Rosi Albani Pérez, amiga de María Pilar Hurtado: “Hacía una labor social silenciosa”

Pérez deja un testimonio íntimo de la líder social asesinada el pasado viernes en Tierralta (Córdoba) en frente de su hijo de nueve años. Autoridades aseguran que están indagando.

Rosi Albani Pérez es también líder social en Puerto Tejada, donde trabaja en un programa para alejar a los niños de la violencia. / Paula Thomas
Rosi Albani Pérez es también líder social en Puerto Tejada, donde trabaja en un programa para alejar a los niños de la violencia.Paula Thomas

“El líder social nace y se hace. Tengo 38 años, soy madre de cinco hijos y era amiga de María Pilar. Desde muy niña fui rebelde. Además de ser negra, era la oveja negra de la familia. Soy nacida y criada en Albania, La Guajira. Cuando cumplí 15 años fui víctima de violencia sexual por tres paramilitares en Riohacha. No denuncié porque ahí mismo me tocó huir a Cali con mi familia.

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En ese momento empezó el desplazamiento forzado. Vivimos entre Nariño y el Cauca, donde me hice hija adoptiva de Puerto Tejada. Uno sabe dónde nace, pero no dónde va a morir ni a manos de quién. Aquí uno no sabe el día que le toque.

A María Pilar la conocí en 2007, a través de doña Juana, su mamá, cuando trabajábamos en la Mesa de Fortalecimiento de Poblaciones Desplazadas. En esa época acechaban los paramilitares y la gente tenía miedo de vincularse en movimientos sociales, pero María Pilar no, era nuestra secretaria sin sueldo. Trabajábamos gratis, porque ser líder social es ser un desempleado más de este país.

María Pilar era una mujer irreverente, rumbera —como toda negra—, amiguera, jocosa y mamadora de gallo. Siempre estaba ahí cuando alguien la necesitaba; excelente madre, hermana, hija. Escuchaba Ana Gabriel, era hincha del América de Cali y, como a toda costeña, le gustaba el pescado frito. De que tenía un liderazgo, lo tenía, aunque no era una figura pública. Hacía una labor social silenciosa apoyando a madres cabezas de hogar. Cuando asesinaron a su hermano empezó a trabajar con víctimas y ahí nos hicimos amigas.

Nos unían todas las causas. A raíz de su activismo le llegaron amenazas y le tocó salir del municipio. Se desplazó a Tierralta con el sueño de buscar un mejor futuro para sus hijos. Pero las amenazas no se detuvieron. Ella decía: ‘Pobre, negra y patirrucia, ¿quién me va a estar molestando?’. Y no dejó de trabajar por las familias desplazadas, a quienes les enseñaba a reciclar cartón y plástico como una fuente de ingresos.

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Era una líder innata y un blanco para las Autodefensas Gaitanistas. El lío de los lotes le costó la vida. En sus últimos días se dedicó a registrar la titulación de predios de Tierralta, organizó a la comunidad y sistematizó la información.

Cuando me enteré de su muerte no estaba segura de si se trataba de mi amiga María Pilar. Fui a casa de doña Juana y me la encontré llorando. La abracé y le dije: ‘Lo siento’, pero uno no siente el dolor del otro. No es consuelo, alcancé a decirle, pero usted es de las pocas madres que saben dónde están enterrados sus hijos. Yo no sé dónde está enterrado mi hermano.

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Mataron no solo a una líder social. Mataron a una mujer, a una madre que lideraba a su familia. Si no hubiese sido líder social, ¿habría alguna diferencia para sus hijos? En el video que se difundió se puede ver la incapacidad de la gente, que no pudo reaccionar ante el grito desgarrador del Melo, su hijo de nueve años. Yo creo que no lo consolaron porque, quizás, entre ellos todavía estaban los asesinos. No fue indiferencia, María del Pilar era amada por su comunidad.

Yo tengo cinco amenazas, incluyendo una presencial con un revólver. La última fue en mayo: me interceptaron en la calle y me hicieron una advertencia: que dejara de estar jodiendo y hablando de lo que no me interesaba. Me golpearon y me dijeron que la próxima iba a ser peor. Me he acostumbrado a la autoprotección, a no dar papaya, porque el Estado no brinda garantía ni seguridad. Lo bueno es que a los negritos no se nos notan tanto los golpes.

María Pilar no ha sido la única pérdida que me ha dejado el conflicto. Mi hermano fue un falso positivo: le pegaron un tiro en la rodilla y lo hicieron pasar por guerrillero. Demandamos al Estado y eso no dejó contentos a los paramilitares. En 2006 lo mataron en Valledupar, Guacoche, y lo tiraron en una fosa común. Hasta el día de hoy no hemos podido recuperar sus restos. Yo ya perdoné hace rato; no quiero un ciclo de venganzas para mi familia. En este punto solo necesito que nos digan la verdad.

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Puerto Tejada es mi hogar a pesar de tanta violencia. Aquí sigue vivo el conflicto, es un municipio corredor para el narcotráfico y el microtráfico. El momento más crudo fue entre 1999 y 2005. Para ese tiempo se cometieron 1.637 homicidios selectivos de jóvenes y mujeres. Las secuelas que quedaron fueron las pandillas y esas fronteras invisibles que no podemos cruzar.

Muchas familias vienen de la Costa, mujeres que no saben leer ni escribir, compañeras que tienen 16 hijos. La falta de oportunidades hace que los niños agarren malos vicios y las niñas de 11 años quedan embarazadas. En cada barrio hay una banda, no se puede pasar de esquina a esquina, estamos fregados. El estigma nos ha perjudicado a todos porque ahora no nos dan empleo si decimos que somos de Puerto Tejada.

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Hago parte de la Mesa Municipal de Víctimas de Puerto Tejada. He denunciado la contaminación del río Palo por parte de los empresarios del parque industrial de la zona franca. También estamos haciendo un programa que se llama “Reconstruyendo nuestra vieja infancia”, para que los niños cambien robar y matar por tiempo de esparcimiento y recreación.

Yo no veré los cambios, pero lucho para que mis hijos los vean. Ya he superado la violación, la muerte de mi hermano y el desplazamiento, pero no acepto más huérfanos. Espero no ser una María Pilar más. Que mis hijos no me tengan que llorar”.

* Este texto se elaboró con base en una entrevista realizada a Rosi Albani Pérez en Bogotá.

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