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Daniela Atehortúa y la alegría para superar las adversidades

Esta es la historia de la ciclista antioqueña, del equipo Colnago CM, que recientemente fue la mejor juvenil del Tour de Dubái y cuarta en la clasificación general de esa carrera.

Atehortúa luego de ganar la clasificación de las jóvenes en el Tour de Dubái.Foto: Cortesía Gato Rivero

Daniela Atehortúa Hoyos habla torrencialmente. Y el tono dulce de su voz no cambia sin importar el relato, y a veces se intercala con una risa expansiva que suele ser contagiosa. De hecho, la calidez en las palabras se mantiene hasta para recordar sucesos complicados. 

Y ni siquiera así, rememorando lo triste, el ritmo cantadito y alegre varía. Por ejemplo: cuando se le pregunta el porqué dejó el patinaje por el ciclismo, cuando ella responde que la presión de no ganar y de no confiar en sí misma la llevó al extremo, y que no clasificar en un selectivo para hacer parte de una selección de Colombia la hizo pensar en retirarse del deporte, en estudiar enfermería porque le gustaba (aún le gusta) limpiar los raspones.

Ese año, en 2017, sin oportunidades en el patinaje, Daniela participó en el Campeonato Nacional Juvenil de Ruta en Guatapé, Antioquia. Y ganó. Y lo hizo con una bicicleta prestada (era de Pablo Restrepo, hoy en el UAE Team Colombia). “Me la dio un día antes. No le paré bolas a que el marco era más grande y esas cosas. A lo que iba, a pedalear”.  

Ese fue el momento fundacional para lo que vendría más adelante, las medallas de oro en el omnium y la persecución por equipos de los Nacionales Juveniles de Pista, las buenas actuaciones en las Vueltas al Futuro y el triunfo en la segunda etapa de la Vuelta a Colombia Femenina 2019 con llegada en Salento, Quindío (fue líder de la carrera).

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“Celebré con mucha intensidad. Venía de un año complicado. Y me costó volver a tomar ritmo. Todavía veo la foto de la llegada y me emociono”. El periodo del que hace referencia Daniela comienza con la enfermedad de David Santiago Gómez, su novio, con la precisión para contar la síntesis de lo que fue una tristeza que mutó en felicidad, y que los hizo entender que la tragedia, algunas veces pasajera, se puede hacer muy llevadera. 

Foto: Cortesía Gato Rivero

“Terminó la Clásica de Marinilla y, pues, nos dimos un tiempo porque la cosas no venían bien. Lo llamé a la mañana siguiente, no contestó, supuse que estaba molesto y ya. A los tres días me marcó la mamá y me contó que estaba en el hospital, en cuidados intensivos”. Al parecer, El Salammy, como le dicen a David Santiago, llegó a la casa después de la carrera, se duchó y empezó a sentirse mal. Fue a abrir la puerta para pedir ayuda, se cayó, se arrastró hasta la cama, le dio mucho calor, se quitó la ropa y perdió el conocimiento.

“De milagro no se murió. La mamá lo encontró vomitado y lo primero que pensó fue que se había intoxicado, incluso que intentó quitarse la vida. Lo llevaron al hospital de San Vicente y su estado era tan crítico que lo trasladaron al Pablo Tobón Uribe de Medellín”, dice con la remembranza de un dolor que toma fuerza con su relato.

Esa noche, a pesar de los protocolos de la Unidad de Cuidados Intensivos, Daniela pasó la noche con Santiago. Y se acongojó cuando lo vio entubado, hinchado por la retención de líquidos, en otras palabras, más allá que acá. ¿El dictamen de los médicos? Rabdomiólisis, una enfermedad que da por un gran esfuerzo físico que genera roturas musculares importantes. El cuerpo produce una sustancia que se llama mioglobina que debe ser filtrada por los riñones y, puede, que se genere una falla renal.

