Primoz Roglic, el águila eslovena de las alas infinitas

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Hace ocho años el mejor ciclista del mundo en 2020 era esquiador profesional. Su talento y fuerte mentalidad lo llevaron a subirse al podio en las tres grandes carreras por etapas. Historia de superación y perseverancia.

El esloveno Primoz Roglic, nacido en Trbovlje hace 31 años, es oficialmente doble ganador de la Vuelta a España. Tiene un logotipo personal que refleja una rueda con alas. Lo suyo fue volar con los esquís hasta los 22 años, después siguió volando, primero con la imaginación y luego con la bicicleta. En el águila eslovena impera la ambición, nacida de un reto personal y pulida con el trabajo.

El logotipo está diseñado para un atleta que siempre quiso volar hacia el cielo y significa que Primoz Roglic nunca se detiene, ni para tomar impulso. Triunfó surcando el infinito con los esquís, pero lo dejó en 2012 tras lesionarse y ser campeón del Mundo juvenil.

Le llamó la bicicleta a través del duatlón. Le gustaban más los pedales que las zapatillas de correr y tocó la puerta del ciclismo, tarde, pero a tiempo para alcanzar la gloria.

El vuelo comenzó con dificultades, esfuerzos económicos enormes, descréditos. Trabas que fue saltando como si aún tuviera puestos los esquís. Terco y ambicioso como él solo, en poco tiempo se salió con la suya.

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Solo ocho años después de comenzar con la bici, su palmarés habla por si solo: Dos Vueltas a España, segundo en el Tour, tercero en el Giro, Lieja Bastoña, Vuelta al País Vasco.... ¿un milagro?.

La ambición, su sello personal

Roglic, cuando no era nadie, también soñaba por todo lo alto, como ahora. Es un tipo calculador, metódico, frío, no se puede decir que sea antipático porque no sonría con facilidad en público o ante la prensa. Prefiere la discreción y expresarse en la carretera.

Se hizo ciclista en el entorno de Liubliana, en el equipo continental Radenska. Entró a la escuadra en 2012 con mucho esfuerzo e incluso retando a los que no confiaban en él por su avanzada edad para iniciarse.

El excorredor esloveno Andrej Hauptman, bronce en el Mundial 2011, se ocupaba de los juveniles y de los sub 23 del citado equipo. Fue el primero que escuchó los anhelos ciclistas de Roglic.

“Me dijo que había dejado el esquí, que había descubierto el ciclismo y que quería ser profesional. Pensé que eso era imposible, pero él insistió. Le mandé al equipo amateur y le dije que tenía que comprarse la bici y pagar la licencia, y que eso le iba a costar 5.000 euros. Era una explicación para quitármelo de encima”, dice.

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Ahí quedó el desafío para el saltador. Una especie de primera etapa con puertos imposibles. Y la superó. Hauptman tuvo que atender una llamada telefónica. Era Roglic. “Me llamó y me dijo :”Hola, soy Primoz Roglic, se acuerda de mi?. Tengo el dinero y la bicicleta".

Roglic no regateó esfuerzos. Le pidió los 5.000 euros a su padre y se puso a trabajar en un supermercado para reunir la cifra. El técnico sigue recordando aquellos primeros pasos del campeón en potencia del que desconfió.

“Se presentó con su bici, una Wilier que pesaba un kilo más que las de sus rivales. Recuerdo que se caía mucho, no sabía comer sobre la bici, ni quitar el papel de las barritas, era un poco desastre. Como aficionado no ganó grandes carreras”.

El sueño sigue volando

Roglic estudió en la escuela secundaria de economía en Kranj y luego en la Facultad de Ciencias Empresariales. Aún le espera un diploma que nunca pasó a recoger. No tuvo tiempo, ni ganas, pero sí lo tuvo para probar seis meses en el equipo Adria Mobil y convertirse en profesional.

“Hizo unos ensayos impresionantes; le fichamos, claro, y estuvo dos años con nosotros. Recuerdo que para él cada carrera era una final, lo daba todo”, comenta el entonces patrón de la escuadra, Bojdan Fink.

La trayectoria ciclística empezó a alzar el vuelo. Dejó el Adria Mobil en 2015 y de ahí directamente a su equipo actual, el Lotto Jumbo, ahora Jumbo Visma. Tras dos años de tanteo, su presentación en sociedad llegó pronto. En el Giro de Italia 2016 ganó una crono de 40 kilómetros y se proclamó campeón nacional en esa modalidad.

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En 2017 lanzó otro aviso ganando una etapa en el Tour de Francia, la Vuelta al Algarve, dos fracciones en el País Vasco y fue plata mundial contrarreloj. Un año después vuelve a ganar en el Tour, y la general de Romandía y País Vasco. Ya estaba lanzado, hasta que se proclamó ganador de su primera grande en la Vuelta 2019. Y además alcanzó otro galardón de oro: se convirtió en el padre de Leo.

Próxima estación, el Tour de Francia. En 2020 el salto era la camiseta amarilla en París. Él y su equipo dominaron la carrera, estuvo 10 días de líder, pero el penúltimo día su compatriota de 21 años Tadej Pogacar le cortó el vuelo. Fue segundo.

Un palo indiscutible para un ganador nato. Una asignatura pendiente para 2021, que de momento pudo aliviar con títulos importantes, como la Lieja-Bastoña-Lieja y el doblete en la Vuelta a España de la pandemia. Se escapó el Tour, pero ese reto queda pendiente. Otra razón más para seguir volando.

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