28 May 2014 - 5:47 p. m.

Silencio literario sobre las Farc

Existen más documentos críticos e ideológicos sobre la guerrilla que productos literarios. Ese mutismo literario parece señalar cierto pudor y miedo a caer en la exposición de la guerra. El conflicto, sin embargo, sí ha cruzado a los escritores colombianos. Recorrido por aquellos documentos.

Juan David Torres Duarte

 Es curioso: la Violencia con mayúscula ha generado cientos de novelas y cuentos, pero las Farc han inspirado pocas —o ninguna— obras literarias. El conflicto que comenzó con los bandoleros en los cuarenta y se desarrolló en las agrupaciones guerrilleras —el ambiente, sus causas y consecuencias— cruza la literatura colombiana desde entonces; pero el personaje singular, las Farc, parece no llamar la atención.

Una revisión inicial sobre la bibliografía dedicada al grupo guerrillero permite dos conclusiones: la primera, que no es motivo de trabajo literario; la segunda, que ha sido más observado desde ramas como la sociología, la politología y la historia. Las Farc han sido más un objeto de análisis crítico —con perspectivas históricas y de impacto social— que de inquietud sensible. En un estudio reciente, titulado Novelas de la violencia: en busca de una narrativa compartida, la investigadora Myriam Jimeno recuerda que existen 74 novelas sobre la violencia entre 1946 y 1966 —el período de inicio de la violencia bipartidista y el bandolerismo hasta poco antes de la creación del Frente Nacional—, y que en ese lapso se encuentran pocos ejemplos reales de literatura: el testimonio, más centrado en los hechos y en el detalle macabro, es el género que predomina en la muestra.

De modo que es comprensible por qué las Farc comienzan a ser actores literarios sólo a través del testimonio de sus propios líderes. Los primeros libros que se registran sobre su historia —nada novelado, libros que pretenden contar un relato verídico— son autoría de Manuel Marulanda Vélez, Tirofijo, y del ideólogo principal de esa guerrilla, Jacobo Arenas. El Cuaderno de campaña de Marulanda —al parecer escrito por otra persona— y el Diario de resistencia de Arenas recogen las causas del conflicto, el nacimiento de la guerrilla y recuentan, desde su punto de vista, el ataque a Marquetalia y las razones que validan la fundación de una guerrilla. Estos documentos, de tintes ideológicos, son pilotes en la formación de las Farc, pero no tratan de convertir en ficción algo que, en ese momento, era tangible y desmedido.

Ciro Trujillo, segundo al mando tras la fundación de las Farc y cabeza de un grupo numeroso que se desplazó hacia Quindío y Caldas, cuenta su vida y su experiencia guerrillera en Páginas de una vida. Trujillo, que falleció en 1967, seguía la misma línea testimonial de sus dos colegas: una narración centrada en hechos políticos y en razones que buscaban con fervor la reivindicación política. El objetivo general de estos primeros textos es precisamente consagrar los pilotes de un grupo que apenas daba sus primeros pasos y fundamentarlo a futuro. Aunque suene obvio, su pelea era política y terrenal: la sensibilidad literaria no tenía espacio allí. Aún no era el tiempo para decantar la experiencia violenta.

Veinte años después de publicados estos testimonios —los de Marulanda y Arenas fueron editados en Checoslovaquia—, Carlos Arango Zuluaga escribió Farc, veinte años: de Marquetalia a La Uribe, justo en el momento en que la guerrilla se encontraba en diálogos de paz con el gobierno de Belisario Betancur. El texto, aunque apologético, señala el inicio de una nueva necesidad: comprender a esa guerrilla, acercarse a ella. Las Farc han sido, a lo largo de la historia colombiana, una guerrilla cuyos actos son conocidos, pero cuya composición resulta incierta y vaga. Los diálogos de La Uribe permitieron a muchos conocer de primera mano las intenciones y conformación de esa guerrilla, en la que Arenas era todavía un pilar fundamental. Por entonces fue publicado, de hecho, su segundo libro: Cese el fuego: una historia política de las Farc (en la editorial Oveja Negra). Fernando Cubides, exprofesor titular de la Universidad Nacional y profesor invitado a la Escuela de Altos Estudios en París en 1988, dice sobre esa obra: “Ese libro es importante por lo que dice y por lo que insinúa. Allí se refiere a la etapa inicial, de consolidación, y anuncia un plan de crecimiento. No es sólo un sujeto de propaganda. Jesús Antonio Bejarano, consejero de paz de Gaviria, decía: ‘Las Farc son la guerrilla seria y hay que leer todos sus documentos’”.

