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30 Jul 2022 - 4:35 p. m.

Trabajo doméstico: con contrato es otro cuento

Una historia sacada del 20% de los trabajadores domésticos a quienes les cumplen con las prestaciones de ley en Colombia. La realidad es diferente para cerca de 650.000 trabajadores domésticos, en un 96 % mujeres, que no cuentan con condiciones dignas de empleo.
Del total de trabajadores domésticos entre el 2017 y 2018 en Colombia, el 98 % eran mujeres.
Del total de trabajadores domésticos entre el 2017 y 2018 en Colombia, el 98 % eran mujeres.
Cortesía de Andrea Londoño
El 28 % de trabajadoras domésticas laboran más de 48 horas a la semana y el 9,3 % trabaja entre 65 y 103 horas semanales.
El 28 % de trabajadoras domésticas laboran más de 48 horas a la semana y el 9,3 % trabaja entre 65 y 103 horas semanales.
Foto: Cortesía de Andrea Londoño

Paula* comenzó a trabajar como empleada doméstica en una casa campestre de Llanogrande, cerca de Medellín. Era madre soltera y a sus 54 años ya había sacado a sus tres hijos adelante. Sin embargo, y pese a todos esos años de esfuerzo, no podía permitirse el lujo de quedarse sin hacer nada. Necesitaba un empleo para poder sostenerse y evitar convertirse en una carga. No lo pensó mucho y decidió aceptar una propuesta de trabajo que le llegó a través de una amiga. No era en Medellín, pero estaba lo suficientemente cerca para ver a sus hijos los días libres. La casa en la que trabajaba era de una familia acomodada, también con tres hijos adolescentes que iban creciendo y pronto se independizarían.

Paula era una mujer esforzada y comprometida con su trabajo. Con el pasar de los meses, se fue ganando el cariño y reconocimiento de todos y, rápidamente, se convirtió en una más de la familia. Era muy buena cocinando y eso le producía una gran satisfacción, pues en la casa siempre elogiaban sus platos e incluso notaba cómo los miembros de la familia recuperaban el buen humor gracias a sus guisos. También disfrutaba en el jardín, aunque de otra manera; con las plantas tenía momentos de soledad y tranquilidad dedicados a pensar en sus hijos.

Paula era de poca estatura, de buen humor y descomplicada. Callada, pero sin ser tímida. Pese a su sencillez, que a veces rayaba en la simplicidad, tenía la sabiduría y el sentido común que desarrolló durante la crianza de sus hijos en soledad. Se había graduado con honores de la universidad de la vida. Y fue así como los jóvenes de la casa en la que trabajaba descubrieron esa cualidad de Paula y comenzaron a pedirle consejo, cuando les surgían problemas e inquietudes.

Y si de rigores se trataba, ella había pasado ya por casi todos. Eso forjó el carácter de Paula y la llevó a convertirse en una mujer previsora y ordenada. Sabía lo que costaba ganar el dinero necesario para salir adelante. Nadie le había regalado nunca nada. Lo poco que ganaba lo ahorraba pensando en su cercana vejez. Era la viva encarnación de la cultura de las matronas. “La paz es la tranquilidad en el orden”, solía repetir cuando le pedían consejo.

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Doña Lucía de Jaramillo era la empleadora de Paula; una mujer de mediana edad, formal y cuidadosa. Se entendían a la perfección y Paula supo ganarse su confianza y afecto. Formaron un gran equipo. A Doña Lucía no le gustaba improvisar. La planeación era su fortaleza. Y eso la llevó a pedir consejo con un abogado antes de contratar a Paula. Desde el primer momento todo se realizó de acuerdo con la normativa vigente. Firmaron el contrato y todos los formularios requeridos. No quedó ningún cabo suelto. Incluso Doña Lucía, previsora por lo que pudiera pasar viviendo lejos de la ciudad, inscribió a su empleada a un servicio de emergencias médicas que enviaba ambulancias a atender y trasladar a sus pacientes cuando así lo requerían. El mismo servicio que tenía para su familia.

Cuando llegó la pandemia y tuvieron que restringir las salidas, Paula supo adaptarse a la situación. Hablaba con sus hijos a diario por celular y se sentía acompañada. Durante la pandemia, Doña Lucía le costeaba los trayectos para visitarlos en un taxi y así evitar el contagio. Paula permaneció varios meses tranquila realizando su trabajo en la casa de la familia Jaramillo hasta que algo inesperado sucedió.

Siempre tuvo una salud de hierro. Era fuerte como un roble. Pero llevaba varias semanas con problemas digestivos serios. No era capaz de comer y todo le empezó a caer mal. Por su modo de ser reservado, estuvo aguantando el dolor durante varias semanas, pensando que al ignorarlo desaparecería. Sin embargo, hubo un día en el que el dolor fue insoportable y, desencajada, pidió ayuda a María, la hija menor de la familia Jaramillo, quien de inmediato supo que algo grave estaba pasando. El miedo de Paula a los hospitales y chequeos médicos era conocido por todos, y si pedía ayuda, las razones debían ser serias.

