La ecología de la enfermedad

¿Cuán responsables somos del coronavirus que nos está contagiando?

Hace más de una década la ciencia ya advertía sobre el riesgo de un virus que, originado en animales, pudiera convertirse en pandemia como el actual SARS CoV-2. La deforestación, la caza de animales silvestres y otras acciones del hombre al degradar la Tierra son en últimas la mayor infección.

A la fecha van 470 casos de COVID-19 confirmados en Colombia.Archivo EE

Hoy muchas personas parecen coincidir en que la naturaleza trata de decirnos algo, realmente siempre nos dice algo. La mayoría de las veces nos ha acogido con amor. Nos provee de recursos para sostener nuestras sociedades, para suplir necesidades. Nace de ella el agua, los alimentos, crea el aire puro, la polinización, los minerales y los espacios donde desarrollamos la cultura e identidad en cada lugar del planeta. Estas contribuciones de los ecosistemas al bienestar humano, bien sean directas o indirectas, son llamados servicios ecosistémicos. Unos servicios que, perturbados por la mano del hombre, pueden ser en ocasiones más perjudiciales de lo que pensamos. No en vano, las enfermedades propias de la fauna silvestre han saltado a nuestros organismos, como el nuevo coronavirus, que ya suma en Colombia un total de 470 casos confirmados y cuatro muertes reportadas por el Instituto Nacional de Salud.

Esto se debe a que el uso de las tierras, la urbanización expansiva, los modelos extractivistas, entre otras acciones del hombre, han aumentado el contacto entre personas, animales domésticos y silvestres, acrecentando el riesgo de transmisión de enfermedades ya conocidas y enfermedades infecciosas emergentes (EIE). Este tipo de enfermedades son aquellas que se expandieron en amplios o determinados rangos geográficos; se movieron de una especie huésped a otra; aumentaron su impacto o severidad; experimentaron un cambio en la patogénesis y su virulencia o surgieron de patógenos recientemente evolucionados convirtiéndose así en una de las amenazas más importantes para la salud pública. Tanto como para poner en jaque en solo tres meses al sistema sanitario de 174 países del mundo, como sucede actualmente a causa del COVID-19, enfermedad generada por el virus SARS CoV-2.

No es la primera vez que esto sucede. Se estima que el 75 % de las enfermedades infecciosas emergentes que atacan a los seres humanos son zoonóticas. Es decir, son microorganismos originados en animales. Vale decir que más del 66 % de ellos fueron cocinados en hábitats silvestres. Ese es el caso del virus del ébola, la fiebre hemorrágica, la encefalitis por el virus de Nipah, la enfermedad de Lyme, el virus del Nilo occidental y la fiebre de Lassa, que pueden impactar a relativamente pocas personas, pero representan una amenaza particular debido a sus altas tasas de letalidad y falta de una vacuna o terapia efectiva.

Otras enfermedades infecciosas emergentes como VIH/Sida, la influenza pandémica, otros coronavirus como el SARS CoV-1, MERS y el actual SARS CoV-2 son responsables de morbilidad y mortalidad altas a nivel global. Un ejemplo de ello son los 20.857 muertes reportadas por el mapa del Centro de Ciencia e Ingeniería de Sistemas de la Universidad Johns Hopkins, que sigue los casos de coronavirus en todo el mundo. Su origen, que ha suscitado un sinfín de fake news, es objeto de diversos estudios científicos, uno de ellos publicado hace más de una semana en la revista Nature.

Este estudio, titulado “El origen proximal del SARS-CoV-2”, descartó de manera irrefutable la posibilidad de ser un virus creado en un laboratorio de la ciudad china de Wuhan, foco de la epidemia de COVID-19, y explica cómo este virus mutó desde los murciélagos hasta los humanos pasando por un huésped intermediario que actualmente no se ha podido identificar. Algunas investigaciones lo trataron de relacionar con el pangolín pero ninguno versión no ha sido concluyente.

No obstante, se sabe que este tipo de infecciones compartidas entre los humanos, la vida silvestre y las plantas están unidas por dos características comunes. La primera de ellas, por definición, es resultado de un proceso de flujo, ya sea por haber aumentado su incidencia, expansión tanto en el territorio como en el organismo en el que se hospeda el virus o cambiando en patogenicidad, virulencia o algún otro factor. En palabras simples, una transferencia. La segunda causa son cambios casi siempre impulsados por algún tipo de alteración ambiental antropogénico a gran escala como la deforestación, invasión agrícola, expansión urbana o comportamiento social.

