Cristian Valencia tenía 25 años cuando se presentó a la Universidad Nacional de Colombia con el instrumento al que le había dedicado buena parte de su vida: la flauta traversa. El pánico escénico y la presión por las altas expectativas familiares (su papá era un flautista reconocido) quedaron en segundo plano cuando el maestro que lo escuchó le sugirió que “mejor se dedicara a los violines”. Solo pudo pensar en su mamá: violinista y profesora universitaria que, casi desde los cuatro años, le prestaba “cocos” de ese instrumento para que se divirtiera.
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De pequeño siempre le gustaron los trabajos manuales y tuvo formación técnica. A los 18 años decidió intentar algo poco común: construir un violín desde cero sin saber cómo. Desarmó un instrumento viejo con permiso de la Facultad de Artes de Manizales y, copiando pieza por pieza, hizo el primero. “Era absolutamente horrible”, recuerda entre risas. Pero, sorprendentemente, el instrumento sonó bien y comenzó a practicar y a vender sus creaciones.
Hoy tiene 61 años y es, en esencia, un lutier autodidacta. Aprendió con las maderas que tenía disponibles y poca información; sin internet ni fácil acceso a libros sobre el tema. Más adelante trabajó en talleres de Bogotá para entender técnicas y continuó perfeccionándose entre viajes y becas, como una que le permitió formarse durante tres años con maestros europeos.
Actualmente, enseña construcción de violines a partir del tercer semestre del programa de lutería en Ibagué. Antes de llegar a su clase, los estudiantes aprenden fundamentos como el manejo de herramientas, doblado de fajas, filetes y primeros ejercicios de talla. Y aunque cree que dominar un instrumento permite tocar música clásica, colombiana o de cualquier lugar del mundo, en el Conservatorio, explica, los violines también se prueban con obras del repertorio nacional: es un requisito.
Llevar el taller de regreso a casa
Diana Marcela Arévalo es ibaguereña. De niña, estudió violín en el Conservatorio del Tolima. Durante años pensó su camino desde la interpretación, hasta que la curiosidad la llevó a la ingeniería de sonido. Se mudó a Bogotá para estudiar en la U. Javeriana y allí descubrió la música “ya no solo desde el escenario, sino también desde los procesos que la hacen posible”, cuenta.
Recién graduada conoció, casi por accidente, un taller de lutería junto al Ministerio de Cultura en el centro de Bogotá. Era un espacio lleno de madera, herramientas desconocidas y formas de violines en construcción. Desde 2013 comenzó a trabajar con la Fundación Salvi en los centros de lutería del país. Con el tiempo surgió la idea de formalizar la lutería en Colombia, por lo que apoyó la creación, en 2019, de la Tecnología en Construcción y Reparación de Instrumentos de Cuerdas Frotadas, en Ibagué.
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Pero los costos del programa parecían hacerlo inviable para estudiantes provenientes en su mayoría de estratos uno y dos. La apertura total fue posible en 2020, en pandemia, cuando la política de gratuidad en la educación superior permitió garantizar la matrícula. Fue entonces cuando Arévalo regresó para coordinar el programa y enfrentarse a otro reto: explicar qué era la lutería en un lugar donde casi nadie había escuchado esa palabra.
Convocar estudiantes, conseguir herramientas que no existían en el país, adecuar talleres especializados y encontrar maestros formados fueron apenas los primeros pasos. Llegaron alianzas internacionales, especialmente con la Escuela Internacional de Lutería de Cremona, en Italia, y la construcción de un modelo pedagógico basado en la tradición italiana, la formación musical, la ciencia acústica y el trabajo manual.
Hoy, cinco años después, el programa ha visto nacer nuevos talleres en la ciudad y empieza a posicionar a Ibagué como referente en la construcción de instrumentos de cuerdas frotadas en América Latina. “Creo que los chicos que estudian esto son unos ‘locos’: deciden dedicar años de paciencia a transformar un trozo de madera en un instrumento capaz de durar siglos”, dice Arévalo.
“Siempre va a haber un violín que suene mejor que otro”
A Ángel Gabriela Salazar no le gusta imaginar cuál será el resultado del violín que construya. Le aterra pensar que “quede feo”, que “suene mal”. Llegó desde Bogotá y este es su quinto semestre en el Conservatorio. De todas las cosas que le gustan, su favorita es aprender. “Decidí entrar a lutería porque, en ese proceso de acabar el colegio, me dieron como un ‘tallercito’. Yo no tenía ni idea de qué era, pero me gustó, me pareció interesante”.
Le atraía la minuciosidad de los detalles. “Porque uno cuando está por fuera de ese mundo, dice: ‘¿esa vaina qué es?’”. Después de familiarizarse con el nombre, le explicaron que existía una diferencia entre la parte industrial —la producción en serie— y la de “lutear”. Se enamoró del trabajo manual.
Por eso explica con atención el proceso de calibración de las tapas del instrumento: “empiezas con dos pedacitos de madera (arce, abeto y ébano son de las más conocidas) que se cortan y se pegan en la mitad. Luego trabajas la madera, la cortas y le das forma. Una vez la tienes totalmente lista, intentas que quede ‘lisita’, ‘suavecita’, y le das la vuelta”.
Las tapas del violín se trabajan con gubia “porque tienen bastante material”. Cuando ya están casi a tope, hay que ajustarlas para que la tabla “se pueda mover”. Entre ellas, explica, es “donde va a ir el alma” del violín. El proceso no es solo artístico, también es matemático. Se utiliza un calibrador y “cada ‘vueltica’ es un milímetro” que debe coincidir entre sí. Y es en eso, en los detalles, en los que su profesor, Cristian Valencia, le ha recordado que el miedo al resultado final del violín es lo de menos, porque “siempre habrá uno que suene mejor que otro, y, aun así, para todos hay espacio”.