Ese período de exposición, en términos generales, permitió que las ciencias sociales se colaran en el estudio, aunque en principio de manera tímida. Los archivos, historia y documentos de la guerrilla fueron más evidentes en los diálogos y desde la creación de la Unión Patriótica como resultado de las concertaciones. Producto de esa apertura es La vida de Pedro Antonio Marín, publicado en 1989 por Arturo Alape: luego de una serie de entrevistas con Marulanda —cuyo nombre verdadero era Pedro Antonio Marín—, Alape recogió su vida y, en paralelo, la historia de las Farc. Alape había sido afín a los postulados de la guerrilla y, de hecho, en 1972 escribió un libro de cuentos titulado Las vidas de Tirofijo. Parte de su bibliografía está dedicada al conflicto: colaborador en la obra de teatro Guadalupe años sin cuenta y novelista en Una noche de pájaros, Alape encontró en el conflicto —en esa visión general— un material literario. Y, sin embargo, las Farc fueron para él una materia más factible, más encadenado a la biografía y al reportaje que a la ficción.

El término de los diálogos de paz tuvo, entre otras consecuencias más evidentes, repercusión en el modo de abordar a la guerrilla desde la escritura y la investigación. “Con la ruptura del proceso de paz —dice Cubides—, ya mermó esa producción, y salió sin embargo una cosa importante, poco conocida: la correspondencia secreta del proceso de paz que hizo el propio Jacobo Arenas y publicado en una editorial clandestina, que, para más guiños, se llamaba la Abeja Negra”. Esa correspondencia recogía las palabras que cruzaron Arenas y Alberto Rojas Puyo, entonces miembro de la comisión de paz de Betancur. La correspondencia es un registro histórico que luego —sólo luego— se volvería fundamental para entender otro fenómeno del conflicto: el paramilitarismo. Allí Arenas y Rojas recuerdan las fuertes acciones armadas de las Farc en los años ochenta, los constantes secuestros, las extorsiones a grandes ganaderos, mientras se concluye, poco a poco, que las Farc tuvieron errores esenciales en el crecimiento que pregonaba Arenas en su Cese el fuego. Habían crecido, sí, pero junto a un enemigo que habría de enfrentárseles con sevicia en los años ochenta y noventa.

Hasta aquí, en efecto, no existe una producción literaria —es decir, ficcional— sobre las Farc. Las razones pueden ser varias. Cubides refiere una de ellas recordando el pensamiento de un colega cercano: “Malcolm Deas se refiere a eso y dice que la diferencia entre Marulanda y el Che Guevara es que Marulanda no tiene carisma ni produjo nada importante, en cambio Guevara dejó sus diarios, su pensamiento: era una figura carismática”. La producción ideológica de Marulanda—siguiendo el argumento de Deas— fue mínima en comparación con el impulso de Jacobo Arenas. Pero existe una razón más: quizá la literatura aún no había logrado entender ese fenómeno, del que apenas había consecuencias visibles. Los escritores del momento —aquellas novelas que enumera Jimeno— permitieron dar un vistazo superficial; la profundidad sólo se encuentra en el paso del tiempo. Son inevitables las hagiografías y las alabanzas a los jefes guerrilleros; el contexto y la historia les darían una posición real, con la que otros escritores jugarían en la literatura de manera plástica.

