Sueño frustrado de navidad: recuerdos de cuando me sentí culpable por jugar con Barbies

Solía tomar los regalos que desempacaban a mis primas la mañana del 25 de diciembre. Mi mamá se mordía los codos porque me veía como un "niño raro".

"Crecí en una generación en donde los niños nacíamos destinados a identificarnos con el color azul"Pixabay

Vengo de una familia en donde las ganas a veces no van de la mano con las tradiciones. Dicho en otras palabras, en ocasiones quería jugar con las muñecas que le daban a mis primas en navidad en  vez de consagrarme al Max Steel o al Gijoe de moda. El placer de desempacarlos, por cierto muy grandes, no se comparaba con el deseo de estar en los zapatos de mis contemporáneas, que con sus Barbies y sus Kenes, llenos de accesorios y de trajes intercambiables, ofrecían más posibilidades de entretenerme.

Justamente en la opción de cambiarlos de ropa, de desnudarlos, de vestirlos de policía o de marinero, estaban las razones para jugar al papá y a la mamá en vez de a la guerra con los muñecos que Papá Noel me había traído.

No recuerdo haberle pedido muñecas y ollas al niño dios, seguramente se me ocurrió en alguna oportunidad, pero ni mi madre ni yo sabíamos que eso se podía hacer. Crecí en una generación en donde los niños nacíamos destinados a identificarnos con el color azul, nunca con el rosado, tan propio en ese entonces de las niñas (También le puede interesar ¿Qué hacer cuando los hijos varones piden de regalo muñecas y ollas?).

Como no voy a ser papá, me quedaré con una duda sin resolver la siguiente pregunta: ¿de qué color habría pintado la habitación de mi hija o hijo? Seguramente la dejaría de blanco, con dibujos de niñas y niños que no se identifiquen con absolutamente nada. Todos de un solo color, que no sean rosado ni azul. O copiaría la idea de una amiga que recientemente fue mamá. En el cuarto de su retoño recién nacido tiene pinturas de la película Totoro, el clásico del director Hayao Miyazaki, el Walt Disney japonés.

El personaje Tototo no tiene sexo. Es un animal que bien podría ser chico o chica. Por eso y por muchas razones más el filme es encantador. Yo creo que cuando somos niños o niñas somos como Totoro. No tenemos un color ni un sexo al que genuinamente nos queramos aferrar. Esas cuestiones se resuelven en el camino o nos las imponen nuestras familias católicas (en mi caso).

A la pregunta ¿si volviera al pasado, jugaría con los juguetes de mis primas sin temor a que mi mamá se llenara de miedo? Respondería que lo haría sin problema y le diría a mi madre que jugar al restaurante con una cocina de juguete no me hace menos hombre ni mucho menos me hace un niño raro.

Seguramente me sentí mal por incomodar a mamá cuando tenía una Barbie en mis manos. Hoy no la juzgo por eso. Ambos fuimos víctimas de arquetipos que hoy, por suerte, están revisados y derribados.

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