Los colombianos que corren el Rally Dakar por los niños con cáncer

Mauricio Salazar Sierra, copiloto del MS2 Team, sufrió en dos ocasiones esta enfermedad. Ahora ofrece la competencia a motor más peligrosa del deporte, que empezará hoy y terminará el próximo 17 de enero en Perú, para sacar adelante una fundación. Noble causa.

Mauricio Salazar Sierra (izq.) y Mauricio Salazar Velásquez correrán su tercer Dakar juntos.Cortesía

A bordo de una Volkswagen Amarok V6 doble cabina con tracción en las cuatro ruedas, de 240 caballos de fuerza, 3.000 centímetros cúbicos y motor a diésel van dos colombianos que por cosas de la vida tienen el mismo nombre y apellido. Pero también van montados 275 niños que desde pequeños fueron marcados por esa burda palabra que ningún ser humano quiere escuchar: cáncer.

Una enfermedad que Mauricio Salazar Sierra padeció en dos oportunidades. “El cáncer no es sinónimo de muerte”, dice el copiloto del MS2 Team, uno de los cuatro colombianos que estarán presentes en el Rally Dakar, que partirá hoy en la Costa Verde de Lima y terminará el próximo 17 de enero en la misma ciudad, tras 5.000 kilómetros de recorrido en Perú, 3.000 de ellos cronometrados.

Es un calvario, el cuerpo dice “basta”, pero la mente y el corazón susurran: “Un día más”. El hambre, el dolor físico y el miedo de coquetear con la muerte pasan a segundo plano. Esos niños son la gasolina —o, más bien, el diésel— de esa camioneta que lleva grabado el número 365 junto a una bandera de Colombia y la frase “Corremos por los niños con cáncer”.

Este será el tercer Dakar que correrán los Mauricio Salazar, el segundo que esperan culminar, pues en 2017 fueron forzados a abandonarlo en la penúltima etapa. Además de ellos, los otros dos colombianos que lucharán por terminar la carrera más peligrosa del deporte a motor son Nicolás Robledo, en cuatrimotos, y Giordano Pacheco, en motos. El principal referente del país, Christian Cajicá, quien iba a competir en su quinto Dakar, se bajó a última hora de la competencia por problemas en el traslado de su cuatrimoto. 

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No tienen el equipo ni el automóvil más sofisticado. Tampoco se van en helicóptero a un hotel a tomar vino tras las etapas, como los pilotos más renombrados de la competencia. Se quedan en un modesto campamento atestiguando en vivo y en directo los paisajes intransitados y mejor pintados del universo. Esa vista sin fin, de dunas, de arena.

Una nueva jornada que la dupla colombiana le ofrece a Dios en acto de agradecimiento por la vida, por los que se fueron, por los que perdieron la fe y por los que luchan por quedarse. “La vida me ha dado una segunda oportunidad... bueno, tercera, y no voy a desaprovecharla. Quiero ayudarles a los demás a cargar esa cruz tan pesada que he tenido que llevar”, dice quien en 2005 tuvo cáncer de testículo. Y en 2010, cuando la enfermedad parecía asunto expirado, sufrió un sarcoma que se alojó entre la aorta y la columna. Caer es permitido, levantarse fue obligado para Salazar Sierra.

“Recuerdo lo primero que me dijo el médico: ‘Mauricio, yo a usted lo voy a llevar al infierno, pero le prometo que lo voy a sacar’. La quimioterapia es algo muy fuerte: llegué a pesar cuarenta kilogramos, pero nunca pensé que me iba a morir. Todo en la vida depende de la actitud que uno le meta a las cosas. El apoyo de Dios y de mi familia fue fundamental”, dice quien corre el Rally Dakar por los niños que sufren la misma enfermedad que él padeció.

Sus notables participaciones han permitido que lograran comprar un lote en Manizales que llevará como nombre Fundación Alejandra Vélez Mejía, que espera atender a 275 niños con cáncer de escasos recursos del país. El sueño de los Mauricio Salazar es acompañarlos, alegrarles la vida, porque cuando hay tristeza, las defensas se bajan, y cuando están felices, se suben. “Mauricio tiene una gratitud especial por la vida. Cada vez que puede, se entrega por los demás sin esperar nada a cambio”, dice Salazar Velásquez. Y Salazar Sierra añade: “Hemos recibido tanto de la vida que uno tiene que devolver. Y no es dar lo fácil; a uno le tiene que costar, hasta que duela. No lo que sobra”.

