El Tour que me gané

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Crónica de la aventura para ver en directo la consagración del primer colombiano campeón del Tour de Francia. Un sueño hecho realidad gracias a la mejor herencia que recibí de mi padre, el amor por el ciclismo.

Padre mío, hace algún tiempo me preguntaste qué se sentiría escuchar el himno nacional en otro país, ese himno que por décadas oíste a las seis de la mañana ya trabajando y que en la tarde para mí era el mejor momento del día pues me indicaba que se acercaba la hora de tu regreso.

A mi corta edad solo entendía eso, era la hora de que papá volviera. El cansancio por las extenuantes jornadas laborales y por los largos recorridos que tenías que pedalear, lo dejabas de lado, no te importaba, solo me montabas en tu bici y me llevabas a soñar. Hoy te puedo responder.

La bandera fue el último objeto que empaqué en la madrugada del 23 de julio. Papá me la entregó para que alentara a los ciclistas colombianos en la carretera. Ya eran las 4 a.m., tenía que descansar. En unas horas tenía que trabajar y guardar energía para el viaje que esa noche realizaba hasta Marsella (Francia).

Luego de un vuelo de 8 horas hasta Madrid (España), tres horas de escala y otro vuelo de hora y media, llegaba a mi destino. Ya era de madrugada, decidí quedarme en el aeropuerto hasta que amaneciera. Compartí suelo con algunas familias de migrantes que también tuvieron que pasar la noche allí.

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Con los primeros rayos de sol caminé por más de una hora hasta la estación de tren. Tenía algunos minutos para conseguir algo de comer. Las tiendas aún cerradas me obligaron a adentrarme cada vez más en la ciudad. Lo único que logré conseguir fue una pizza que costó cinco euros. Se demoraron más de la cuenta en prepararla y no tuve el tiempo para disfrutarla. De hecho, mientras corría de manera desesperada de regreso a la estación me la terminé de comer.

Sabía lo que estaba por suceder, el tren que salía a las 9:20 de la mañana lo haría sin mí. Así fue. Por más de dos minutos perdí el transporte que me llevaría directamente hasta Albertville, punto de encuentro con Camilo Amaya, un amigo de El Espectador, quien fue el enviado especial para cubrir de principio a fin el Tour de Francia y que gestionó mi acreditación, transporte y hospedaje para los últimos días de la competencia.

Los 130 euros que costó el tiquete en una oferta que logré conseguir en una de las noches que pasé buscando se perdieron. En verdad, la pizza más cara que he pagado en toda mi vida.

Filas interminables soporté para tratar de conseguir un nuevo boleto. Sin mayor opción y por un alto precio logré conseguir un trayecto hasta Lyon y de allí hasta Saint-Jean-De Maurienne al sur de los Alpes franceses. Allí, el día siguiente sería el punto de partida de la etapa 19. En ese lugar me encontraría con Amaya.

Viajé en la tarde, dos horas y media hasta Lyon. Mientras esperaba el siguiente trayecto busqué la transmisión de la jornada, un recorrido exigente, en el que la especialidad del día era la alta montaña, pues pasarían puertos míticos como el Col del Izoard y el Galibier.

No logré encontrar la transmisión en vivo en ningún lado, probablemente por temas de derechos. Sin embargo una video llamada milagrosa de mis padres y mi hermano me permitieron enterarme de los últimos sucesos de la etapa. Nairo, en cabeza de carrera, atacó de lejos a sus compañeros de fuga, pedaleaba en solitario rumbo a la meta y tenía todas las opciones de sumar una victoria más a su amplio palmarés.

Ya en camino, a través de la ventana del tren, lograba divisar a lo lejos los helicópteros encargados de transmitir la carrera a nivel mundial. Estaba relativamente cerca al lugar donde ‘El Cóndor’ Quintana estaba escribiendo una vez más la historia. Mi familia al otro lado del mundo continuaba con la carrera en vivo. Nada que envidiarle a los más grandes comentaristas y narradores de este deporte. Como era de esperarse el boyacense de 30 años levantó sus brazos y demostró que en sus piernas queda fuerza para rato.

Por más de una hora caminé de la estación de tren al centro de Saint-Jean-De Maurienne. Las carreteras estaban cerradas por la competencia y era imposible conseguir transporte. Ya era de noche y puedo recordar ese mensaje que llegó a mi celular. Por mal tiempo la mayoría de los periodistas no estarían en el punto de partida, saldrían directo a la meta en Tignes.

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Camilo me recomendaba que saliera lo antes posible de ese lugar. Demasiado tarde, era algo imposible de lograr. Ya sabía cómo era la cosa, todo el mundo estaba en ese pequeño pueblo, el costo de una habitación superaba los 250 euros, así que busqué la banca más cómoda, saque la almohada que tomé prestada del avión y me acosté esperando que amaneciera lo antes posible para continuar mi recorrido.

