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Masacre del Bajo Cumaral (Meta): 30 años de silencio y olvido

En esta vereda de El Castillo (Meta), el 24 de febrero de 1990, paramilitares asesinaron a dos adultos y cuatro jóvenes. Omar Zea, sobreviviente de este hecho, cuenta cómo sucedió una de las masacres menos documentadas del conflicto armado en Colombia.

Omar Zea está parado en la orilla del río en la que fue asesinado su padre, su primo y cuatro vecinos. / Jose Vargas Esguerra.

El 24 de febrero de 1990 era sábado. Omar Zea tenía 20 años y una rodilla “jodida”, le dolía mucho porque se la había lesionado jugando fútbol, que es lo que más le gusta en la vida. Pero ese día tenía que levantarse temprano y caminar, porque junto a su hermano habían hecho un contrato para ir a sembrar maíz en una finca vecina. Zea vivía con sus padres, Jacinto y Graciela, en una casa a orillas del río Cumaral, en la vereda Bajo Cumaral, jurisdicción de Medellín del Ariari, en el municipio de El Castillo (Meta). Para entonces no se había ido de la casa porque ya ambos eran mayores, rondaban los 60 años. Jacinto ese mismo sábado iba a ir a sembrar unos colinos de plátano y Graciela estaba haciendo labores en el hogar. Eran las 6:30 a.m. cuando Omar salió de la casa, sin saber que por salir temprano se salvaría de ser asesinado.

A las 7:00 a.m., más o menos, según recuerda Graciela, llegaron a la vivienda varios hombres y preguntaron por “el patrón de la casa”. Jacinto, que estaba tomando tinto en la cocina, escuchó y salió. Era dirigente comunal, por eso no era raro que lo buscaran. Les dijo a los desconocidos que esperaran, que iba a ir a sembrar con su sobrino José Antonio a quien mandó adelante, con la carretilla llena de los colinos, pero no lo dejaron adelantarse. Salieron juntos.

A Graciela no le gustó la situación y preguntó qué pasaba, para qué lo querían, porque detrás, desde la finca vecina venían otros hombres con Bernardino Prieto, “don Berno”, como le decían. Los hombres le dijeron que no era nada, que solo iban a hacerles una pregunta. Entonces, se los llevaron al río, que no estaba a más de 10 metros de la casa. De allá venían los hijos de 'don Berno', Horacio y Eugenio, de entre 15 y 17 años, y Omerly Montoya, otro vecino, que se estaban bañando en el Cumaral.

Las mujeres no pudieron salir. Desde sus casas escucharon los disparos.

Omar Zea, ahora de cincuenta años, contó este relato por segunda vez en la peregrinación que organiza la Misión Claretiana de Medellín del Ariari, en cabeza del padre Henry Ramírez Soler, por las víctimas de la región del Alto Ariari. La primera vez, recordó Carol Rodríguez, que trabaja en la Misión, fue en 2019, 29 años después.

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"En la peregrinación del año pasado Omitar habló por primera vez de lo que había pasado y estaba mucho más afectado. Ese día hicimos un acto simbólico para poder liberar un poquito esos dolores, agarramos una piedrita y la lanzamos al río, diciendo que ese río también fue testigo de muchas cosas y también se llevó a muchas personas que por temas de la guerra no pudieron ser llevadas a un cementerio. Cuando me vine a trabajar a El Castillo fui al cumpleaños de la mamá de Omitar, de Graciela, y Omitar me reconoció y me dio las gracias. Él me decía: yo ese día me descargué de muchas cosas de las que nunca había podido hablar".

 
En el cementerio de Medellín del Ariari reposan las seis tumbas de las víctimas de esta masacre.
Jose Vargas Esguerra

Un año después, Omar Zea pudo hablar con más tranquilidad. Caminando rápido por entre las plantaciones de yuca y árboles varios, condujo a los peregrinos al lugar donde ocurrió la masacre. Ya no queda nada. Apenas se ve monte a un lado y el río, mucho más seco que hace 30 años, al otro. Sin embargo, él sí recuerda la ubicación precisa de su casa y, buscando, encontró los cimientos. Ahí terminó de contar su historia.

Los hicieron tender a orillas del río, así como a los jóvenes que estaban saliendo de su baño “y al momentico les dieron los tiros. A mi papá le quedó desfigurado el cráneo, los volvieron nada, nada. A don Berno aquí en lo que eran las canillas lo partieron. Es duro en la forma como cogieron a mi papá y ya los años que él tenía. Nunca iba a pensar que mi viejo iba a morir de esa manera. Uno tiene segura la muerte, pero natural”, dice Omar. Él escuchó los disparos y le pidió a su hermano que fueran a ver qué había pasado. Caminó tan rápido como su rodilla se lo permitía, pero llegó de último. Las víctimas fueron Jacinto Zea Pineda, José Antonio Zea, Bernardino Prieto, Horacio Prieto, Eugenio Prieto y Omerly Montoya Cortés.

Los desconocidos eran paramilitares y habían estado, desde 1988, rondando El Castillo y cometiendo masacres contra militantes de la Unión Patriótica (UP), el partido de izquierda nacido en 1985 fruto del proceso de paz entre el Estado y la guerrilla de las Farc. En el 88 todo empeoró porque, en las primeras elecciones populares de alcaldes, El Castillo eligió a una alcaldesa de la UP, María Mercedes Méndez. Ese día se fueron sin más y al rato llegó la Fuerza Pública a hacer el levantamiento de los cuerpos.

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“Yo le dije al Ejército: hermano, mi papá era ya un viejo, inclusive, yo no me iba de la casa porque me daba pesar porque él ya casi no podía trabajar. Él no era un asesino ni un criminal para hacerle esas cosas. El cráneo de mi papá quedó pegado en las hojas, todo eso, yo me acuerdo de que un hijo de don Héctor Rodríguez me ayudó a conseguir una bolsa y echar todo eso. Yo iba calmado, pero después de que ya recogí todo eso, era berraco pa poderme controlar. Yo no era capaz”.

Apenas terminó el levantamiento de los cuerpos, toda la familia se fue. “Le hicieron dar miedo a mi mamá y a la otra señora, que para qué nos íbamos a quedar, que de pronto volvían”. El río se fue llevando la casa y la maleza se la fue comiendo. Ellos nunca más volvieron.

 
De la casa donde vivía Jacinto Zea, padre de Omar, solo quedan algunos bloques.
Jose Vargas Esguerra

La mañana en la que los peregrinos visitamos la casa, también estaba presente Álvaro Hernández, coordinador del Comité de memoria de El Castillo, este municipio que poblaron desplazados liberales y comunistas del Tolima y del Huila, que llegaron huyendo de la violencia. Hernández le pidió a Omar que sacaran un pedacito de la columna que queda de la casa y la llevaran al que será el Museo de la memoria de El Castillo. Así, la masacre del Bajo Cumaral, que está en la impunidad, y la memoria de tres familias saldrá del olvido en el que ha vivido 30 años. 

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Beatriz Valdés Correa - @beatrijelena

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Masacre del Bajo Cumaral (Meta): 30 años de silencio y olvido

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