Cuando llaman a alguno, los dos se voltean. Ya están acostumbrados. Muchos creen que son padre e hijo. “Él me dice nené y yo le digo papá”, agrega entre risas.

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En la edición de 2018 se volcaron en dos ocasiones y estuvieron una noche atrapados en una olleta gigante de arena en medio de las dunas peruanas. En la penúltima jornada, cuando llevaban tres días sin dormir, la camioneta sin doble tracción y con el cronómetro como principal enemigo, fueron forzados a dar un paso al costado.

La convivencia es uno de los puntos más importantes del Rally Dakar. Por fortuna, los Mauricio Salazar tienen una amistad con lazos muy fuertes. “Solo hemos tenido una diferencia, fue en el de 2016. Íbamos en una etapa en Argentina por una trocha, lloviendo. Le dije que suave porque había una tierra suelta y nos fuimos de lado, casi nos volcamos y la rueda delantera salió a volar. Llegaron unos argentinos a ayudarnos y yo solté el freno cuando no debía y se nos quedó el gato atrapado en la camioneta. Luego nos montamos muy molestos, no hablábamos. Tras dos kilómetros, le dije: ‘Quedamos 1-1’. Nos morimos de la risa”, rememora Sierra. 

Hay dos Dakar distintos: en un lado están los que corren por ganarlo y en el otro los que luchan por terminarlo. ¿El factor diferencial? El presupuesto.

“Como es una carrera que quiere sacarte, todos los pilotos nos unimos para salir adelante. Se vuelve una prueba de solidaridad y deja de ser competencia. Lo que no pasa con los corredores de punta”, señala Salazar Sierra.

El máximo rival es uno mismo

Se asoma el helicóptero, aumenta la tentación de presionar el botón rojo de ayuda. Es una carrera hecha para destruirte. El calor es infernal, el estómago está en huelga, cansado de ser engañado por esas frívolas barras de cereal. Extraviados en la mitad de la nada. Ya son varios días sin dormir. Y de rasguñar la muerte. Vehículos incendiados, pilotos que anhelan volver a ver a sus hijos. Es un calvario.

Pero no van a mandar por la borda todo el trabajo que han hecho para llegar hasta allí. Vuelve y juega: recuerdan por qué fueron. Ese es el analgésico, el que les permite seguir su camino. Al carajo los demás pilotos. El único rival que tienen son ellos mismos.

“No sabemos por qué volvemos”, dice Christian Cajicá, máximo referente del país del Dakar. Es una magia que no saben definir, pero que está ahí. Se dejan absorber por los paisajes intransitados y por esa sensación de vivir al límite, un poema. Es una droga, de las buenas. (Lea: Nicolás Robledo, con la mente puesta en el Rally Dakar 2019)

Un rally de 365 días

“A mí me preguntan cuál es la parte más complicada del Dakar y yo les digo que la lucha de todo el año para poder pagar la inscripción y correrlo.

Es hacer rifas y eventos, hasta paseos. Hay que tocar muchas puertas. La mayoría se te cierran en la cara, porque no es fácil. No hay cultura automovilística en Colombia. Y si el apoyo hacia el deporte es poco, ni hablemos para nosotros. Hemos necesitado recaudar más de $400 millones. Coldeportes aportó poco. No es lo ideal, pero hay que ser realistas. Es lo que hay”, cuenta Cajicá, quien recuerda el carro y el taller que tuvo que vender y el préstamo que le pidió al banco en 2014 para correr su primer Dakar, un año después.

“Llevo tres años yendo y por fin recibo apoyo del Estado, así sea poco. Lo que toca es conseguir respaldo de las empresas privadas”, dice Salazar Velásquez. “Coldeportes me apoyó con el 10 % del presupuesto. Me tocó hacer una campaña de crowfunding en internet y todo. Nunca un colombiano va a poder ganar un Dakar. Para que eso pase debe recibir apoyo desde el comienzo, convertirlo en una meta de toda una vida”, agrega Santiago Bernal, quien compitió en la edición pasada en motos.

Cada uno con su historia, sus cruces, su chequera austera y su vehículo con limitaciones buscará vencer al peor de sus enemigos: ellos mismos.

Thomas Blanco Lineros- @thomblalin