El supuesto florero de Llorente

Tras el símbolo de la independencia de Colombia hay documentos y anécdotas que dejan en entredicho la autenticidad del objeto que se exhibe al público en el museo del centro de Bogotá.

Alrededor del Florero de Llorente, o de González –según el primer apellido de su supuesto propietario- hay muchos misterios. Que fuera la mecha que prendió los ánimos de la independencia, por ejemplo,  no es tan claro.

El cuento de que un grupo de criollos fue a pedir un florero prestado para agasajar al comisionado regio Antonio Villavicencio provino de José Acevedo y Gómez, quien en una carta –fechada el 21 de julio de 1810- le dice a su primo Miguel Tadeo Gómez:  “Ayer 20 fueron a prestar un ramillete a don José González Llorente para el refresco de Villavicencio, a eso de las once y media del día, en su tienda en la primera Calle Real, y dijo que no lo daba; y que se cagaba  en Villavicencio y en todos los americanos; al momento que pronunció estas palabras le cayeron los Morales, padre e hijo; se juntó tanto pueblo, que si no se refugia en casa de Marroquín, lo matan (…)”. Como se ve, aparece la primera imprecisión: el Tribuno del Pueblo se refiere a un ramillete y no a un florero.

Ahora bien; lo cierto es que los criollos urdieron un plan para inducir un altercado con González Llorente y lograr que el pueblo –que se encontraría haciendo mercado el 20 de julio de 1810- se tomara la Plaza Mayor y le exigiera al virrey Amar y Borbón la conformación de la Junta Suprema de Gobierno, a instancias de las que ya existían en España tras la invasión napoleónica. En apariencia, los Morales –que participaron en las reuniones secretas que se hicieron en el Observatorio Astronómico para concebir el plan del alzamiento contra las autoridades españolas- tenían cierto recelo por el éxito comercial de González Llorente y su tienda de abarrotes; así que era el perfecto chivo expiatorio en la trama, la venganza ideal. Si prestaba de buena gana el florero o lo que fuera, igual le armarían bronca, pues el propósito era buscar camorra para encender los ánimos.

González Llorente, según aseguró años después en las llamadas Cartas de Jamaica –una especie de memoria de los hechos que escribió en la isla de paso hacia Cuba, al exilio-  expresa que les dijo gentilmente a los Morales que no podía hacer el favor porque había prestado tanto el florero que se le estaba deteriorando. Segunda imprecisión: no es cierto entonces que Llorente hubiera dicho que se “cagaba en los americanos” y se hubiera negado a prestar el florero. Fue una invención de Acevedo y Gómez para justificar el incidente.

Hay otras incógnitas: el florero que hoy se venera con pompa y boato en la Casa del 20 de julio fue donado por el pintor Epifanio Garay al Museo Nacional en 1882, con el argumento de que era la pieza original que causó el altercado. Sin embargo, no hay certeza de que fuera del español, menos que hubiera estado alguna vez en su tienda para la venta o préstamo y ni siquiera que fuera justamente el florero que pidieron prestado los criollos. Además, si la historia oficial dice que se rompió en el altercado, ¿Cómo es posible que el florero que se venera esté intacto?

En 1886, Fidel Pombo reseñó que la pieza donada por Garay era una “base o loza fina con las armas de España en relieve, doradas, que se dice fue el florero histórico”. “Que se dice”, asegura don Fidel.

Entonces, ¿qué es el supuesto Florero de Llorente?

Lo cierto: es una pieza de estilo barroco, de loza blanca;  tiene un follaje verde que simula hojas, incorpora el sello real de Carlos III de Borbón, lo que hace suponer que fue elaborado en el siglo XVIII en la fábrica del Buen Retiro, del rey Carlos III, en donde se manufacturaban porcelanas para la realeza. Está compuesta de vidrio con óxidos de plomo, esmaltes de cobre, pan de oro, polvo de oro y oro coloidal en la corona y otras partes de la pieza.

A favor de los argumentos de quienes creen que el florero de la Casa del 20 de Julio es el auténtico de la escaramuza entre los Morales y Llorente, hay que mencionar al famoso pintor José María Espinosa, quien reconoció en su momento que la taza “era la base del florero que dio lugar a la memorable contienda”. La taza, sí, pero no el florero.

El trasfondo de la Independencia

Aunque en la historiografía nacional siempre se ha dicho que el suceso del Florero fue un hecho espontáneo, producto del inconformismo del pueblo, en realidad no fue así. El incidente fue un hecho premeditado, un complot urdido por los criollos santafereños contra las autoridades españolas.

Tras la abdicación de Fernando VII, que fue puesto preso por Napoleón,  en toda la península española se organizaron juntas de gobierno local para resistir al invasor y, al mismo tiempo, gobernar en ausencia del rey depuesto; en realidad, esas juntas vendrían a ser una especie de gobierno alterno junto al que impusieron las tropas de ocupación.

De inmediato, este “gobierno paralelo” designó representantes en todas las provincias españolas, en las americanas y Filipinas con el propósito de unificar criterios en la defensa de la soberanía española; pero –fundamentalmente- con el fin de impedir que ante el “vacío de poder” no fueran a producirse revoluciones liberales, o se establecieran regímenes republicanos, y se fuera al traste la monarquía.

La decisión, sin embargo, causó profundo malestar en los virreinatos americanos, porque mientras los españoles quedaron con 36 representantes, los americanos sólo quedaron con nueve. A partir de ahí los criollos empezaron a exigir mayor autonomía e, incluso, independencia de la metrópoli, porque se sintieron discriminados y faltos de representación.

¿Quién debía gobernar? ¿Por qué unas provincias se arrogan el poder para imponerse sobre las otras?

