Recorrer el planeta en autostop

Con 39 años, el argentino Juan Pablo Villarino conoce 90 países. Aunque estudió Derecho y Psicología, hoy es escritor y bloguero de viajes.

Por: Lucety Carreño Rojas

 

Juan Pablo Villarino nació en Mar del Plata, Argentina. De niño coleccionaba sellos postales y soñaba con visitar todos los países de su álbum. En 1998, por fin, se lanzó a soltar anclas. Recorrió su país natal y paseó por Europa. En el 2003 llegó a Belfast, Irlanda del Norte, y allí decidió hacer lo que lo hacía feliz: “Viajar sin fecha de regreso, cambiar de almohada cada día y de país cada mes, escribir para contarlo y animar a otros a hacerlo”.  

 

Viaja en autostop, con un presupuesto de cinco dólares diarios. Hasta el momento, se ha subido a más de 1.200 vehículos y ha recorrido más de 180.000 km. Escribe y vive de sus experiencias. “No viajo pidiendo aventones para ahorrar dinero, ese sería un gran error. Para mí el autostop se volvió una herramienta profesional, un instrumento de exploración sociológica. Me permite compartir con personas de todas las clases sociales, que se transforman en los personajes de no ficción de mis libros”. 

 

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En trece años ha utilizado dos mochilas, una carpa, un par de botas de trekking, un par de sandalias y su material profesional: cámara, computador, un celular liberado y tarjetas SIM para cada país. Ha cambiado varias veces su pasaporte.

 

El escritor se ha subido en Mercedes Benz, pero también en carros tirados por burros. Ha dormido en mansiones, iglesias, faros, castillos, bases militares. Algunas personas le han permitido armar su carpa en jardines. Cuando hace la señal con su mano y un vehículo se detiene, se abre la posibilidad de conocer personas de diferentes religiones, razas, profesiones e ideologías. 

 

Los viajes le han enseñado que el mundo y las personas que lo habitan son, en su mayoría, hospitalarias. Muchos lo invitan a sus casas con la curiosidad de conocer su punto de vista como extranjero. 

 

También ha entendido la complejidad de la empatía.  “Haber recorrido Siria antes de la guerra, haber conocido la humanidad de sus habitantes, haber sido yo el ‘refugiado’, te obliga a ejercitar el arte de ponerte en los zapatos del otro. Cada vez que veo una mala noticia en la televisión, pienso en la gente que conocí allá”.

 

Para comunicarse, Villarino habla inglés e italiano. “En muchos países es indispensable aprender unas 100 o 150 palabras en el idioma local, ya sea árabe, suajili o chino, para poder moverse fuera de las zonas turísticas y sobrevivir”.

 

En el 2005 creó Acróbata del camino (http://acrobatadelcamino.com/), un blog de crónicas de viajes, con el objetivo de narrar la realidad del mundo y eliminar los estereotipos. “Cuando en Europa cuento que recorrí Colombia, la gente se agarra la cabeza, porque piensa automáticamente en el narcotráfico, la guerrilla y en gallinas sueltas por la calle. Sucedía lo mismo cuando en Colombia contaba que había cruzado Irán o Afganistán, a dedo. Los más desapegados malabaristas y cuentacuentos del Chorro de Quevedo me decían que estaba loco”.

 

En más de una década de recorridos hay muchas historias, pero a Villarino no se le sale de la cabeza el mes en el que  cruzó Afganistán. Iba sonriente con una mochila que tenía la bandera argentina. “Intentaba cruzar el país más peligroso del mundo. Viví de todo, desde tomar el té en un campo minado hasta caminar junto a nómadas con sus camellos. Me alojé con maestros rurales y hasta reaprovisioné mi mochila en una base yankee. Cuando ya casi llegaba a Kabul me frenó un jeep de la policía afgana y me ofreció llevarme. Antes de subir me advirtieron: ‘Nosotros somos el blanco, estamos patrullando en busca de talibanes, si ves a alguien en un techo con un lanzagranadas apuntándonos, avísanos’. Fueron las tres horas más difíciles de mi vida”. 

 

También recuerda el día en que terminó en un matrimonio gitano, en Transilvania, Rumania. “Haciendo dedo de una aldea a otra me frenó un colectivo repleto de gente que iba a una boda. Me preguntaron a dónde iba y les dije que a cualquier parte. Así terminé en uno de esos casamientos gitanos donde beben durante dos días y tocan los violines por las calles. Llegar a un sitio a dedo, de forma humilde, me permite vivir experiencias que no se pueden comprar con dinero”.

 

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En su libro Vagabundeado en el eje del mal, Villarino relata sus viajes por Irak, Irán y Afganistán. Caminos invisibles vino después, cuando conoció a su “princesa vagabunda”, Laura Lazzarino. Desde hace ocho años están juntos. Compartían la misma pasión: viajar. “Cuando uno viaja siempre está rodeado de gente y nuevos amigos, pero esos amigos cambian todo el tiempo. Uno quiere una compañía, un testigo. Por otro lado, la gente se abre mucho más a una pareja. Desde que estoy con Laura puedo apreciar más la dimensión familiar de cada país”.

 

Caminos Invisibles es la historia de dos nómadas por Suramérica. Una pareja que dejó de lado la vida convencional por una llena de aventuras. Allí relatan sus experiencias durante 18 meses por lugares que no aparecen en los mapas. “Viajamos en el techo de una chiva que vendía papa de vereda en vereda hasta Medellín, donde fuimos testigos de la regeneración de la ciudad”. Según el nómada, Colombia es un país dueño de muchas identidades. Dice que los colombianos ensalzan a Colombia y la condenan a la vez.  

 

Villarino les recomienda a los viajeros que “no busquen tener todas las respuestas antes de salir. Una vez que estás en el camino, las soluciones aparecen. El dinero suele ser la mayor barrera hasta que te das cuenta de que su escasez se puede transformar en una ventaja”.
 

 

Fotos: Archivo particular