La ansiedad no me permitió dormir, tenía que salir de allí a toda costa. A los 5:20 a.m. ya estaba dando mis primeros pasos. En un abrir y cerrar de ojos el sol me sorprendió en la carretera con seis kilómetros ya recorridos. Después de un tiempo prolongado y de muchos intentos pidiendo un aventón, un Fiat rojo, antiguo, se detuvo y me permitió subir.

Para romper el hielo saque los dulces típicos de nuestro país que había llevado para ofrecer en agradecimiento a todo aquel que me ayudara. Alizee, una francesa maravillosa, me sorprendió porque reaccionó con emoción al ver la envoltura de los supercocos y los barriletes. Los conocía porque su hija desde hace años vive en Cali y cada vez que puede se los envía. En verdad los ama, casi igual que una buena canción de salsa, ese género musical emblemático de la sucursal.

Lo noté porque en todo el trayecto se comió más de 20 dulces, uno tras de otro, parecía una niña aun cuando sus canas delataban su edad. Charlamos dos horas sin parar. ¿De qué?, no sé, de todo supongo. Lo digo porque ella solo hablaba francés y en ocasiones coincidimos con una que otra palabra en inglés. A punta de señas nos hicimos entender. En medio de risas, de dulces y canciones del grupo Niche, Alizee, me dejó en la entrada de Albertville.

Una caminata para llegar al hotel donde me estaban esperando, que no debería tardar más de media hora según Google maps, se convirtió en hora y media. La aplicación no calculó que llevaba dos días sin dormir. Mis comidas no habían pasado de pan, agua y atún y las altas temperaturas por la ola de calor que enfrentaba Europa por esos días mermaron mis fuerzas drásticamente.

Perdí el transporte y la oportunidad de vivir una de las etapas más emocionantes del ciclismo actual. Después de bañarme, el cansancio venció finalmente a la frustración y la tristeza que en ese momento sentía. Tanto esfuerzo para llegar hasta allá y ver la etapa por televisión. No hay derecho.

Cuando desperté escuché la noticia que le daba la vuelta al mundo. Egan en el podio con el maillot amarillo en su pecho, ese que representa al líder de la prueba de ruta más importante del mundo, el que anhela todo el pelotón y solo el mejor lo puede portar.

Al día siguiente, en el punto de partida, después de las entrevistas a los ciclistas colombianos, las fotos para el recuerdo, el show de la caravana publicitaria y los últimos mensajes a la familia y amigos, iniciamos el viaje de 59 kilómetros con destino a Val Thorens con mi compañero de viaje, un periodista costarricense que amablemente se ofreció a llevarme el resto de competencia.

Desde el inicio la carrera se puso dura. Las fugas de los corredores que querían llegar con ventaja al puerto de montaña se intensificaron. Los ríos de gente en todo el trayecto, las banderas con el amarillo, azul y rojo a diestra y siniestra mostrando el apoyo al joven de Zipaquirá y al resto de escarabajos.

Me ubiqué a dos kilómetros de meta, al finalizar un túnel. Era el lugar perfecto para presenciar el momento que toda la vida soñé. Me colgué la bandera como si fuera una capa, quería parecerme en algo a mi papá, mi más grande superhéroe. El sonido de los helicópteros y los carros de seguridad abriendo espacio entre los aficionados indicaban que el pelotón multicolor estaba a punto de llegar.

El italiano Vicenzo Nibali, un corredor experimentado, fue el primero en aparecer. Venía con lo justo, su rostro y su forma de pedalear delataban su cansancio. Mientras me preparaba física y mentalmente para el momento histórico, Egan y los demás aparecieron, un grupo selecto en el que Nairo Quintana y Rigoberto Urán también estaban presentes. Venían con un ritmo de carrera impresionante.

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Corrí y grité como nunca, hasta donde mi voz entrecortada me lo permitió. Exclamé lo duros que son, el respeto y admiración que transmiten, por la disciplina y dedicación que este exigente deporte requiere y que va más allá de los miles de sacrificios que realizan para estar en la élite mundial.

Minutos, horas, días, semanas, meses y años de trabajo, esfuerzo y sueños resumidos en esos segundos. Con el corazón a mil, tratando de regular mi respiración, de asimilar lo que acababa de vivir, una sensación extraña me invadió. ¿Alegría?, ¿nostalgia?: no lo sé, supongo que las dos. Solo sé que el silencio abrumador de ese momento lo pude anular con una larga y pausada exhalación acompañada de un llanto incontenible.