Esa es la razón por la que Camilo Torres escribe el famoso “Memorial de Agravios”, en el que plantea que los españoles americanos tienen el mismo derecho que los españoles europeos, y propone seguir el ejemplo de las provincias españolas que se proclamaron soberanas para apoyar al rey Fernando VII (y no para revertir su autoridad). Sin dejar de alabar a la autoridad española, criticó su política y exigió la igualdad de derechos políticos para criollos y peninsulares; expuso cómo el sistema educativo era un gravísimo error para la difusión de conocimientos y cómo España no recibía sino los beneficios que podía obtener de América, pero no oía sus males.

En Santafé, el virrey Amar y Borbón hizo oídos sordos a lo que ocurría en España, y al enterarse de que un grupo de notables criollos esperaba con ansia la llegada del comisionado regio, Antonio Villavicencio -encomendado por la junta española para instaurar en la Nueva Granada su propia junta local-, planeó entonces enviarlos a prisión. El asunto es que los criollos se enteraron del plan y, sin pensarlo dos veces, comenzaron a realizar reuniones en sus propias casas y luego en el Observatorio Astronómico, cuyo director era Francisco José de Caldas, porque era un sitio discreto y “libre de sospechas”. En esas reuniones se ideó la táctica política para provocar una limitada y transitoria perturbación del orden público, tomarse el poder y dar salida al descontento potencial que existía en Santafé contra la audiencia española. Lo importante era conseguir que el Virrey, presionado por la perturbación del orden, constituyera ese mismo día la Junta Suprema de Gobierno, integrada por los regidores del Cabildo de Santafé.

Antonio Morales propuso que el incidente podía provocarse con el comerciante peninsular José González Llorente y se ofreció a intervenir en el altercado. Los notables criollos aceptaron la propuesta y decidieron ejecutar el proyecto el viernes 20 de julio, cuando la Plaza Mayor estaría colmada de gente de todas las clases sociales, por ser el día habitual de mercado. Se convino que Pantaleón Santamaría y los hermanos Morales fueran el día indicado a la tienda de Llorente a pedirle prestado un florero o cualquier clase de adorno que les sirviera para decorar la mesa de un anunciado banquete en honor a Villavicencio. En el caso de una negativa, los hermanos Morales procederían a agredir al español. Para garantizar el éxito del plan, si Llorente entregaba el florero o se negaba de manera cortés, se acordó que Francisco José de Caldas pasara a la misma hora por frente del almacén de Llorente y le saludara, lo cuál daría oportunidad a Morales para reprenderlo por dirigir la palabra a un “chapetón”,  enemigo de los americanos, y dar así comienzo al incidente.

Según cuentan algunos testigos, los criollos fueron al almacén de Llorente a pedirle prestada una pieza. Algunos dicen que fue un ramillete, otros un farol y hasta un florero. Según el historiador Indalecio Liévano Aguirre, “Llorente se resiste porque dice que la pieza está maltratada y en mal estado. Se arma el tumulto y se convoca a un cabildo abierto poniéndose en sintonía con lo que ocurre en las otras provincias de la Nueva Granada y lo que ocurre en las otras colonias españolas”

Poco antes de las doce del día, como estaba previsto, se presentaron los criollos ante Llorente y, después de hablarle del anunciado banquete a Villavicencio, le pidieron prestada la pieza para adornar la mesa. Llorente se negó, pero su negativa no fue dada en términos despectivos o groseros. Se limitó a explicar diciendo que la había prestado varias veces y ésta se estaba maltratando y por lo tanto, perdiendo su valor.

“Entonces –en palabras de Liévano Aguirre- intervino Caldas, quien pasó por frente del almacén y saludó a Llorente, lo que permitió a Antonio Morales, como estaba acordado, tomar la iniciativa y formular duras críticas hacia Llorente. Morales y sus compañeros comenzaron entonces a gritar que el comerciante español había respondido con palabras contra Villavicencio y los americanos, afirmación que Llorente negó categóricamente”.

Entre tanto, los principales conjurados se dispersaron por la plaza gritando: ¡Están insultando a los americanos! ¡Queremos Junta! ¡Viva el Cabildo! ¡Abajo el mal gobierno! ¡Mueran los bonapartistas! La ira se tomó el sentir del pueblo. Indios, blancos, patricios, plebeyos, ricos y pobres empezaron a romper a pedradas las vidrieras y a forzar las puertas. “El Virrey, las autoridades militares y los españoles, contemplaron atónitos ese súbito y violento despertar de un pueblo al que se habían acostumbrado a menospreciar”, asegura Aguirre.

El resto es historia. El Acta de Independencia no era realmente una declaración propiamente de independencia, pues como lo afirma el mismo documento, ésta no pretendía (en nombre de la Nueva Granada) “abdicar los derechos imprescriptibles de la soberanía del pueblo a otra persona que a la de su augusto y desgraciado Monarca don Fernando VII”. En contraposición, otras “actas de independencia” como la que se promulgó en la ciudad de Mompox (del 6 de agosto de 1810) sí buscaron la separación de España.

Para la historia oficial, Llorente fue el malo de la película. Pero no hay tal. Había llegado a Cartagena a la edad de 12 años y, tras acumular una importante fortuna, se estableció en Santafé, en donde se convirtió en uno de los principales comerciantes. En 1810 era el único ciudadano que sabía hablar inglés, aprendido durante su permanencia en la costa Caribe colombiana y era, por así decirlo, el traductor oficial de los documentos del virrey Amar y Borbón. También daba clases de caligrafía y gramática.  Se cree que celos comerciales que sentían los hermanos Morales por Llorente fueron la razón para que se convirtiera en el destinatario de la conjura. Falleció en Mayagüez, Cuba, después de un breve exilio en Jamaica. Antonio Morales murió en Panamá.

* Periodista del Archivo de Bogotá