25 May 2020 - 2:47 a. m.

La salvaron de un tumor inoperable, en tiempos de COVID-19

Pese a que le dijeron que su cáncer era inoperable y comprometía su riñón, la vena cava y se acercaba al corazón, encontró una segunda oportunidad en la Clínica Los Rosales (Pereira), que estuvo en el ojo del huracán por ser epicentro de un brote de coronavirus. El médico la denominó “cirugía de rescate”.

Alexánder Marín Correa - jamarin@elespectador.com

El cirujano Jimmy Gallego asumió el caso de Luz Dary Riascos, al encontrar que sí existía opción quirúrgica. / Cortesía.
El cirujano Jimmy Gallego asumió el caso de Luz Dary Riascos, al encontrar que sí existía opción quirúrgica. / Cortesía.

“Tiene cáncer…” Con el diagnóstico sintió que el mundo se le derrumbaba. Y fue peor cuando le dijeron que su tumor era inoperable. Pero sentía que debía luchar, no solo porque, a sus 38 años, le faltaba mucho por vivir, sino por tres grandes motivos: sus hijos Estiven, de 17 años; Alexis, de 14, y Marcela, de 10. Luz Dary Riascos, madre cabeza de hogar y oriunda de López de Micay (Cauca) y vecina de un humilde barrio de Buenaventura (Valle), no pretendía dejar a sus hijos desamparados. Y empezó una lucha que tuvo final feliz, en el lugar menos pensado: la Clínica Los Rosales, de Pereira, que estuvo en el ojo del huracán por un brote de COVID-19. Cuando se conoció la noticia, ella estaba hospitalizada. Sintió temor, dice, pero el coronavirus no la tocó. Y gracias a su persistencia, ganó una nueva oportunidad de vivir. 

Su drama, travesía y lucha comenzaron hace casi tres años, cuando sintió calores y dolores en el abdomen que, con el paso de los meses, se hicieron insoportables. Iba a urgencias y le inyectaban dipirona. La rutina se repetía. Sabía que no era normal, pero en el puerto no le podían hacer un examen especializado. Insistió tanto, que le autorizaron una resonancia en Cali. Allí le dieron la fatal noticia, en tres golpes. Primero, la resonancia mostró que tenía un tumor sobre el riñón, y la biopsia, que era maligno. “Me derrumbé. Lloraba de pensar en mis hijos. La esperanza era la cirugía, pero la EPS no autorizaba. Pasaban los meses y no me respondían. Mi salud seguía empeorando. No aguanté más y el 30 de enero regresé a Cali e ingresé por urgencias, a la Clínica Nuestra”. Dejó a sus hijos al cuidado de un familiar. 

Los médicos la remitieron a hospitales de cuarto nivel; pero, por falta de convenio con su EPS, no la recibieron. Duró un mes esperando. Y llegó el tercer golpe: “Pagamos una cita particular. El diagnóstico fue peor: el tumor era inoperable. Que me fuera para la casa”. El tumor había nacido en la glándula sobre el riñón, creció detrás del hígado, alcanzó la vena cava (que irriga varios órganos), la perforó y avanzó casi hasta el corazón. Además, producía una hormona que alteraba su presión arterial, que podría provocarle un derrame o infarto.

Pero había algo más: en la vena había un coágulo pegado al tumor a punto de desprenderse. En caso de haber llegado al corazón, la hubiera matado. Su caso se ajustaba a los criterios de inoperabilidad: el tumor invadía venas importantes y era de difícil abordaje. Salió devastada. Regresó a la clínica a que la hospitalizaran de nuevo. Y desde allí, su familia siguió con la batalla legal y los jueces fallaron a su favor. A finales de febrero aprobaron su traslado a la Clínica Los Rosales, en Pereira.

