Por: Christian Rodríguez

Alfredo Molano, los negros de Pacífico y la paz 

La partida de Alfredo hace parte del final de una generación de oro que se extendió hasta nuestros días. Discípulo de Fals Borda y Camilo Torres anduvo Colombia brindándonos nuevas formas de análisis para entender ese extraño país que en gracia (o desgracia) nos correspondió. Fue uno de los pocos sobrevivientes de aquella generación radical y con su vida trató de cambiar a Colombia por una mejor.  

Lo vi una vez antes de leer “Los Desterrados” y “A lomo de mula”, cerca de un río entre manglares. Algunos líderes comentaban que ese señor de pelo blanco, gafas oscuras y tenis, ese de mochila terciada era Alfredo Molano, el famoso sociólogo que daba charlas en universidades y salía en programas de televisión explicando que había otra Colombia que no conocíamos y necesitábamos conocer si queríamos transformarla.  

Recuerdo aquel día, estaba tranquilo conversando con algunos compañeros del proceso de comunidades negras de Nariño, en el río Patía. Le impresionaba sobre manera que un río no tan grande llamado Sanquianga hubiera sido desbordado por este, pero sobre todo, que tal desborde hubiera sido por la ambición de algunos colonos, es decir por gente que no pertenecía a las comunidades negras y que la afectación perjudicara la vida de los negros. Esta contradicción lo entusiasmó, algo vio.   

Tomaba notas y entrevistaba personas, lugareños, preguntando por qué un río inofensivo como el Sanquianga ahora era tan violento, al punto de arrastrar a todo un poblado erosionándolo de a poco pero constantemente.  Y que eso lo hubieran causado foráneos y no negros del pacífico, interesados en el negocio de la madera mediante un aserradero que explotaba el territorio y a sus gentes le llamaba la atención. Entonces ahí, justo ahí, Molano desmembró la contradicción y la volvió un gran tema para explicar la situación del Pacífico hasta nuestros días.

El hombre ayudó a comprender que al pueblo de Satinga no se lo consumía una maldición sino los intereses desmedidos de los colonos, como el caso de ese canal del aserradero que intentó abrir el señor de apellido Naranjo, y cuyo objeto era pasar madera por el Patía hasta un riachuelo, con tan mala suerte que el canal se fue ensanchando tanto que terminó por unir a los dos ríos y el caudal del Patía terminó cayendo en el del Sanquianga, y así el inofensivo río se convirtió en el monstruo que era y en la tragedia de la población.

Molano explicó varias veces a los líderes de las comunidades negras de esta zona, sobre todo cuando de implementar la ley 70 y la organización comunitaria se trataba, que ser comunidad es administrar el territorio para que estas cosas no volvieran a suceder. Que lo que pasó con el Sanquianga y la desaparición de un pueblo, finalmente era consecuencia de no tener control de la región y de su explotación.

En otras palabras, Alfredo nos ayudó, en la reflexión colectiva (siempre colectiva), a entender que, mientras las comunidades negras no dispusieran de la administración de sus territorios, explotación y producción, lo que había pasado con el “canal Naranjo” seguiría siendo solo una muestra de lo que pasaría en todo el Pacífico; apropiación del territorio por parte de foráneos sometiendo a los nativos, a quienes en último término les pertenecía la región.

En un ejemplo tan sencillo como complejo, Molano enseñó varias cosas que hoy vale la pena destacar. Uno, el académico no es nada sin la comunidad. Dos, se hace investigación con la gente y sus problemáticas. Tres, de esa realidad problemática emergen las formas creativas para analizar y buscar soluciones. Cuatro, si en algún momento se necesita teoría, esta podría venir como complemento para profundizar en el problema, nunca como verdad absoluta. Y quinto, para todo esto se necesita amor por la gente. 

Molano tenía razón, si las comunidades en las diferentes regiones no asumen la responsabilidad de administrar sus territorios y gobernarlos, empoderándose del proceso de paz, la transformación de Colombia seguirá siendo quimeras.

¡Acompáñanos en la lucha, maestro!  

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