Paro nacional: así avanzan las marchas en Colombia

hace 1 hora

Dilber Campo recibió un tratamiento médico costoso e incompleto

Con apenas 25 años cuando ocurrió la masacre de El Tandil, en Tumaco (Nariño), este campesino quedó herido por un impacto de bala en una pierna. No pudo hacer las terapias que necesitaba porque le faltó dinero para trasladarse al hospital.

Dilber Campo, campesino que quedó herido en medio de la masacre de El Tandil (Tumaco)./ Óscar Pérez

"Perdí la finca, perdí mi hogar, perdí la estabilidad", lamenta Dilber Campo, quien para el momento de la masacre tenía 25 años. Él se alejó unos metros de donde estaban los policías antinarcóticos, pero cuando empezaron a disparar una bala lo alcanzó y le destrozó su fémur. En ese momento empezó su calvario que aún no termina. Luego de quedar herido logró cubrirse tras de un árbol y veía cómo las balas levantaban tierra a pocos centímetros de donde estaba y las matas de coca, de las cuales quedó rodeado, se movían por los impactos de los proyectiles. En ese momento se hizo un torniquete para no morir desangrado.

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Cuando cesaron los disparos, sus vecinos lo vieron herido, lo alzaron y empezaron a caminar con él hacia un escampado. Sin embargo, volvieron a disparar y de nuevo se tiraron al suelo. Por fin se detuvo el fuego definitivamente, lo subieron a una hamaca y llegaron hasta donde estaba un grupo de soldados que lo atendieron. Lo trasladaron en helicóptero hasta el casco urbano de Tumaco.  

En el hospital de ese municipio lo entraron a cirugía, pero al abrirle la pierna se dieron cuenta de que los daños que tenía no los podían tratar en ese centro hospitalario. Por eso fue trasladado a Pasto, donde lo intervinieron quirúrgicamente el 8 de octubre. Ese día le pusieron un tutor externo (dispositivo metálico que fija los huesos en su sitio) en el muslo. Para garantizar que su tratamiento tuviera éxito tenía que ir a controles cada 15 días durante seis meses. Así lo hizo, pero con varios sacrificios. Cada ida al médico le costaba entre $500.000 y $800.000 debido a que tenía que contratar carros particulares porque, por su estado, no podía coger transporte público. Para recibir la atención médica que necesitaba tuvo que vender una finca, un lote, las cabezas de ganado que tenía y dos motos.

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Pero los problemas no terminaron ahí. A Campo le tenían que poner platino en la pierna. La cirugía se la hicieron el 20 de abril de 2018 en Pasto. Le tocó ir solo porque no le alcanzó el dinero para que su esposa lo acompañara. Lo operaron y pasó esa noche en la clínica. “Al otro día salí, en silla de ruedas me llevaron hasta el taxi y ahí sí como dicen ‘defiéndase como pueda’”, relata. Cogió un bus en la terminal, llegó hasta el corregimiento de Llorente y ahí lo recogió su esposa. Aunque tenía que seguir con su tratamiento, no pudo. “Ya cuando no tuve de dónde echar mano me tocó desistir de ir a citas médicas”, señala. No pudo ir a que le quitaran los puntos y le quedaron faltando 20 terapias. Al preguntarle qué espera del Estado asegura: “nunca respondió, nunca dio la cara, nunca dijo que iba a colaborarme, aunque sea con los gastos de los traslados”.

“Siento que no tengo puestos los pies en la tierra. Todos los proyectos, todas las metas que me había puesto quedaron en veremos. Me siento estancado”, enfatiza. Su hogar se dañó y él dice que fue por cuenta de todo lo que le conllevó la masacre. Ahora sólo puede trabajar uno o dos días a la semana porque siempre se ha dedicado a las labores del campo y por cuenta de la herida perdió fuerza. “Al Estado le pido que por lo menos por una vez en la vida reconozca los errores que tiene, que dejen de masacrar las personas y después manejar los medios de comunicación y decir que nosotros somos los que los atacamos”, clama.

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Nicolás Sánchez Arévalo / @ANicolasSanchez

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