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hace 1 hora
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El viaje continuo de Camilo Ayala

El capitán del cuadro nariñense nació en Medellín, pero se crió en Cali luego de que su padre tomara la decisión de emigrar, por la crudeza de la violencia. Desde que se hizo profesional, su vida ha sido un peregrinaje por varios clubes del país. Esta es su historia.

Camilo Ayala tiene 32 años, 12 como profesional. / Deportivo Pasto

Desde muy temprano, Camilo Ayala tuvo que acostumbrarse a la precariedad; también a moverse de un lado a otro. Cuando tenía dos años, su papá, Heriberto, de manera visceral, pero inteligente, tomó la decisión de irse de Medellín. De Castilla, un barrio violento y de muertes diarias, un lugar en el que la gente no iba a misa por miedo (aún hoy algunos no van). Una noche Heriberto alquiló un camión, echó todas sus cosas, subió a sus hijos y a su esposa, y con su vida entera arrancó para Cali. En otras palabras, un proceso de desarraigo. En la capital vallecaucana vivía una hermana, en El Vallado, al oriente de la ciudad, en pleno distrito de Aguablanca, un sitio igual o hasta más violento que Castilla. 

(Video: Hernán Peláez y sus recuerdos sobre “Turrón” Álvarez)

Después de un tiempo, y para no causar más molestias, Heriberto y los suyos invadieron una casa en obra negra. “Nos metimos y ahí nos quedamos. Eso no era de nadie y lo hicimos propio. Me acuerdo de las dos plantas, de las puertas y ventanas de madera y el piso de tierra, hasta de las paredes grises, opacas”, rememora Camilo, capitán del Deportivo Pasto. Ahí fue donde sudó frío por primera vez, cuando vio a Íngrid, su novia, y a la mamá sentadas en la sala, llorando.

Él venía de un partido en las Canchas Panamericanas, con el uniforme y los guayos embarrados, y con los ojos curiosos, parpadeantes, entendió lo que estaba pasando. “Íngrid me había dicho que tenía un retraso y no le presté mucha atención. Pero cuando vi a la suegra con mi papá me asusté. En ese instante entendí que la cosa sí era en serio. Y yo, un pela’o de 15 años, estaba caga’o de susto”.

—Y, ¿ahora qué vas a hacer, gran huevón?

—Papá, pues asumir. Quiero ser como vos, echado pa’ lante, trabajador. Voy a responder por mi hijo.

—Sí, ¿y qué te vas a poner a hacer si vos solo sabés pegarle al balón?

—Lo que sea, viejo, lo que sea.

Heriberto sacó una brocha y le dio una orden escueta: “Andá, pintá el patio de la casa, ganate tu primer sueldo”. Sin pensar, dejando que las palabras salieran sin antes hacer un filtro por la cabeza, Camilo soltó una respuesta que desató la ira de su papá. “No, pero si yo no sé pintar, pues”. Esas ocho palabras fueron el inicio de lo que Ayala recuerda como la peor pela de su vida. Desde antes ya le pegaban por quedarse jugando en la calle, por no hacer las tareas, por no hacer caso, pero ese día los palazos que lanzó Heriberto fueron a todas partes, sin importar. “Mi papá me pegaba de la nalga para arriba dizque para no dañarme las piernas. Esa vez me dio por todo lado”.

No sirvieron los constantes “calmate, pues”, y como un boxeador Camilo tuvo que esquivar el palo de la escoba. “Salí corriendo de la casa y le dije que no volvía hasta que se calmara”. Luego de unas cuantas horas, Ayala encontró a su padre, borracho y en un lamento constante. Y lo único que se le ocurrió fue abrazarlo, sujetarlo fuerte. Y él devolvió el apretón con más ímpetu, y ambos lloraron.

Heriberto no dejó que su hijo dejara de jugar fútbol y asumió los gastos del bebé: que pagar el taxi para los controles, que esté pendiente de si falta algo, que corra para aquí y para allá. Y con el nacimiento de Melisa, el papá se hizo abuelo y fue él quien compró la leche, la ropa, los pañales, todo lo necesario. “Eso es algo que no se olvida: el viejo asumió todo. Ya suficiente tenía con mantenernos a nosotros”, dice Camilo sobre Heriberto, un hombre que fue vigilante, que tapó huecos en la calle, que incluso manejó la ambulancia del Hospital Carlos Holmes Trujillo. Un ejemplo claro de que el trabajo dignifica la vida de un hombre.

(Los minutos que jugaron los 23 convocados en sus clubes durante la temporada)

Camilo se probó en las divisiones inferiores de América, pero como era uno de los nuevos no entró en el plan de apoyo para las futuras estrellas y, sin dinero para pasajes y alimentación, tuvo que retirarse. Después llegó a Deportivo Cali y su talento le dio un cupo en las menores. El cuadro azucarero, en el afán de que tuviera más experiencia, lo prestó a Centauros. Y Camilo se fue para Villavicencio, donde vivió en un hotel con cuatro compañeros más y experimentó la pobreza del fútbol de ascenso en ese entonces, tener que viajar dos días en bus para jugar un partido medio dormido y regresar madrugado al otro día.

“No era como ahora, que van en avión, salen por televisión y van a hoteles grandes para las concentraciones. Para fortuna de muchos parece que la cosa ha mejorado, pero aún falta más”. Camilo es el único jugador de El Vallado que llegó al profesionalismo. Sus amigos, que lo intentaron con la misma vehemencia, ahora sobreviven: uno cuida un parqueadero en el centro de Cali, otro trabaja en una ebanistería y un tercero labora en una empresa de calzado. Camilo debutó en la primera división del fútbol colombiano con el Cali en un partido frente a Tolima, gracias al uruguayo Daniel Carreño, un entrenador que lo puso de inicialista cuando tenía 21 años.

Después de estar allí durante dos temporadas comenzó el éxodo. Primero a La Equidad, después al América y luego al Huila. Y en ese movimiento constante llegó a jugar en Alianza Petrolera, en Rionegro Águilas y ahora en el Pasto. “Para donde me lleve el fútbol allá voy”. Ayala salió de casa muy joven, salió para formar su propio hogar. Y este miércoles, luego de moverse, moverse mucho por todo el país, tiene la gran posibilidad de ser campeón de Colombia con el cuadro nariñense (Júnior gana la serie 1-0). “Vamos con toda, hermano. Porque se puede, hay que creer. Y siempre, durante mi vida, he creído”, concluye con una entonación fuerte, con la misma convicción con la que juega al fútbol y pelea cada balón.

@CamiloAmaya

 

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