Inmediatamente, María llamó a la compañía de servicios de urgencia y en menos de 30 minutos llegó una ambulancia con un médico. El primer diagnóstico no fue optimista y se hacía necesario llevarla a un hospital para hacerle varias pruebas. María se montó en la ambulancia con Paula y la acompañó a un prestigioso hospital de Medellín. Esperaba ciertas complicaciones administrativas al entrar a urgencias, como suele suceder en estos casos, pero, por el contrario, las atendieron con rapidez y en minutos Paula estaba en un cubículo preparándose para un scanner completo de abdomen.

Con los resultados de los primeros exámenes uno de los médicos les comunicó la necesidad de una rápida intervención quirúrgica. Paula se resistía a pasar por el quirófano, pero el dolor era tan insoportable que cedió pidiéndole al médico que hiciera lo que tuviera que hacer para detenerlo. Mientras el proceso avanzaba, María avisó a la familia de Paula para que pudiera acompañarla. La operación fue larga y complicada. Paula pasó tres días en cuidados intensivos acompañada por los suyos, María y Doña Lucía. Todos estaban tristes y preocupados, pero en ningún momento hubo necesidad de recriminación o de rabia por ninguna de las partes frente a esta calamidad. Finalmente, el pequeño cuerpo de Paula, que venía padeciendo una situación grave, no aguantó más y falleció.

A pesar de su fallecimiento, la historia de Paula, la atención que recibió y la paz con la que su familia y sus empleadores pudieron atravesar este momento, no hubieran sido las mismas para cerca de 650.000 trabajadores domésticos, en un 96 % mujeres, que no cuentan con condiciones dignas de empleo en Colombia.

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Desde el 2012 Colombia adoptó el Convenio 189 de la OIT, refrendado con la Ley 1595. En este marco jurídico, varias organizaciones de la sociedad civil crearon campañas y proyectos, y se aliaron para canalizar recursos de cooperación internacional para el fortalecimiento de organizaciones de trabajadoras domésticas, surgieron empresas que facilitan la contratación y afiliación laboral de empleadas domésticas y las cajas de compensación familiar abrieron y adecuaron programas específicos para este sector.

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Existen algunas organizaciones de la sociedad civil como “Hablemos de trabajo doméstico”, la Fundación Bien Humano, la Escuela Nacional Sindical y UTRASD –Unión de Trabajadoras Afrocolombianas del Servicio Doméstico, que promueven el posicionamiento del trabajo doméstico y de cuidado como un sector económico estructural, incentivando la formalización laboral y las condiciones de vida dignas de las trabajadoras domésticas, a través de proyectos sociales, de incidencia en políticas públicas, académicos, culturales y empresariales.

A pesar de este trabajo y del de muchos otros ciudadanos y organizaciones, diez años después de la creación de la ley 1595, las cifras solo muestran una disminución del 5 % en la informalidad laboral para los trabajadores domésticos, que pasó de 85 % en 2011 a 80 % en 2020, pero la pandemia del Covid volvió a agravar la problemática.

Según la investigación Obstáculos culturales, legales y económicos para la formalización del trabajo doméstico remunerado: la perspectiva de los y las empleadoras, del total de trabajadores domésticos entre el 2017 y 2018, el 98 % eran mujeres, que a su vez representan aproximadamente el 7 % de la población ocupada femenina del país. El 28 % de trabajadoras domésticas laboran más de 48 horas a la semana y el 9,3 % trabaja entre 65 y 103 horas semanales. Además, en el 2019 solo el 18,7 % estaba afiliado a la ARL; en salud, el 39 % estaba en el régimen contributivo y sólo el 19 % en el régimen de pensiones. Por otro lado, en 2020, sólo el 3,9 % de las trabajadoras domésticas con algún tipo de contrato recibieron la prima de servicios.

“No se busca que a las empleadas domésticas se les catalogue como un miembro más de la familia, pues esto no sería posible en estricto sentido. No estamos pidiendo eso porque, por ejemplo, las personas de la familia tienen derechos de herencia. Estamos pidiendo que se les trate como empleados que son y que por ende se les respeten las condiciones de ley en el momento en que prestan sus servicios”, aseguró Andrea Londoño, directora de Hablemos de trabajo doméstico y una de las autoras de la investigación.

La familia Jaramillo está de luto, pero con contrato esta historia es otro cuento. Doña Lucía y María tuvieron la tranquilidad de compartir ese momento con los hijos de Paula, mirándolos a los ojos y sin remordimientos. Tristes sí, pero en paz.

* Los nombres fueron cambiados para proteger la identidad de las protagonistas.

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