El agua modifica la forma dependiendo de los lugares donde se encuentre, respondiendo así de forma directa a lo que entra en contacto con ella. Con una cámara fotográfica, adaptada a un microscopio de luz común y en un cuarto refrigerado a -5º C, tomó muestras de agua de diferentes lugares y las llevó a congelar para observar las formas en que se generaban los cristales de hielo.
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Allí encontró que cada una se cristalizaba de manera distinta, y determinó luego más de15.000 muestras del patrón ideal del agua, que corresponde a una forma hexagonal, la cual era persistente en agua natural, pura y libre de contaminación.
Otro hallazgo en su experimento fue que en el agua destilada quedaba un patrón uniforme, pero de naturaleza simple. Modificaba su patrón de cristalización previo a la exposición de diversos sonidos o palabras escritas en japonés o inglés, y hasta fotos o imágenes distintas.
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En el caso de la música clásica, el patrón cambiaba a uno de forma armónica y de gran belleza. Ante palabras de agradecimiento escritas y puestas una noche sobre el frasco se producían formas hexagonales muy agradables a la vista; en el caso de palabras de odio y rabia, el patrón era aberrante.
Lo importante es que el agua tomaba formas físicas que evocaban, a las claras, el sentido de las palabras, los sonidos y los escritos.
Evidentemente este líquido, que es el componente del 70 % de la constitución del planeta y del ser humano, responde a lo que ocurre a su alrededor. Entonces, si los pensamientos pueden alterar el agua, ¿qué no harán con nuestro cuerpo, en cualquier sentido?
Así que, si cambiamos favorablemente la actitud hacia el agua, esta también lo hará con nosotros.

