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Durante dos años, Alberto Junco guardó parte de su salario con el propósito de conocer el mar. Era su mayor ilusión, recuerda su familia. A todos les expresaba que quería viajar a Santa Marta realizar excursiones, meterse al mar y vivir una nueva experiencia que contar en Bogotá. A los 67 años, ese viaje era una recompensa personal. Nunca imaginó que terminaría encontrando la muerte.
El jueves 5 de febrero, cerca del mediodía, Alberto llegó con un grupo de 17 personas a Taganga, en Santa Marta, como parte de una excursión organizada por una empresa turística local. Desde allí, una lancha los trasladó hasta la playa de Sisihuaca, un sector poco vigilado, sin presencia permanente de salvavidas ni autoridades.
Lo que ahora les indigna es que no hubo charla de seguridad, ni advertencias sobre las corrientes, ni indicaciones sobre zonas peligrosas. Tampoco había un guía que acompañara al grupo.
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Alberto no era nadador experto. Sabía flotar, sabía moverse con cautela, pero nunca había practicado snorkel en mar abierto. Ese día se colocó un equipo alquilado y entró al agua para ver peces y corales. Minutos después, dicen una corriente lo desestabilizó. Quienes estaban cerca lo vieron alejarse de la orilla. Intentó mantenerse a flote, pero el oleaje lo arrastró.
Fueron otros bañistas quienes se lanzaron al agua para sacarlo. Lucharon contra las olas, lo sostuvieron como pudieron y lo arrastraron hasta la arena. No había socorristas. No había botiquín y mucho menos personal capacitado en primeros auxilios.
Sin ambulancia ni apoyo institucional, lo subieron a un vehículo particular y lo trasladaron al puesto de salud de Taganga. Llegó sin signos vitales. Los médicos intentaron maniobras de reanimación, pero ya era demasiado tarde. El diagnóstico preliminar fue asfixia por inmersión, posiblemente asociada a un paro cardíaco por el esfuerzo.
Un servicio sin protocolos
Lo que más indigna a la familia no es solo la tragedia, sino el contexto en el que ocurrió. Días antes, en Santa Marta se habían registrado episodios de mar de leva, con oleaje fuerte y corrientes peligrosas. “No suspendieron nada. No advirtieron nada. Era como si el mar estuviera tranquilo, cuando no lo estaba”, denuncia la familia.
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Según relatan, la empresa que organizó el plan se limitó a transportar al grupo y recogerlo horas después. No verificó las condiciones climáticas, no evaluó el perfil de los turistas y no estableció medidas especiales para personas mayores o inexpertas.
La familia sostiene que nunca les hablaron de los riesgos de Sisihuaca, una zona con profundidades variables y corrientes impredecibles. Tampoco les informaron qué hacer en caso de emergencia. “Uno cree que estas empresas tienen permisos, que cumplen normas. Pero allá no había nada”, afirman.
“Él solo quería cumplir un sueño”
En Bogotá, Alberto era conocido como un hombre tranquilo, trabajador y dedicado a su familia. Durante meses habló del viaje. Revisaba fotos en internet, preguntaba cómo era el agua, cómo era el clima. “Decía que quería sentir el Caribe antes de hacerse más viejo”, recuerda su familia.
No alcanzó a tomarse la foto que imaginó. No volvió con recuerdos ni con anécdotas. Volvió en una urna, acompañado de documentos, trámites y silencios.
Hoy, la familia exige justicia, solicita a las autoridades investigar la empresa prestadora del servicio y contra las entidades encargadas de vigilar la actividad turística. Piden que el caso no quede en el olvido y que se revisen las condiciones en las que operan decenas de operadores informales en playas de Santa Marta.
La muerte de Alberto Junco no es un hecho aislado. En los últimos años, varios turistas han perdido la vida en playas de Santa Marta en circunstancias similares donde se ha denunciado falta de acompañamiento, ausencia de salvavidas, desinformación y servicios sin control.
Mientras el turismo sigue siendo uno de los principales motores económicos de la región, las garantías para los visitantes siguen siendo frágiles. “Aquí se prioriza vender el paseo, no cuidar a la gente”, lamenta un turista que frecuenta a Taganga.
Para la familia, el dolor se mezcla con la sensación de que pudo evitarse. “Si hubiera habido un guía, si alguien le hubiera dicho ‘no entre hoy’, si hubiera habido un salvavidas, estaría vivo”, lamenta la familia. Alberto ahorró dos años para conocer el mar. Lo hizo con mucho entusiasmo. Encontró belleza, sí, pero también encontró la muerte.