Teniendo en cuenta ambos escenarios, los cambios a los que puede ser sometido un murciélago que se ha quedado sin hábitat, con escasez de comida o en cautiverio debilitará su sistema inmunológico. Su organismo será el caldo de cultivo ideal para que el virus que lleva en sí se exprese porque “creemos que el impacto del estrés en los murciélagos sería muy similar al de las personas”, como afirmó para CNN Andrew Cunningham, profesor de epidemiología de la vida silvestre en la Sociedad Zoológica de Londres, recientemente.

Pero los perjuicios no recaen solamente sobre los humanos. La fauna silvestre también se ha visto afectada, varias epidemias han causado reducciones dramáticas sobre poblaciones de especies silvestres, los anfibios se han visto afectados por la quitridiomicosis causada por un hongo, las focas se vieron diezmadas por el distemper, los leones por el parvovirus, los mustélidos por la tuberculosis y así innumerables epidemias que afectan la vida silvestre.

Si bien no podemos detener el desarrollo y el crecimiento social, ni los avances científicos, sí podemos armonizar nuestra relación con el medio ambiente. La actual emergencia de salud pública hace necesario intensificar los estudios relacionados con la ecología de la enfermedad y la medicina de la conservación, es decir, aquellos estudios ecológicos que permitan evaluar las interacciones huésped-patógeno dentro del contexto de su entorno y evolución son cruciales para definir los cambios ambientales que causaron o causan la aparición de una enfermedad, su dinámica de transmisión y potencial patogenicidad.

Ese es el trabajo que desarrolla un grupo de investigadores internacionales bajo el nombre de Predict. Se trata de Ecohealt, una organización con sede en EE. UU. que monitorea la relación entre la vida silvestre y las enfermedades emergentes, la Universidad de California, la Sociedad para la Conservación de la Vida Silvestre, la Institución Smithsonian y el Pronóstico Viral Global. Todos, a través de datos sobre enfermedades infecciosas emergentes, están construyendo una biblioteca de virus con el fin de predecir si la intervención del hombre en un territorio específico puede producir la próxima pandemia global. Sus estudios se concentran en las especies con más probabilidad de transmitir enfermedades a las personas: los primates, las ratas y los murciélagos.

“Así que vamos al borde de las aldeas, vamos a lugares donde las minas se acaban de abrir, áreas donde se están construyendo nuevas carreteras. Vamos a hablar con las personas que viven dentro de estas zonas y decirles: “Lo que estás haciendo es potencialmente un riesgo”, contó hace poco el Dr. Peter Daszak presidente de EcoHealth a The New York Times.

Ellos no son los únicos que están investigando la ecología de la enfermedad. A muestra de un botón, ya para 2007 un artículo publicado en la revista Clinical Microbiology Reviews, advertía del potencial pandémico de los coronavirus. Muchos estudios han advertido sobre el surgimiento de nuevas enfermedades al alterar la nidalidad, es decir, la habilidad de mantener un foco dinámico y permanente de circulación de un patógeno al interior de una comunidad y área geográfica determinada.

Después de este evento pandémico no volveremos a ser los mismos, como especie estamos llamados a reflexionar sobre nuestra relación con el medio ambiente, los animales y las plantas. La naturaleza siempre está diciéndonos algo, y tal cual como lo advierten en los mensajes de Conservación Internacional, ella ha estado millones de años antes de nosotros, alimento y ha extinguido especies más grandes que nosotros, como decidamos relacionarnos con ella será determinante para nuestra continuidad como especie, queda claro que muchas cosas en ella mutan, cambian y evolucionan rápido, mucho más rápido de lo que podemos comprender.

*Microbiólogo Sc, Msc en biotecnología, estudiante de doctorado en biología. Docente universitario de UdeA y divulgador científico.

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2020-03-25T18:13:23-05:00

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2020-03-26T10:18:01-05:00

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Juan Felipe Zapata* - Camila Taborda

Medio Ambiente

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