El “Flaco” Meléndez, dueño del Metropolitano

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Hoy, 12 de julio, se estaría disputando la final de la Copa América 2020 en el templo de la Selección Colombia en Barranquilla. Aquí la historia del primer colombiano en jugar en el exterior, que le dio su nombre al estadio.

Es la hora del fútbol, 3:30 p.m., del 17 de marzo del año 1991. Las gradas están llenas de familias y aficionados. El encuentro de aquel día entre el Junior y el Sporting de Barranquilla marcó un hecho histórico para el deporte: el Estadio Metropolitano quedó bautizado con el nombre de Roberto Meléndez.

“Sólo tengo palabras de gratitud para ustedes por este homenaje en el que mi nombre servirá para identificar uno de los escenarios deportivos más importantes de Colombia y Latinoamérica”, señaló esa tarde el homenajeado, que ya no estaba flaco.

Chelo de Castro fue el promotor. Él, agradecido por todas las veces en las que gozó del talento del Flaco Meléndez, inició una campaña con el fin de hacerle un homenaje en vida. Así, logró que la junta directiva de Metrofútbol decidiera, por medio de una votación unánime, que este estadio gigantesco y monumental fuese bautizado en honor al Flaco Roberto Meléndez.

El Estadio Metropolitano Roberto Meléndez es actualmente la Casa de la Selección Colombia y con mayor frecuencia se viste con los colores del Júnior de Barranquilla. Se inauguró en 1986, pensado para el Mundial que no tuvimos, y desde ahí las gestas de nuestra Tricolor han sido vistas desde las gradas del Metro. En la casa del Flaco, Colombia ha logrado sus clasificaciones mundialistas a Italia 90, Estados Unidos 94, Francia 98, Brasil 2014 y Rusia 2018.

Sin embargo, son pocas las personas que conocen realmente la trayectoria deportiva de Roberto Meléndez. Nació en Barranquilla el 31 de marzo de 1912. Sus progenitores fueron Teodoro Meléndez y Tulia Lara. Ellos le regalaron al Flaco la venerable suma de 16 hermanos. Eran otros tiempos. En Rebolo, barrio que lo vio patear bola e’ trapo, aprendió dos cosas: a jugar fútbol y a ser buen amigo. Esas dos reglas básicas y trascendentales le marcaron la vida.

Concretó una trayectoria deportiva de más de 20 años, en las que no sólo se destacó como futbolista, sino también en deportes como béisbol y basquetbol. Lastimosamente en aquellos tiempos no existía algún medio que recopilara una cifra exacta de cuántos goles anotó. Sin embargo, varios periodistas deportivos del momento aseguran que fueron más de 500 goles y que estos eran el resultado de aquella destreza y potencia de su zurda. Su aspecto físico causaba intriga para cualquier hincha, pues su notable flacura no representaba la fuerza que tenían sus piernas para mandar el balón al fondo del arco. Como los grandes, El Flaco, en la cancha, hacía ver fácil lo difícil.

En cierta ocasión, en 1932, Enrique Olaya Herrera, presidente de Colombia, lo invitó al palco para conocerlo en persona y felicitarlo por la calidad de su juego. Esto fue un paso gigante en su carrera y un orgullo para su vida, pues en aquella época los presidentes no eran como los de ahora que utilizan la camisa del jugador más popular del momento para ganar votos en sus campañas o posar de patriotas.

Hay que decir, además, que el Flaco fue el primer futbolista colombiano vendido al exterior. En 1939 el equipo Hispano América de Cuba lo contrató luego de comprobar su talento. Nadie había vivido esta experiencia. Nadie había dejado todo a un lado, su familia, amigos y comodidades por entregarse a la pasión del deporte. Pero, al parecer, la vida no lo quiso apartar por mucho tiempo de la ciudad cuyo estadio, décadas después, llevaría su nombre. Por el estallido de la Segunda Guerra Mundial, tuvo que regresar a su ciudad.

