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1 Jun 2022 - 10:03 p. m.

El juego de las mafias IV: El 5-0 a Argentina, de la euforia a la tragedia

La influencia del narcotráfico en el fútbol colombiano en pleno Mundial de 1994. Cuarto capítulo de la nueva entrega del especial ¿A qué jugamos?
Fernando Araújo Vélez

Fernando Araújo Vélez

Editor de Cultura
Era el 5 de septiembre de 1993. Colombia, por supuesto, solo hablaba de fútbol, igual que Argentina. Los dos dependían de una victoria para clasificar al Mundial del 94.
Era el 5 de septiembre de 1993. Colombia, por supuesto, solo hablaba de fútbol, igual que Argentina. Los dos dependían de una victoria para clasificar al Mundial del 94.
Foto: Archivo

“Muuuuuyyyyy buenaaaaas tardes… A partir de este momento, La voz, el más grande… Edgaaaaaaar Pereaaaa Ariaaaas”. Sonó entonces un jingle que decía, “Tu papá llevará a todos los rincones de mi querida patria, Colombia, las acciones de este dramático partido entre las selecciones de Argentina”, con un coro que cantaba “Se murió, Argentina se murióóó”, y otro que instantes después entonaba las notas de Colombiaaaaaaaa, “Ayyyyy qué orgulloso me siento de ser un buen colombianoooooooo”.

“Así es, damas y caballeros —gritaba Édgar Perea—, les voy a narrar los 90 minutos más dramáticos y emocionantes de la historia del fútbol suramericano, un partido no apto para cardíacos. Si usted sufre del corazón, no oiga ni vea este partido, porque hoy los once varones, los once machos colombianos les van a demostrar a estos mequetrefes habladores de paja, bailadores de tango y milongas, que la cumbia es un mejor ritmo y que del toque-toque-y-dale nosotros sí sabemos”.

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Luego de una pequeña pausa, Perea continuaba con la apertura de su transmisión para todo el país, diciendo: “Hoy le vamos a tapar la tremenda bocaza a ese hablador que se llama Maradona, y también le vamos a demostrar al mundo cómo se juega al fútbol, ese fútbol de calidad que sólo sabe jugar el equipo de mi tierra. Damas y caballeros, prepárense, porque a partir de este momento les vamos a dar a estos churrasqueros, ¡duro y a la cabeza! Nosotros no comemos cuento con esas figuras infladas de Goycochea, Ruggeri, Simeone y Batistuta. Nosotros, con Rincón, Asprilla, el tren Valencia y el pibe Valderrama, tenemos el fútbol suficiente para darles una lección a estos petulantes que creen que después de Dios no vienen los santos ni los ángeles, sino ellos. Pero hoy les vamos a demostrar, aquí, en su propio patio, que Colombia tiene la mejor selección de fútbol del mundo. Así es, damas y caballeros. Bienvenidos al espectáculo de su majestad… ¡el gol!”.

Era el 5 de septiembre de 1993. Colombia, por supuesto, solo hablaba de fútbol, igual que Argentina. Los dos dependían de una victoria para clasificar al Mundial del 94. En realidad, Édgar Perea con su preludio de incendio solo era la representación de millones de colombianos, que habían ido forjando sus gustos y odios, sus colores y preferencias, llevados por él y por varios periodistas que eran “Las voces de la Verdad” en la radio y la televisión. Por aquellos años, como antes y como después, y como hoy, el odio y el incendio vendían. Perea era experto en enardecer a las masas, y las emisoras para las que trabajaba le permitían lo que quisiera y lo que dijera, pues el gran objetivo era vender. El rating, las mediciones de sintonía, cada día eras más decisivas para captar anunciantes, y por ende, sumar y sumar dineros. Casi todo lo demás sobraba. Sobraban la prudencia y la ética. Sobraban las posibles consecuencias de lo que gritaban los “opinadores”.

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Las consecuencias poco importaron, y los casi cien muertos que dejaron las peleas callejeras, de bar, de aguardiente, de ira desfogada, de viejos rencores y de decenas de razones más, pasaron al olvido colectivo de un día para el otro, pues Colombia había ganado, había clasificado a la Copa del Mundo del 94, y además, había goleado 5-0 a la Argentina en el estadio Monumental de River Plate, en una tarde noche y un partido de fútbol que se repitió una y otra y otra vez por la televisión colombiana, y que en Argentina provocó una inmensa polémica. “Ahora sí nos jodimos, Pacho, vamos a tener que ganar el Mundial”, fueron algunas de las palabras que pronunció Hernán Darío Gómez apenas se acabó el partido. El Bolillo, como lo llamaban, tenía muy en claro que desde aquel día todo iba a ser muy complejo, pues aquel triunfo iba a llevar a las masas y a los cientos de agentes interesados a una especie de delirio sin fin en el que les iban a exigir la Copa del Mundo a él, a Maturana y a la selección.

Maturana lo escuchó, y fiel a sí mismo, guardó silencio, algo perplejo por el frenesí que había desbordado el vestuario de Colombia luego del 5-0, por el que desfilaban los jugadores y algunos de sus familiares, unos cuantos amigos, otros tantos dirigentes, los periodistas más connotados del fútbol colombiano, uno que otro curioso, y varios personajes, oscuros personajes que ya se habían paseado por los pasillos del Hotel Hyatt desde la llegada de la delegación a Buenos Aires, y se metían en las habitaciones de los futbolistas y se mezclaban con los directivos para compartir whiskys, ideas, programas y sobres. La mayoría había estado en cada uno de los juegos de aquella eliminatoria y unos tantos más se habían sumado al jolgorio en la noche de aquel 5 de septiembre: casi todos, y otros varios, harían parte del conglomerado de gente que se la pasaría al lado de la Selección en los 22 partidos de preparación que afrontó, y en los distintos lugares por los que pasó durante la Copa del 94 de Estados Unidos.

