La maternidad y la culpa

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Este sentimiento acompaña a muchas mujeres desde el parto. Las latiga y las desgasta. Las lleva a sentir que ser madres es una carga en lugar de un regalo.

La primera vez que sentí culpa como mamá fue el día que regresé a trabajar. No me sentí culpable por dejar al bebé con una desconocida, o por tener ganas de un espacio solo para mí. Ese sentimiento me hizo pedazos cuando llegó la media mañana y fui a sacarme leche para llevársela a Lucas en la noche. En cada extracción debía reunir al menos cuatro onzas, pero no llegué a completar dos.

Mi objetivo era alcanzar los seis meses de lactancia exclusiva, que recomienda la Organización Mundial de la Salud, y para lograrlo tenía que sacarme 20 onzas al día. El plan era extraerme en la madrugada, en la mañana y en la tarde, pero en el instante en que vi el biberón casi desocupado, supe que no llegaría a mi meta. Entendí que no iba a reunir lo suficiente para que Lucas tuviera la mejor alimentación en sus primeros meses de vida, a pesar de levantarme a las 2:00 a.m., de escaparme en medio de reuniones y de intentar sacar un poco más después de llegar de la oficina. Sentí que se me partía el corazón.

Ver: La leche materna es mágica

Esa historia, no obstante, tuvo un final feliz. Impulsada por mi obstinación y dispuesta a hacer todos los sacrificios necesarios, logré alimentar a Lucas solo con leche materna hasta que alcanzó los seis meses. Sin embargo, aún recuerdo el vacío en el estómago que me produjo ver esas tres gotas en el tetero.

Después de ese día, han llegado muchos otros en los que la culpa me rasguña el espíritu. Como la primera vez que me dieron las 8:00 de la noche en la oficina (una hora que empezó a ser habitual, y me pesa siempre). Los innumerables fines de semana en los que he tratado de extender el tiempo para estar con Lucas y mi esposo, y alcanzar a salir de pendientes del trabajo. Las reiteradas tardes en las que tenemos que pedirles a los abuelos que nos cubran ante eventualidades laborales. Soy consciente de que casi todo lo hago por él, pero ese sentimiento no entiende razones.

Mi relación con la culpa como mamá tiene mucho que ver con mi trabajo. Quisiera estar menos ausente, tener más tiempo para llevar a mi hijo al parque o a una librería, quedarme a su lado cuando tiene fiebre, evitar recargarme en mi esposo, que tiene horarios más flexibles. Y sé que muchas han estado en mis zapatos. Algunas, incluso, han decidido renunciar para dedicarse a sus hijos.

Ver: Mi bebé vive con la mano en la boca, ¿estará muerto de hambre?

Para otras, la culpa llega de maneras distintas. Porque no tuvieron una lactancia exitosa. Porque no han logrado que su chiquito duerma toda la noche. Porque se sienten cansadas de ser madres. Porque pensaron que la maternidad sería diferente. Porque quisieran ser las mujeres de antes. Porque extrañan la vida que llevaban con sus esposos. Porque quisieran tener más libertad para viajar, verse con amigas o leer un libro.

Es difícil quitarse la culpa de los hombros. Y todavía más complicado evadirla. No hay técnicas para hacerlo. Lo único que he llegado a entender es que tenemos que dejar de pensar en lo que nos dicen que debería ser la maternidad para empezar a oírnos a nosotras mismas y trabajar por lo que necesitamos como personas. Una amiga me lo dijo hace rato: “una mamá feliz, tiene hijos felices”. Tenemos que encaminar todas nuestras energías a identificar qué define nuestra felicidad y perseguirla a toda costa. Para algunas, esto implicará dejar de entregarle la vida a un trabajo. Para otras, negociar con sus parejas y así robarse unas horas para salir con amigas. Y habrá quienes necesiten el apoyo de un especialista, para volver a encontrar su lugar en el mundo.

 

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