Al Flaco no le bastó con recorrer las canchas llevando un balón de un lado a otro. Sino que también quiso ser parte de ellas desde la banca de director técnico. Fue el timonel de diferentes equipos de fútbol, entre los cuales están la Selección Colombia y las selecciones de los departamentos del Caribe como Bolívar, Córdoba, Magdalena y Atlántico. Con este último, el suyo, rebatió para siempre ese dicho popular que afirma que nadie es profeta en su tierra: consiguió llevarse la medalla de oro en fútbol durante los Juegos Centroamericanos y del Caribe Barranquilla 1946.

La vida del Flaco le hizo un cambio de frente a otras canchas. Esta vez no tenían las mismas dimensiones, la misma grama o los mismos jugadores, eran canchas educativas. Chelo de Castro, en una de sus tantas crónicas deportivas comentaba que “Roberto Meléndez, con el paso inexorable de los años, cambió la amplitud de la cancha de fútbol, del rectángulo basquetero, del anchuroso campo para la práctica del béisbol, por lo angosto de las aulas”.

Los colegios Colón y Americano lo nombraron como docente de educación física. El profe sembró vínculos de amistad que aún dan frutos de agradecimiento en sus pupilos. Es común que sus alumnos de aquel entonces no destaquen sus innegables dotes con el balón, sino que enfaticen en su forma de enseñar la vida, en los principios que predicaba y en su modelo pedagógico.

A pesar de que su materia no era la más exigente en tareas y lecturas, el profesionalismo que impartió lograba que todos los estudiantes estuviesen a las 7:00 a.m., en la Cancha del Carmen. Los esperaba con una libreta de calificaciones, un bolígrafo en mano y sentado encima de un balón de fútbol. El profesor Meléndez desarrolló en ellos algo que en esos tiempos era difícil para un joven barranquillero: la disciplina de madrugar a ejercitar cuerpo y mente.

Lo anterior, se ratifica en estas palabras: “siempre diré que él no era profesor, él era un maestro; el profesor te da la clase y ya, el maestro te enseña con ejemplo el camino hacia la vida”, comenta Manuel Orozco, quien fue alumno del Flaco en el colegio Colón.

Orozco viaja a 1981 y recuerda una de las anécdotas que más lo marcó: “Yo tenía un examen final y uno de los profesores que estaba cuidando el salón era el profe Roberto. Confiado de que el profe era muy amigo mío, hice un machete en una hojita pequeña, y dije ‘no me va a quitar el examen si me ve copiando’. Yo con el machete en la mano y de pronto el profe se me acercó y me dijo despacito ‘dame lo que tienes en la mano, pendejo’. Eso sí, sin faltarme el respeto”.

Un Flaco familiar

Roberto formó su propio hogar junto a Carmen Hernández. Visitaron el altar de la Iglesia del Rosario de Barranquilla el 14 de enero de 1938. La pareja siguió los números del fútbol y formó en casa su propio equipo, con un suplente incluido por si acaso. Carmen, Roberto, Ilva, Rafael, Orlando, Margarita, Magaly, Marlene, Álvaro, Ruby, Eugenio y María, fueron los 12 mejores goles de su vida, sus hijos, quienes continuaron el legado familiar que hoy cuenta con 30 nietos y 42 bisnietos.

Su vida de pareja tenía un aspecto muy particular y poco común para un deportista, pues su amada Carmen nunca fue a un estadio a verlo jugar. Sin embargo, su ausencia en las tribunas no le impidió conocer desde adentro el deporte de Valderrama, Valenciano y Teo. Conocía tanto del fútbol y de la vida de los compañeros del Flaco, que estos la denominaron “La mamá grande del Júnior”.

Ella, mujer entregada y firme en sus principios, era su fiel consejera y asesora; tanto fue así que después de cada partido y de las misas de los domingos en la Iglesia San Nicolás, los jugadores insistían en reunirse en su casa, pues casi siempre ese era el punto de encuentro para conversar y escuchar los consejos técnicos de Carmen.