“Lloré un montón. Pero antes de entrar a verlo siempre tomaba aire, respiraba y cambiaba de rostro. En esos días hice una publicación en redes sociales y Xio Guerrero, la novia de Egan [Bernal], me dijo que lo animara como si estuviera compitiendo, que lo alentara de la misma forma”. Daniela dejó de montar bicicleta y esa fortaleza y entrega absoluta en el ciclismo se vio reflejada en el acompañamiento a Santiago, en las idas diarias de  El Carmen de Viboral a Medellín, algunas veces en bus otras en el carro de David Vargas, su entrenador y el de todos allá.

“Creo que iba en el bus, llevaba una camiseta nueva porque quería verme linda, y la mamá me llamó y me dijo que El Salammy había despertado, que estaba desesperado por hablar, pero que no podía por los tubos. Y, bueno, qué alegría tan grande”. Ya después vinieron las tardes de ver películas en el hospital, la celeridad en la recuperación de Santiago y el día que, finalmente, regresó a su casa. “Un milagro porque el pronóstico era que iba a quedar con diálisis de por vida. Y, mírelo, ya todo fuerte. Hasta corrió los Nacionales de Ruta ahora en Boyacá”.

Siete meses por Europa 

Daniela, a diferencia de lo que se cree, no nació en El Carmen de Viboral. Nació en El Santuario, el pueblo de su mamá, pero muy pequeña se fue al de su papá, y se aferró tanto a sus gentes, a sus parajes y al clima, a las raíces, que parece una carmelitana cuando se refiere de los lugares a los que hay que ir o dónde comer. “Acá los chorizos son más buenos, pero le recomiendo las obleas, las que venden al lado de la iglesia. El negocio es de Maribel y Henry, dos amigos que hacen la veces de psicólogos, que me ayudan, me aconsejan. Son deliciosas”.

Con la misma chispa cuenta que su papá trabajó en una joyería, que su mamá fue comerciante, que no le ha enseñado a hacer tamales, pero que quizá le cultivó, sin darse cuenta, el arte del rebusque. “Uno se le mide a todo”. Le gusta cocinar y pintar mandalas. Tiene dos cicatrices en el mentón. En la primera le tomaron 10 puntos, en la segunda fueron ocho. Ambas se las hizo patinando, una en Rionegro, la otra en Buga (Valle del Cauca).

Daniela (dere.) con David Vargas, su entrenador y Aranza Villalón tras la Vuelta a Colombia Femenina 2019 /Cortesía

Esa espontaneidad y carisma conviven con la seriedad que adopta cuando monta bicicleta, cuando sale a rodar por el oriente antioqueño, cuando trabaja para ganar. Y eso ha hecho que vengan los aplausos y el respeto, la admiración por una deportista que apenas tiene 20 años, que hace unos días se quedó con la clasificación de mejor joven en el Tour de Dubái. “Apenas terminé la prueba hablé con mis papás, después con El Salammy y luego con mis amigos de las obleas. Ahí tengo una camiseta blanca para llevar a Colombia”.

Daniela y el equipo Colnago estarán en Europa hasta septiembre de este año, quizá más, pues el calendario puede que aumente. Viven en Bellreguart, un municipio de la Comunidad Valenciana, en España, en una casa en la que también están Katherin Montoya, Erika Botero, Daniela Giraldo, Carolina Upegui, Laura Toconas y los entrenadores David y Juan David Vargas. “Es un proyecto muy chévere al que le estamos apostando con toda. Más adelante vendrán otras niñas para correr con nosotros. Este lugar es muy tranquilo, no hay bulla. Bueno, nosotras llegamos a hacer bulla”, concluye una mujer qué, según lo que dicen las personas cercanas, demuestra que con los ojos también se puede sonreir.

@CamiloAmaya - Camilo Amaya

 


 

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Camilo Amaya

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Daniela Atehortúa y la alegría para superar las adversidades

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