primera entrega de esta serie, varios funcionarios y contratistas de Parques, la Defensoría del Pueblo, y sus familiares, me han contactado. Una de las primeras en hacerlo fue Matilde Cayón, funcionaria de la Defensoría del Pueblo y delegada para los grupos étnicos en la regional Magdalena. “Esto de trabajar acá con estos temas”, me explicó, “es como entrar al mundo de Don Corleone”. Luego me contó sobre una ocasión cuando varios hombres se acercaron a su vehículo y le dijeron que la iban a matar, advirtiéndole que antes “vamos a divertirnos contigo”.

La gota que rebasó el vaso de Tito fue el llamado de la Unidad Nacional de Protección para informarle que le iban a quitar su esquema de seguridad para reemplazarlo con un celular, un botón de pánico y un chaleco antibalas. Tito apeló la decisión y, a pesar de haber recibido una calificación de riesgo extraordinario, la más severa que existe, Tito sabía que la apelación iba a ser en vano. Y tal cual. Ya en Canadá, Tito recibió la notificación oficial de la Unidad Nacional de Protección, con fecha del 19 de diciembre, casi un mes después de haber salido de Colombia, confirmando que la apelación había sido rechazada.

Cuando le pregunté a Julia Miranda, directora general de Parques Naturales Nacionales, si ella sentía que los funcionarios y contratistas de Parques tienen la protección mínima que necesitan para cumplir con sus funciones básicas, me contestó con un “¡no, en absoluto!”. Luego, la directora, nombrada en su cargo hace más de una década y media por Álvaro Uribe, me recitó una lista larga de parques que hoy en día tienen condiciones de orden público inmundas.

Para no dejar suelto el tema de los cóndores comiendo terneros en la Sierra, sobre lo que me habían hablado Tito y nuestro amigo arhuaco Jaison, decidí llamar al ornitólogo Andrés Cuervo, joven profesor de la Universidad Nacional de Colombia y curador de la colección de aves más extensa del país. Así, después de una serie de mensajes que fue a la vez una fascinante minilectura de historia natural, Andrés me dijo: “El asunto es, pues, que esta vaca, este ganado, estas ovejas, cualquier cosa que se pastoree, son animales nuevos en este paisaje de la Sierra Nevada y cualquier paisaje neotropical… Es un animal nuevo, un vecino nuevo y apareció —digamos— hace un minuto en tiempo evolutivo en la vida de otros animales como el cóndor”. Luego me mandó un video de un cóndor persiguiendo a un ternero que, eventualmente, logra atrapar, abrirle la piel y comérselo vivo.

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