Sus hijos siempre hacen hincapié en la entrega constante que El Flaco Meléndez tuvo por su familia. Recalcan que el mayor legado que les dejó no fueron los títulos obtenidos en las diferentes competencias deportivas, sino los valores humanos que han seguido transmitiendo a sus herederos, pues más allá de los camerinos y las canchas, su hogar era su espacio de calma.

Roberto falleció a sus 88 años de edad, un 20 de mayo del año 2000 a causa de un paro respiratorio. Y a pesar de todos los homenajes que le habían realizado en vida por su talento deportivo, aún quedaba un momento transcendental para honrarlo. El último adiós se realizó en el medio tiempo de un partido de Júnior vs Real Cartagena. Sus familiares y amigos cargaron el ataúd y le dieron la vuelta olímpica al estadio que lo vio consagrarse como uno de los mejores futbolistas de la historia de Colombia. Fue el último adiós, porque El Flaco, desde ese día, firmó contrato con la Selección Colombia de leyendas que juega en la Copa Celestial.

Su equipo del alma fue el Júnior de Barranquilla. Usando esa camiseta recibió sus mejores reconocimientos y celebró las mayores victorias. Él dejó vida y corazón en cada partido y en cada cancha. Con 18 años ingresó al equipo ‘Juventud Júnior’; ahí inició su vínculo. Actualmente es muy común encontrar jugadores que desde los 15 años están haciendo fila para jugar en equipos de primera, pero en aquellos tiempos eso estaba reservado sólo para los distintos, El Flaco lo era. Desde joven se mostró frente a jugadores con mayor experiencia y nunca arrugó.

Su memoria pervive en las charlas de los futboleros de Barranquilla. Sus amigos lo recuerdan como ese quillero jocoso y directo para decir las cosas por su nombre. En ese tono, el periodista Jaime De La Hoz Simanca describió, en el libro Roberto Flaco Meléndez 1912 – 2012, la relación del baile y el fútbol con un testimonio que le dio El Flaco, quien le dijo: “Ustedes ven a ‘Memuerde’ y es un insigne bailarín que si hubiera escogido el baile como profesión habría ganado más plata que como futbolista”.

Por todo esto, se hace necesario afirmar que, si El Flaco hubiese jugado en este tiempo, su historia sería la de una estrella del fútbol con miles de millones ganados. Sin duda, hubiese tenido la fortuna de seducir a los espectadores de las generaciones actuales, para los cuales escribimos estas líneas, porque si hay una memoria que no olvida a sus hijos ilustres, esa memoria es la del fútbol.

En varias ocasiones, Roberto comentó públicamente que antes existía mayor entrega por la camiseta, ya que según sus propias palabras: “los ramos de flores eran el pan de honor y el coraje del futbolista de mis tiempos. No se nos pagaba por llevar la camiseta de nuestro equipo”.

Los deportistas de hoy en día se mueven por el dinero, por el equipo que mejor les pague y que mejor los posicione. Lo cual no está mal, pero antes, las ganas de vencer eran el motor que los hacía sudar, el fútbol era definitivamente un campo de artesanos y no el negocio multimillonario de ahora. El Flaco y su historia son un ejemplo de que, la pasión con la que se suda una camiseta, no debe venderse.

Recordemos que Juan Gossaín afirmó que el Júnior para los barranquilleros es un “fenómeno social que encierra en sí todos los fenómenos sociales de la ciudad”. Y por eso, que el Metropolitano lleve el nombre del Flaco Roberto Meléndez no es importante sólo porque le arrebate al olvido la historia monumental del Flaco, sino que reúne las memorias de todos los exponentes de ese fútbol amateur en el que se derrochaba talento y sudor sin pensar en las cuentas bancarias. Es decir, un fútbol más del pueblo y del barro, que de las pasarelas y las marcas de ropa.

Recordar al Flaco Meléndez es homenajear a todos los que forjaron la mística del fútbol colombiano desde el siglo pasado. Los jugadores del Júnior y de la Selección son herederos del Flaco y compañía. Por eso, cuando el fútbol vuelva y el balón ruede de nuevo en el Metro del Flaco, hinchas, periodistas y jugadores recordarán la historia de este crack.

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