Por: Camilo Álvarez

Transiciones inacabadas, entre una Nueva Guerrilla y el Viejo Estado

Durante los días 4 y 5 de septiembre se realizará en la Universidad de los Andes el III Encuentro Internacional sobre Transiciones Políticas, un tremendo esfuerzo de sectores académicos, organizaciones sociales, de víctimas y medios de comunicación comprometidos con el hacer y el análisis de los periodos transicionales. Esta semana previa, varias de las noticias que se produjeron en nuestro país tienen estrecha relación con los temas a deliberar. El evento busca precisamente que la comprensión de los fenómenos y la realidad transicional superen los titulares y la rápida reacción/ olvido a la que estamos acostumbrados.

Julia Monárrez Fragoso, especialista mexicana invitada al evento, afirma que asistimos a un periodo transicional en América Latina donde el negacionismo, el revisionismo, la despolitización y la repolitización marcan la agenda en la redefinición de los estados nacionales y la comunicación política. Para la aspiración de nuestras sociedades -o algunos sectores de ellas- de superar la violencia estructural, política y criminal en transiciones inacabadas estos son fenómenos a ser analizados y comprendidos con prioridad.

1.En nuestro caso, el negacionismo tiene un especial capítulo por cuenta de la última salida de la Fiscalía al negar la existencia de desaparecidos forzados en la retoma del Palacio de Justicia. Anunciaron que la respuesta a la comisión de seguimiento de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que llega al país esta semana es que hubo "simples" errores de identificación y entrega de cuerpos. Que el Estado niegue su participación, pretenda desvirtuar el fallo de 2014 de la Corte Interamericana y que lo anuncie la semana que se realizan los eventos de conmemoración del Día Internacional de Víctimas de Desaparición Forzada (30 de Agosto) es solo una escena del cuadro negacionista.

2. La misiva de las fuerzas armadas sobre una versión uniforme de su participación en la guerra también prendió alertas en las organizaciones de víctimas sobre su derecho a la verdad y la tergiversación de convertir las fuerzas armadas en víctimas del conflicto. Podemos relacionarlo con el anuncio del Centro Nacional de Memoria Histórica de tercerizar a centros de pensamiento “públicos y privados” para hacer las investigaciones de este centro sobre el conflicto armado y la memoria de las víctimas. En alusión a la apertura de versiones, Rubén Darío Acevedo, su actual director suscribió un convenio con la cuestionada Colciencias para la apertura de convocatorias.

Alienar la responsabilidad del Estado en la violencia política a la vez que enajenar el carácter misional del CNMH revestido de la fórmula de convocatorias de proyectos tiende a permitir el revisionismo histórico.

3.El proceso de Despolitización/Repolitización suele ser más complejo de identificar en nuestro contexto por estar imbuido histórica y cotidianamente en un estado permanente de violencia. Lo que nos ha llevado a asumir que la violencia política es el estado natural del país. Como lo he sostenido anteriormente, esta ha sido la principal herramienta de perpetuación de una clase en el poder político.

La guerra, no como realidad sino como sofisma, se nos presenta como el lugar donde se afincan las identidades ideologizantes mientras que se despolitiza el sentido del Estado. La guerra se muestra como un blanco o negro, el Bien y el Mal, envestido de moralidad y prejuicio que genera bandos pero oculta poderes, regiones, tierras, territorios y gentes difuminando los intereses que se desenvuelven sobre ellos. 

Así, el retorno a las armas de líderes significativos de las Farc-EP esta imbricado con los ciclos históricos de nuestro país. [Conflictos armados- Acuerdos incompletos- Posacuerdos incumplidos- Conflictos armados] es el ciclo que no se ha podido romper, tanto por los sectores que necesitan de la guerra para mantenerse en el poder como por los actores armados que no reconocen otra manera de sobrevivir entre la ausencia de Estado y la economía ilegal.

Ahora, si de despolitización se trata, la manera en que se despojó el carácter político del acuerdo de paz, reduciéndolo a los aspectos de desmovilización, desarme y reincorporación (DDR) sigue siendo el principal síndrome (histórico y actual) del Estado colombiano. Lo que podía encauzar en modernizar el Estado o actualizarlo en al menos 100 años se vuelve por falta de proyecto político, domesticación o por caridad en entender que la paz es “atender y recibir” 10 mil excombatientes. 

Allí la bandera del Centro Democrático de hacer trizas el acuerdo es precisamente un repolitizar hacia su sentido: la preservación de privilegios anidados en el estado fallido y en especial desmontar el sistema jurídico que tiene la posibilidad de ampliar la superación de la violencia estructural a las causas del conflicto, en especial la tierra y el estado mismo. 

En ese sentido, la nueva guerrilla será aún más marginal que la anterior y no tendrá el mismo impacto pero les cumplirá el mismo rol repolitizador. Aunque los  argumentos de incumplimiento de los acuerdos sean acertados, la conclusión es errada porque el país requiere superar el capítulo de la política en armas precisamente porque es el viejo Estado el que necesita la guerra para hacer política.

La nueva guerrilla apalancará el viejo Estado un tiempo más. Desfasados en tiempos y espacios, asistimos a una transición inacabada donde los ojos estarán en la nueva guerrilla aunque nuestro problema siga siendo el viejo Estado.

Me contó Alejo Castillejo, que también estará en el evento de Los Andes, que un posconflicto dura alrededor de la mitad del conflicto y se prolonga y agudiza más cuando no se han solucionado los problemas que lo originaron. Este acuerdo intenta superar 50 años y vamos en el año tres del posacuerdo. Por lo pronto, la tierra sigue estando en manos de quienes ven con vergüenza tenerla en las uñas y el Estado sigue dirigido por quienes necesitan de la guerra para vivir de nuestros impuestos.

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