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28 Nov 2021 - 2:00 a. m.

Matt Rendell: el ciclismo colombiano es nuestra resistencia cultural

“Colombia podría hacer con el ciclismo lo que hizo Cuba con la medicina”, dice el reconocido periodista británico, que tiene una debilidad declarada por nuestro país. Entrevista.
Thomas Blanco

Thomas Blanco

Periodista Deportes
En los próximos días, Rendell publicará Colombia es Pasión, libro que resume la década más dorada de nuestro ciclismo: desde el triunfo de Nairo en el Tour de l'Avenir 2010 hasta el Tour de Francia de Egan Bernal en 2019.
En los próximos días, Rendell publicará Colombia es Pasión, libro que resume la década más dorada de nuestro ciclismo: desde el triunfo de Nairo en el Tour de l'Avenir 2010 hasta el Tour de Francia de Egan Bernal en 2019.
Foto: Titán Sports

“Estudiar al alma es como estudiar al sol. Puedes pasar a través de él y cuando salgas al otro lado dirás: ‘Pasé por el sol, pero no entendí nada’. Lo que debes estudiar es una imagen, una parte. Y si uno quiere entender al alma colombiana, el ciclismo es esa imagen. Todos creen que yo hablo de ciclismo, pero la verdad es que yo hablo del alma”, dice Matt Rendell, reconocido periodista británico y autor del que tal vez es el libro más importante que se ha escrito de nuestro ciclismo: Reyes de las montañas, que, paradójicamente, por alguna misteriosa razón, es una especie de búsqueda de un tesoro, los centenares de ejemplares que se imprimieron desaparecieron y solo se encuentra en librerías alternativas, serendipia, por azar.

“Entre 1880 y 1930, 55 millones de inmigrantes cruzaron el Atlántico para radicarse en Estados Unidos, México, Argentina, en fin. ¿Cuántos fueron a Colombia? No muchos... de pronto los bisabuelos de Álvaro Hodeg y ya (risas). La Colombia conservadora, violenta, de guerras civiles, subdesarrollada, introvertida, se dio cuenta de que en el mundo exterior hubo un intercambio de realidades y que ella no formó parte de eso. Y en los años 50, el Zipa Forero leyó en una revista francesa que había un Tour de Francia. Parecía otro planeta, otro mundo, pero podíamos hacerlo aquí. Desde ahí hubo una relación con el mundo exterior: importar un sueño, elaborarlo y hacerlo nuestro... integrarnos al mundo; el deporte es eso”.

(Lea: “El Zipa” Forero, el ingeniero de la primera Vuelta a Colombia)

Porque para Matt Rendell el ciclismo colombiano es el vehículo de la reivindicación del campesino, el que transmite los valores del campo y no los deja morir. Resistir.

“El ciclismo recoge una serie de elementos del mundo campesino, que es un mundo despreciado, porque el desarrollo sirve para olvidar la realidad del campo. En Colombia, tan única, lo importan y lo utilizan para seleccionar aspectos del mundo campesino, los meten en una bicicleta y eso los representa en la modernidad. A través del ciclismo, la cultura urbana abraza a la campesina. Es el cordón umbilical al pasado, el que permite al alma del colombiano modernizarse, pero sin despreciar de dónde viene”.

Y los ciclistas, sin saberlo, cuentan de dónde vienen, de dónde venimos. Narran con su propia piel nuestra historia. Como lo hace el ciclista más representativo del país: Nairo Quintana.

“Jiménez de Quesada llega con 700 conquistadores. Los muiscas les ofrecen ayuda, los destrozan y solo quedan los nombres de los lugares. Y uno ve en las caras de don Luis y doña Eloísa (padres de Nairo) al blanco y al negro, al español y al muisca. Nairo tenía una enfermedad, una que ni siquiera tenía nombre, que en Arcabuco la llamaban Toque Muerto. Y lo que él sufría solo se podía tratar con plantas tradicionales, no existía en la medicina tradicional. Su supervivencia es un hecho biográfico para su comunidad y una resistencia cultural contra la modernidad, que es un choque entre su realidad campesina y el mundo”.

La curiosidad de Rendell lo llevó a Colombia por primera vez en 1998, luego de hacer una traducción para la televisión británica en la que descubrió la existencia del exciclista José “Chepe” González, un hombre que contaba la historia calcada de todos los demás colombianos: un campesino que sostenía a su familia pedaleando. Una antítesis de los pedalistas belgas, franceses e italianos. Desde ese momento tuvo un lazo con el país que utilizó a las bielas como reacción cultural a un fenómeno tan latente de los humanos como el desarrollo económico.

(Lea: La silla vacía de Alfonso Flórez, el primer ciclista colombiano que conquistó Europa)

“En Colombia empieza como política nacional en 1949, cuando viene Lauchlin Currie a hacer sus mandados del Banco Mundial, de la industrialización. Pero siempre hubo la idea de que lo mejor es nuestro pasado campesino. Colombia hizo con el ciclismo lo que Japón hizo con el baseball: lo importó, pero lo adaptó a sus fines. Esto es único en el mundo, por eso queremos declarar al ciclismo como patrimonio intangible de la nación”.

Pero así como el ciclismo cuenta nuestra historia y transporta nuestros valores en el tiempo, también desnuda nuestros demonios. El desorden, la burocracia, la corrupción, las mermeladas del poder, los egoísmos. Porque mientras potencias como Francia, Italia y España se queman las pestañas buscando ciclistas que honren la historia que tienen, en Colombia, por generación espontánea abundan, eso sí, no para siempre, uno tras otro... pero sin la estructura y el apoyo necesario. “Yo lo resumo todo con un ejemplo. En 2017, Nairo llegó con cinco grandes patrocinadores a apoyar el ciclismo, pero las ligas dijeron que no. Que ellos querían sus cinco uniformes, su viaje a París invitados por la Federación Colombiana de Ciclismo, en fin. Y uno dice: ¿qué pasa y cómo es posible? Los colombianos no quieren una segunda vaca, una quinta o una vaca 500. Quieren una, solo una, pero que sea la de ellos y de nadie más, ese es el problema. Si quisieran, si hubiera ambición, Colombia podría hacer con el ciclismo lo que Cuba hace por la medicina. Eso es lo que más deprime, lo que es más difícil de entender”.

Lea: ¿Por qué llaman escarabajos a los ciclistas colombianos?

El sueño de Matt Rendell es la nacionalidad colombiana, no pertenece a ningún otro rincón del mundo. “Yo digo que Colombia tiene lo peor del mundo, ¡pero también tiene lo mejor! Este país no entiende lo que tiene, esa es la enfermedad de los colombianos. Son como ese pez que nada en el mar y no ve más allá del agua, de su pequeño universo. Y yo soy como esa gaviota que desde arriba dice: ‘Pero qué agua tan hermosa, ¡hasta con un mar de cinco colores como el de San Andrés!’”.

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