El desplome del puente sobre el río Mendihuaca no solo partió en dos una carretera, sino también la economía de toda una región. Desde ese día, todo cuesta más, todo tarda más y todo se volvió más difícil. Sacar una cosecha, recibir un turista, llevar un enfermo al hospital o simplemente llegar al trabajo se convirtió en una lucha diaria. Mientras en oficinas se revisan informes y propuestas, en el territorio los negocios cierran, los ingresos caen y el desespero crece.
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Dos propuestas y una comunidad agotada
Sobre la mesa hay dos alternativas para instalar un puente militar: aprovechar las bases del antiguo paso o construirlo en un costado del río. Ambas opciones son evaluadas por la Gobernación, el Ejército, la Unidad Nacional de Gestión de Riesgos de Desastres e Invías, pero ninguna se ha traducido todavía en obras visibles.
La Secretaría de Ambiente, Gestión del Riesgo y Cambio Climático de la Gobernación del Magdalena aseguró que el proceso sigue en marcha. “Hemos venido dialogando con los técnicos del Ejército sobre las dos alternativas. Estamos esperando que la Unidad Nacional de Riesgo e Invías tomen la mejor decisión y se pueda ejecutar lo antes posible, porque la comunidad necesita retomar sus actividades y reactivar su economía”.
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Sin embargo, para los habitantes, las reuniones ya no alcanzan. Lo que necesitan son máquinas, vigas y trabajadores en el terreno. Cada anuncio sin resultados se siente como otra semana perdida.
Un corredor vital convertido en obstáculo
El cierre del paso transformó la Troncal del Caribe en una ruta lenta, costosa y peligrosa. Los transportadores gastan más en combustible, los buses hacen recorridos eternos y los productos llegan encarecidos. El turismo, uno de los principales motores de la zona, se desplomó. Hoteles vacíos y restaurantes sin clientes son hoy parte del paisaje.
Los productores ven cómo sus cosechas se atrasan o se pierden. Los pescadores venden más barato. Los mototaxistas arriesgan la vida buscando atajos. Las familias ajustan cada peso para poder sobrevivir. En muchos hogares, el ingreso bajó, pero los gastos subieron.
En Mendihuaca ya no se discute de ingeniería. Se habla de supervivencia. De cómo no cerrar el negocio. De cómo pagar arriendo. De cómo no abandonar el territorio.