Lo oculto apenas

¿Sabemos de dónde vienen las cosas que vestimos? ¿Qué historia hay detrás de cada prenda? Nos hicimos esas preguntas y para respondernos, este especial. La minifalda.

Hugo Alejandro Díez Montoya

Hace unos días me topé con un viejo cuadro chino. Me gusta el arte chino, tiene una sensibilidad especial, el uso de las líneas es delicado y sutil, tanto que las siluetas de muchas cosas, los montes, los árboles, las rocas, están sugeridos a la vista. Este minimalismo tiene algo místico y a la vez algo sensual: lo medio revelado, lo oculto apenas, lo insinuado. Cuando lo vi por primera vez, reconocí a cuatro hombres caminando por un monte (blanco, delimitado por líneas azul claro, como si fuera en invierno); uno de ellos cargaba  un azadón, los otros tres canastas con ramas o frutas. Sin embargo vestían de una manera un poco militar, pensé, llevaban esas especies de faldas cortas que usaban los militares antiguamente, medias o protectores altos, y camisas que dejaban mostrar el abdomen, todo azul.  Al lado de los hombres había un árbol con flores moradas y blancas, y encima de él una inscripción (en algún dialecto chino) que traducía:

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A las mujeres se les escucha hablar en voz alta mientras recogen plantas salvajes en las montañas. Si la gente es tolerante con ellas al mostrar su cintura y su ombligo en público pueden soportar que lleven las faldas tan cortas.

Me di cuenta inmediatamente de que la lectura del cuadro había sido completamente equivocada. No eran hombres sino mujeres, no eran militares sino campesinas y no era un atuendo militar sino, parecía, un rebelde vestido por parte de algunas mujeres no muy bien recibido por algunos en el pueblo, por lo menos al inicio. El cuadro databa del siglo XVIII pero el hecho al que hacía referencia, en la étnia Miao, en Dutang, en las montañas, se remontaba a la dinastía Ming, siglo XIV, cuando unas mujeres de dicho lugar decidieron usar faldas cortas en lugar de los largos vestidos que les incomodaban las labores del campo. 600 años antes que las minifaldas estallaran en occidente, al ritmo del rock and roll, unas campesinas chinas comenzaron un tradición disruptiva, que todavía hoy conservan, con la cultura tradicional china.

¿Cómo voló esa falda corta desde oriente hasta el cuarto de diseño de Mary Quant, seis siglos después, para comenzar, ahora en Londres, París y New York, otra revolución femenina?

Al parecer, no lo hizo. No hay registro de un viajero que haya visto a las primeras y transportado la idea a la segunda, no hay evidencia de que Mary Quant o André Courrèges o John Bates, quienes también se disputan la creación del diseño de la minifalda, hayan visto este cuadro u otro. Hay, la casualidad, por llamarla de algún modo, de que en dos lugares distintos, por motivos distintos, grupos de mujeres decidieron vestir faldas cortas, mostrar las piernas, sentirse cómodas, hablar en voz alta, hacer ruido, ser felices, decidir por ellas mismas con qué ropa ir al trabajo, con qué ropa ir a los bailes, con qué ropa dejarse ver. Hay la casualidad, que no lo es, de que dos grupos de mujeres separados por kilómetros y siglos, escogieron en la ropa el lenguaje exacto para expresar su feminidad y su feminismo, y como si se tratara de un lenguaje universal, tanto la moda, como el arte, coincidieron en que para hacerlo, había que ser minimalista, dibujar con un vestido la línea que sugiere y oculta, que deleita y empodera.

Mary Quant puso de moda la minifalda, nombre inspirado en el minicooper, a finales de los 50. Las chicas comenzaron a usar las faldas cortas para ir a los parques en la primavera londinense, de colores pasteles para ir de compras en los bulevares parisinos, de bolas negras y blancas para bailar en los conciertos de Presley y los Beatles, llenas de juventud y energía para marchar en las calles junto con pancartas que exigían derechos y libertades, y vistieron poco a poco a las mujeres más influyentes de la sociedad, desde Twiggy hasta Jacqueline Kennedy.

Escribí justo en este espacio, parafraseando algunos textos que leí para escribir este, un párrafo para indicar que ahora la minifalda se había transformado en una prenda más, que su impacto político había sido desgastado y que incluso cierto feminismo luchó contra ella. Pero mientras lo escribía, las palabras tantas veces leídas y escuchadas rebotaban en mi cabeza: “se ponen esas faldas y después les pasa los que les pasa”. Hace seis siglos los campesinos de china lo entendieron, y quien pintó a las chicas de Miao, las pintó alegres y bullosas. La minifalda todavía tiene una vigencia política, todavía tiene que ser un statement, no solo de sensualidad o de libertad sexual, sino de libertad de cualquier tipo, hasta que el cambio en la forma de vestir, algún día, nos cambie también la forma de mirar.