29 Jun 2020 - 2:00 a. m.

Ser afro en la industria musical colombiana

La industria musical es una de las más competitivas en el mundo. La tarea se vuelve un reto mayúsculo cuando además se es afro, pues las condiciones y las oportunidades no siempre son las mejores. Kevin Florez, Vanessa Ramos y Plu con Pla son artistas afros que viven diferentes tiempos de sus carreras, uno más conocido que los otros pero comparten la misma sangre: ser artista afrodescendiente.
Martín Elías Pacheco

Martín Elías Pacheco

Periodista Colombia
Ilustración.
Ilustración.

Si hace el ejercicio de buscar en Google cuáles son los exponentes negros de la industria musical colombiana, los resultados son limitados, aun cuando Colombia es un país con una gran riqueza musical y cuando existen cientos de artistas con buena proyección musical. En muchos casos se trata de talentos que terminan en el anonimato, no solo por la feroz competencia característica de la industria, sino también por su color de piel.

El artista cartagenero afro Kevin Flórez, por ejemplo, es conocido como el máximo exponente de la música urbana en Colombia y ha recibido tres premios Shock, dos premios Nuestra Tierra, tres premios Luna, un premio Mi gente y hasta un Congo de Oro.

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Cuenta que el arranque de su carrera fue difícil. Aunque dice que nunca fue discriminado directamente por su color de piel, insiste en que sí lo fue por cantar champeta, un género que hoy en día se escucha en escenarios internacionales, pero que hace una década era asociado solo con las comunidades negras y era visto como música para la gente “inculta”. “La champeta era un género que venía de abajo, de origen afro y palenque. Fue difícil darse a conocer. Una emisora me devolvió el CD porque era de champeta. Un mánager le preguntó a mi papá que por qué aceptaba que interpretara ese género”, asegura Kevin Flórez.

En ese mismo mundo musical hay artistas que luchan a diario por ganarse un espacio en la industria, como es el caso de Vanessa Barrios, una artista y compositora afro de 29 años, que desde muy niña ha intentado construir su carrera sorteando los obstáculos que le han puesto por su color de piel. Desde muy joven trabaja por su carrera, y desde entonces ha vivido en carne propia la discriminación por su color de piel. “Una vez hice una fila larga para un concurso de televisión. Tenía 12 años, empezaba mi sueño de ser cantante. Llegué al primer filtro y comencé a escuchar a la gente: están buscando personas altas, blancas y físicamente bien parecidas. Dije que no me importaba, lo importante era la voz. Hice la fila y canté una canción de Adriana Lucía. Detrás de mí venía un chico blanco, alto y bien parecido; casi todos eran blancos, y cuando nos llamaron la única persona que no pasó el filtro fui yo”, cuenta Barrios, cantante de reggae y bullerengue, oriunda del municipio de Malambo (Atlántico).

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Rafael Ramos, representante legal de la Corporación Cultural Cabildo y director del Mercado Cultural del Caribe, una organización que impulsa el talento de artistas étnicos, explica que históricamente se ha visto el trabajo de los artistas afros desde una visión folclórica: “No se conoce en profundidad lo que representan en el ámbito social, cultural y político. El músico afro, en muchos eventos, a veces es considerado como una expresión de relleno. El Caribe debe resaltarlos más, porque están surgiendo muchos grupos con talento”.

La discriminación racial se vive incluso en las propias entrañas de las zonas y regiones de las que provienen los artistas afros. “En una ciudad como Cartagena, que tiene una demanda grande de eventos por turismo, se sigue viendo que el artista negro debe entrar por la puerta donde sacan la basura. El artista es mal pagado. He tenido la oportunidad de ir a eventos con comunidades afros y nos dicen que no debemos pasar por ‘x’ o ‘y’ lugar, que no podemos comer en tal lugar, además no nos dan camerinos y toca cambiarse en el baño”, agrega Ramos, quien recuerda un episodio de discriminación en La Guajira, cuando le dijeron que iban a ensuciar los camerinos por el hecho de ser negros.

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“El racismo existe, sí. Lo negro no se ve como algo que se pueda vender o sea novedoso. Para ser visible se debe cambiar la esencia o dejar de ser lo que se es. Hay mucha gente que comenzó haciendo música tradicional, pero para hacerlo sonar en emisoras tuvieron que cambiar el género a reguetón directo o a otro ritmo que no tiene nada que ver con el Pacífico”, reflexiona Win Perea, músico y coordinador de Cultura de la Fundación Manos Visibles. “Lo viví en Bogotá, fui cantante de la orquesta Guayacán y cuando me retiré saqué mi proyecto. Hicimos una campaña de difusión. En los bares del sur y la zona centro-chapinero se escuchaba la música, pero para que pudiera ser sonada en emisora fue difícil, tuve que acudir a mis padrinos Tostao y Mauro Castillo”, agrega.

Otra de las complejidades de ser negro en la industria musical se refleja en la competitividad y espacio en escenarios de gran magnitud. Para los integrantes de Plu con Pla, por ejemplo, una agrupación musical afro de la que forman parte ocho tumaqueños que cantan fusión reggae, rap y hip-hop desde hace cinco años, las barreras del mercado no les han permitido ser visibles a un público nacional. “La música de las comunidades negras entra en una categoría subalterna, no entra en ese lugar comercial. Hay una tendencia hacia lo de afuera. Hemos intentado participar en festivales, pero es muy difícil lograr estar en escenarios nacionales; no sé si es por la distancia o tal vez porque no tenemos la calidad todavía”, afirma Hárold Tenorio, director de Plu con Pla.

Y en algunos casos las barreras son tan básicas como el acceso a internet. “Hay un tema que identificamos, que son los manejos de plataformas digitales, pues los afros y étnicos tienen menos acceso a ellas. Hay muchos artistas que han podido hacer sus producciones o tener presencia por redes, los artistas afros están en territorios donde no tienen conectividad. Eso ha marcado más su contexto de exclusión”, asevera Ramos.

Kevin Flórez, Vanessa y los integrantes de Plu con Pla están en momentos distintos de sus carreras, pero los une esa barrera que se ha creado, ya sea por el género musical, el color de piel o la falta de apoyo y de posibilidades para hacer llegar su música a otras regiones del país. “Mi mensaje es no ser indiferentes, poner la conversación sobre la mesa, hablar y no ignorar el racismo. No pensar que porque no me pasa a mí (a la persona blanca o mestiza), no le pasa a la gente en general”, concluye Vanessa.

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