En la sala de prensa pude revivir los últimos instantes de la etapa. Nibali se llevó el premio a su valentía, un lote que no logró sacar diferencias y un campeón virtual sólido. La cámara de televisión enfocando la salida del túnel y allí estaba yo alentando a esos capos, con la bandera colgada como me lo prometí y se lo prometí a mi papá.

En la noche iniciamos nuestro viaje rumbo a París. La cantidad de vehículos, el mal tiempo y las paradas técnicas que nunca faltan nos demoraron más de 10 horas hasta la capital francesa. Sin embargo ese trayecto fue diferente, lo disfruté al máximo. El sol saliendo tras las colinas, el campo verde y rejuvenecido por las fuertes lluvias en época de verano y los paisajes idénticos a la amada y natal Boyacá de mi papá, traían a mi alma una felicidad indescriptible.

El paseo de la gloria en los Campos Elíseos es algo de otro mundo. La champaña para celebrar, el saludo entre compatriotas, los abrazos con los amigos y desconocidos. Un circuito de ocho vueltas por las calles de la Ciudad Luz, que terminó con el triunfo de Caleb Ewan.

Egan Bernal, con 22 años de edad, cruzaba la línea de meta como el primer colombiano y latinoamericano en convertirse en campeón de la carrera por etapas más importante del mundo, el Tour de Francia. Allí estábamos, porque yo no estuve solo. Estuvimos, padre mío. Fue el día que hicimos historia.

El Arco del Triunfo frente a nosotros. Un atardecer mágico. Como si el mismo cielo se hubiese puesto de acuerdo para brindar por nuestra felicidad. La bandera de Colombia en lo más alto y Egan Bernal en el primer escalón del podio.

Un silencio absoluto se instaló en el lugar. Por respeto y protocolo el mundo entero de pie. El momento que por décadas habíamos soñado, llegó. De la nada, un do, sol, mi, que daban el inicio a las primeras notas de la composición de Rafael Núñez. Cómo explicar ese escalofrío que pasa por todo el cuerpo y le pone la piel de gallina a cualquiera. Esa sensación en mis manos temblorosas y adormecidas que apretaba en mi corazón. Esas ganas inmensas de llorar. Y ni hablar del nudo en la garganta que logré desatar a todo pulmón junto a millones de compatriotas que a una sola voz entonamos el himno nacional de Colombia.

“¡Oh gloria inmarcesible! ¡Oh júbilo inmortal! En surcos de dolores el bien germina ya”. Con los ojos cerrados, las lágrimas que era imposible contener y que rodaban por mis mejillas, logré presenciar cómo el mundo le brindaba un homenaje a la raza colombiana. Ese domingo 28 de julio de 2019, a las 9:58 p.m. de Francia. Un reconocimiento a una raza pujante, humilde, honesta y trabajadora que pedalea por cumplir sus sueños y que en esa ocasión había celebrado gracias el deporte más duro y más lindo del mundo.

“¡Cesó la horrible noche! La libertad sublime derrama las auroras de su invencible luz….” Pensamientos que van y vienen y el sentimiento a flor de piel traían a mi memoria a aquellos escarabajos colombianos que por décadas lucharon hasta el cansancio para alcanzar y entregar la gloria a toda una nación, con Alfonso Flórez a la cabeza y aquella escuadra de valientes que en 1980 iniciaron el recorrido y abrieron un espacio en el pelotón internacional para que las futuras generaciones al mando de grandes corredores como Lucho Herrera, Fabio Parra, Oliverio Rincón, Álvaro Mejía, Santiago Botero, Mauricio soler, Rigoberto Urán y el gran Nairo Quintana, entre muchos otros, lograran algún día conquistar el sueño amarillo.

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La melodía en su máximo esplendor, el corazón a punto de salirse, la voz que iba incrementando su intensidad y las frases que salen del alma y no solo se dicen, se sienten. “La humanidad entera, que entre cadenas gime, comprende las palabras del que murió en la cruz”.

El silencio se apoderó una vez más del lugar. Un segundo que se extendió en la eternidad y logramos disipar con un “Viva Colombia” a grito herido que nos salió del corazón acompañado de silbidos y aplausos.

Abrí los ojos y a mi alrededor pude observar que las emociones de los que estábamos allí eran similares. Las mismas que siento en este instante y seguirán apareciendo cada vez que recuerde ese momento. Sabias son las palabras de aquel que murió en la cruz. Todos somos hermanos, cuando nos unimos y empujamos para el mismo lado podemos lograr cosas inimaginables.

Un minuto largo duro el cántico, tiempo suficiente para enmarcar y dejar plasmado para el resto de la vida. Eso es lo que se siente al escuchar el himno nacional de Colombia en otro país, padre mío.

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