El 7 de marzo,  un día después de confirmarse el primer contagio de COVID-19 en el país, a Luz Dary la trasladaron a Pereira. “Llegué ilusionada, pero me pusieron a esperar, porque no había oncólogo. La opción era un cirujano de Manizales. Sí él aceptaba, me seguían atendiendo; si no, me enviaban a mi casa”. Llamaron a Jimmy Andrés Gallego, especialista en trasplante de órganos, quien con su Fundación Más Vida busca apoyo no solo para crear una unidad de trasplantes en el Eje Cafetero, sino para atender pacientes que han sido calificados como inoperables. 

“Me intereso por pacientes que la literatura médica da por inoperables, pero que técnicamente no es del todo cierto. Ese criterio debería cambiar y primar la autonomía del paciente. Hay tumores difíciles, con posibilidad de éxito pequeña en cirugía, pero existe y eso lo debería saber el paciente. Lo llamo ‘cirugía de rescate’. ¿Que puede morir? Claro y el paciente lo sabe, pero muchos prefieren asumir ese riesgo. Por fortuna no hemos tenido muertes en cirugía, pese a ser casos complejos”.

Tras analizar el caso, Gallego le dijo a Riascos lo que llevaba meses esperando: el tumor se puede operar. Es difícil, pero se puede. “Miré los exámenes, pedí otros y me pareció que había opción quirúrgica, con riesgos, pero posible. Así se lo expliqué y me dijo que, por sus hijos, haría lo que fuera. No quería ir a morir a su casa”. Gallego identificó la naturaleza del tumor, un feocromositoma que libera una hormona que altera la tensión arterial, causando derrame o infarto. Le pidió concepto al endocrinólogo, quien ratificó que la única alternativa era la cirugía.

Sin embargo, sucedió algo que amenazó con llevarse todo al traste. El 17 de abril, ordenaron el cierre de la Clínica, por un brote de COVID-19. Se hicieron 500 pruebas y, al final, confirmaron que había 74 funcionarios y 16 pacientes contagiados. “Nos dio pánico y lo viví hospitalizada. Con mi hermana, que fue mi acompañante, llorábamos del miedo; pero nos hicieron las pruebas y salieron negativas”. El 5 de mayo, cuando la Alcaldía autorizó reabrir la Clínica, ella finalmente ingresó al quirófano.

La operación era todo un reto médico y así lo explica el doctor Gallego. Su equipo lo integraron un anestesiólogo cardiovascular, dos cirujanos cardiovasculares, un perfusionista, un cirujano ayudante, dos instrumentadoras y dos auxiliares de enfermería, todos bajo la batuta del especialista en trasplantes. Cada uno con instrucciones claras, en caso de alguna complicación. ¿Por qué era tan difícil la operación? Por la ubicación del tumor. “Como estaba tan atrás, tuvimos que desprender el hígado y el riñón. Luego, suspender la circulación en varias venas y cerrar el paso de sangre a una aurícula del corazón. Todo esto para llegar al tumor, extirparlo y reemplazar la vena afectada”. El resumen de la cirugía parece sencillo, pero fue un procedimiento que duró casi siete horas.

Aunque el riesgo era máximo, por fortuna, todo salió bien. Un mínimo error podría ser fatal. Gallego sabe que operar a estos pacientes implica no solo un costo económico sino político, pero está convencido de que es menos ético no ofrecerle una alternativa al paciente, cuando existe. “Al final, esto tiene que ver con ponerse en los zapatos del otro. No es qué quiere el médico, sino qué piensa el paciente de otra oportunidad, pero con calidad de vida, porque no se justifica el riesgo si no va a disfrutar ese tiempo. Es complejo, pero cuando alguien no lo entiende, le digo que piense en su ser más querido y qué querría que hiciéramos. No ha llegado el primero que diga: ‘Déjelo morir’”, concluyó. 

Para Luz Dary, falta el reporte de patología y otros estudios, en los que los oncólogos y endocrinólogos definirán el paso a seguir. “A una persona con cáncer se le hace un seguimiento de por vida y uno no puede decir que está curado sino hasta cinco años después sin evidencia del tumor. Por fortuna su caso salió bien. Hoy ella está mejor”.

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