El ambiente, sin embargo, sí hace parte de la literatura de esa época. Sin remedio, de Antonio Caballero, publicada en 1984, recuerda a los grupos comunistas —algunos extremistas— que abundaban en las universidades y el modo en que, a su manera, se enfrentaban al estatuto y el estatuto se enfrentaba a ellos. Eran los primeros brotes de una educación sentimental que habría de calar en una generación cuyas opciones no eran demasiadas: tener una vida dentro de la legalidad o escapar a la selva para la fundación de un nuevo país. Algo de ese aire tiene también Los parientes de Ester, de Luis Fayad, escrita seis años antes y cuya historia —que ocurre en Bogotá— tiene como trasfondo una cierta tensión política. “Había cierto pudor —dice Cubides—, no es que estuvieran afectados por la censura, sino más bien por la autocensura”.

Una conclusión cercana fue la de Gustavo Álvarez Gardeazábal en La novelística de la violencia en Colombia: una producción literaria de poco tino y la vergüenza que esto sobrelleva no permitían dar un paso adelante. En estas novelas, la violencia y la difusión política de grupos en apoyo de la guerrilla —sin tener sólo a las Farc en la mira, pues en ese entonces el EPL, el ELN y el M-19 ya tenían un campo sembrado— es apenas un trasfondo. Lo mismo sucede en Juego de damas de Rafael Humberto Moreno Durán: el comunismo y la revolución política están allí, en el fondo, determinando ciertas acciones, pero jamás en primer plano.

Un salto más amplio en el tiempo daría una perspectiva similar: La historia de Horacio de Tomás González y El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez fueron novelas en las que el conflicto cruza, pero no se queda. Se instala en las vidas de los personajes, pero luego se vuelve invisible. Se hace visible en el dolor y la soledad, pero jamás es sinónimo de sangre o masacres. En la literatura colombiana, el conflicto ha sido tan interiorizado que parece esconderse.
Mientras el conflicto —ese monstruo inmenso de mil cabezas— se convertía en material literario, las Farc se convertían en material de la crítica académica. En los años noventa crecieron los estudios sobre las consecuencias de sus actos y sus causas políticas, sociales e ideológicas, investigaciones que les permitieron a estudiosos extranjeros como Malcom Deas y James Brittain reconocer las raíces más arraigadas del conflicto. Lo suyo no trataba sólo de un reportaje, sino de recoger los paradigmas y la relación de las Farc con los movimientos mundiales. ¿Por qué nace una guerrilla en un territorio tan agreste? ¿Cómo ajustaron fundamentos extranjeros a una realidad tan distinta?

El enfoque es fundamental: mientras que en países como Chile un evento político catastrófico genera una amplísima oferta artística (como la que se extendió antes y después de Pinochet), en Colombia la política —en materia literaria— parece ser más un motivo de la crítica histórica y sociológica que un material plástico, maleable para el arte (salvo en novelas como Cien años de soledad).

Los testimonios, crónicas y reportajes sobre la guerrilla se multiplicaron durante y después de los diálogos de paz entre Andrés Pastrana y las Farc. País de plomo, de Juanita León —actual directora de La Silla Vacía—, recoge las sensaciones, el drama y el impacto colectivo de una violencia que no distingue entre civiles y militares. Trochas y fusiles (2006), del sociólogo Alfredo Molano, reúne los testimonios de combatientes de las Farc. Charronegro, escrito por Pedro Claver Téllez, va aún más atrás: recuerda la historia de Jacobo Frías, uno de los guerrilleros del embrión inicial de las Farc, asesinado en los años 50. Ese registro periodístico se multiplica por miles: crónicas y reportajes dedicados a las víctimas de las Farc, perfiles que apuntan relaciones biográficas de sus principales cabecillas, análisis sesudos de su influencia en los últimos veinte años. Falta tiempo aún, al parecer, para que la literatura dé el paso hacia las figuras esenciales de ese grupo guerrillero, hacia su génesis y psicología. El arte necesita más tiempo para decantar sus propias conclusiones.

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