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Pasado un largo tiempo, siempre en secreto y con mucho miedo, por supuesto, algunos periodistas, e incluso escritores, comentaron que esos oscuros personajes eran los que le habían dejado un mensaje de muerte en el televisor de su habitación en el hotel de Los Ángeles a Maturana para exigirle que no alineara en el decisivo partido contra Estados Unidos a Gabriel Jaime Gómez, y que de una u otra manera, eran quienes habían sembrado cizaña en el grupo de la Selección para dividirlo y sacar rédito de esa división. Más allá de los rumores, de las culpas y demás, la “familia del fútbol colombiano” los conocía a la perfección, sabía quiénes eran y a quiénes representaban, y les había abierto las puertas de par en par. Por eso se pasearon por el vestuario visitante del Monumental la noche del 5 de septiembre, y por eso, luego, estuvieron en el Hyatt y amanecieron e hicieron fiestas allí, y por eso, también, varios se subieron al avión que llevó al equipo a Bogotá en la madrugada del 6 de septiembre.

Cuando el vuelo que transportaba a la delegación, a los dirigentes, a unos cuentos periodistas y a aquellos turbios personajes arribó a Eldorado, Bogotá parecía el despojo de una guerra. Camisetas y banderas de Argentina quemadas, botellas de aguardiente, de brandy y de ron por las aceras, colillas de cigarrillos, gente durmiendo en las inmediaciones del aeropuerto, y en fin. Hasta aquella tarde de lunes, pocos sabían lo que había ocurrido la noche anterior, y los cadáveres de la gran “fiesta” se arrumaban en las funerarias y en la morgue del Instituto Nacional de Medicina Legal. Los medios apenas si tocaban la noticia de los desmanes. Preferían seguir dándole bombo a la victoria de Colombia, y algunos periodistas encendían la llama de la pasión. La selección fue recibida y homenajeada por el público, embriagado de victoria, y recibió en conjunto la Cruz de Boyacá de manos del presidente César Gaviria Trujillo en la gramilla de El Campín. En medio de los vítores y de las serpentinas, el equipo pidió en pleno por René Higuita.

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Exigió que las autoridades judiciales lo liberaran de una condena que cumplía en la cárcel Modelo de Bogotá por haber intercedido en la liberación de la hija del narcotraficante Luis Carlos Molina Yepes. El público apoyó la moción, y hasta el presidente Gaviria hizo gesto de aprobación. Higuita era uno de los referentes de la selección, y quizás, el hombre sobre el cual Maturana había edificado su sistema, pues más allá de sus reflejos y de su estado atlético, era el primer defensor del equipo, la voz que lo ordenaba desde atrás, y quien comenzaba a construir el juego. Se adelantaba dos segundos a las intenciones del rival y solía salir con la pelota dominada para no rifarla. Pese a uno que otro error como el que lo sepultó en el Mundial de Italia ante Camerún en octavos de final, Higuita era una de las caras del fútbol de Colombia, que habría tenido muchos inconvenientes sin su lectura del juego. Pasados unos meses, Maturana dijo: “Había que entender la situación, estábamos en un momento de gloria y parte de esa gloria le pertenecía a René”.

Por aquel momento de gloria, las concentraciones, los análisis, la mesura, el trabajo y las previsiones, entre otros tantos asuntos, fueron desestimados, olvidados. Desde el 5 de septiembre del 93, Colombia como sociedad, y el mundo fútbol con sus múltiples aristas se fue transformando y cayó en un inmenso agujero de triunfalismo y de conveniencias. Los medios de comunicación y los periodistas, las agencias de publicidad, las empresas y los empresarios, el tráfico de influencias, los mercados negros, las casas de apuestas y los juegos y las apuestas clandestinas, las mafias, los capos y sus miles de subalternos, los políticos y los aspirantes a políticos, algunos artistas y unos cuantos promotores, los mercaderes, las asociaciones no gubernamentales, las comunidades, los dirigentes y los aprendices de directivos, las universidades y un casi infinito etcétera de personajes, se subieron al tren de la victoria y metieron baza en todos y cada uno de los aspectos de la selección.

Eran tantas las voces y tantos los gritos, y tantas las mentiras y la descarada venta de ilusiones, que parecía imposible que alguien se saliera de aquella vorágine y dijera algo sensato. Aquel que no proclamara hasta la saciedad que Colombia era el mejor equipo del mundo, y quien no lo diera como campeón del mundo, era un enemigo y punto. Aquel que no alabara a Carlos Valderrama y a Faustino Asprilla y a Fredy Rincón y Cía, no era digno de ser invitado a la fiesta, y la fiesta comenzó aquella misma noche del 5 de septiembre, y siguió durante la del 6 de septiembre en El Campín y en toda Bogotá y el resto del país, y continuó con 22 partidos de preparación en un tiempo de siete meses, que por supuesto, no le sumaron al equipo más que lesiones, cansancio, agotamiento, rencillas, malestar, y hasta desidia y hastío. Colombia y su fútbol vendían, y como vendían, había que ponerlos a trabajar para que vendieran más y más, sin que importaran mucho los rivales ni los métodos para elegirlos, y sin que se tuviera en cuenta la ilusión del hincha que se había creado.

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Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual es editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.Faraujo@elespectador.com
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