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Independiente Santa Fe: los años maravillosos

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La presencia del Santa Fe es una suerte de recorrido por esos “Años maravillosos” a pesar de las adversidades y las jornadas de tristezas.

La mejor serie que he visto es Los años maravillosos. Allí Kevin Arnold, Winnie Cooper y Paul Pfeiffer nos van narrando con una profunda sencillez los primeros asombros y deslumbramientos del paso de la niñez a la adolescencia con un trasfondo de los conflictos políticos y sociales en los Estados Unidos a fines de los años 60. Ahora “que tenemos la edad de la voz en off de Kevin” -como diría mi amigo Juan Esteban Constaín- recuerdo muchos episodios de mi infancia para celebrar los 80 años del Independiente Santa Fe, porque el equipo de fútbol de uno no es otra cosa que un pacto de amor y lealtad con los arquetipos de la niñez y una elección de un destino definitivo para la vida. Por eso hago la analogía entre esta serie y mi equipo octogenario, porque en medio de los asombros ambos han sido relatos impregnados de realidad, sin finales felices ni héroes perfectos. Han sido, como la vida, unas narrativas llenas de imprevistos, errores, aciertos y golpes de suerte. Esa epopeya que ha escrito Santa Fe en la historia de la ciudad y del país se ha venido reescribiendo y reinventado durante 80 años con finales inesperados y sorprendentes. Por eso no dudo en afirmar que la presencia del Santa Fe es una suerte de recorrido por esos “Años maravillosos” a pesar de las adversidades y las jornadas de tristezas y desilusiones porque así, de alguna forma, es nuestro paso por la tierra.

De igual manera toda celebración también es un ejercicio de memoria. A pesar de los reveses de la cotidianidad, de las dificultades del día a día, un cumpleaños no es otra cosa que una invitación a la dicha y una confirmación de que siempre valdrá la pena cualquier espera si hay un instante cierto para la felicidad. Esa es una de las tantas justificaciones para escoger un equipo de fútbol: poder identificarnos con una tradición, un escudo, unos colores y sentirnos parte de una comunidad y de una identidad colectiva. Eso es Santa Fe para mí, una imitación de la vida, una narración donde la épica y la lírica dan sentido a todas las emociones posibles y postergadas.

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Santa Fe ha sido, también, una casa segura, como aquellas casas que hacen parte indeleble de los recuerdos. Casas a las que regresamos permanentemente, en sueños o en la realidad, pero son aquellos lugares donde hemos sido felices y donde forjamos la sensibilidad y el carácter. A veces soñamos esas casas mucho más grandes de lo que en realidad eran o tan solo le damos una luz diferente en la memoria. Pero regresamos a ellas o en muchas ocasiones nunca nos vamos. Son un territorio verdadero y un puerto inquebrantable. Es la sede perpetua de la amistad, de las anécdotas más hondas que han hecho de cada episodio una mitología particular de los afectos genuinos.

Por ejemplo, entre las remembranzas que retornan a propósito de estos 80 años hay varias que, en particular, recuerdo en esta fiesta. Una noche, por allá en el año 2008, el poeta Marcos Silber me invitó a cenar a un restaurante en la Avenida de Mayo en Buenos Aires, cerca del café Tortoni. En medio de mosaicos de la selección argentina y afiches del Boca Juniors, conversamos con el viejo poeta de fútbol. Hablamos también de política, exilios, la dictadura y los poetas militantes y siempre el fútbol como tema de fondo que resumía todos los demás. Me preguntaba el por qué yo era hincha del Independiente Santa Fe cuyas respuestas podían ser tantas y tan diferentes. La más cierta era que mi padre siendo niño había sido “mascota” del Santa Fe del primer título en 1948 y que aquella herencia se transmitió de un modo natural y amoroso. A su vez el poeta Silber me contaba anécdotas del futbol argentino y sus recuerdos del futbol colombiano. Para él, Nemesio Camacho era mucho más que un nombre. Era un monumento del fútbol suramericano, un templo de culto como lo son varios estadios del mundo. De repente se acercó un hombre mayor que estaba cenando solo en una mesa contigua. “Disculpen los interrumpo -nos dijo con su voz porteña- pero los escuché hablar del Independiente Santa Fe. Hace mucho quería saber de ese equipo porque allí jugó el mejor jugador que vi en mi vida: Rene Pontoni”. Sin duda se refería a “Huevo” Pontoni, el astro santafesino, el “bailarín del parque”, magistral delantero que jugó en el cuadro cardenal entre 1949 y 1952 y donde marcó más de 40 goles. Se me encharcaron los ojos de la emoción y le di un abrazo fuerte. Esa fraternidad del fútbol no conoce fronteras. Es subjetivo y sesgado como las religiones. Para él el mejor jugador del mundo era Pontoni como para otros podría ser Di Stéfano, o para correligionarios más advertidos Pelé o Maradona. Para aquel buen hombre solitario de la Avenida de Mayo era René Pontoni y desde ese momento, aún a sabiendas que no nos volveríamos a cruzar por el camino, habíamos sido hermanos por unos breves instantes. Brindamos por Pontoni, por el fútbol, por Colombia, por Argentina, por el Independiente Santa Fe y por la amistad de los pueblos.

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Una segunda anécdota tiene que ver con aquellas alegrías que produce ganar un clásico al rival de patio. Hay uno en particular que permanece en la memoria como un hecho poético. El 19 de junio de 1988 no solo se ganó un partido y un clásico. Fue una primera revelación de la perfección y la maravilla. En esa fecha Santa Fe volvía a derrotar a Millonarios después de cuatro años de sequía. Los goles de Sergio “Checho” Angulo, Juan Carlos “El Flaco” Rodríguez y Claudio Morresi permitió a una generación ser testigos de la grandeza. En aquel tercer gol anotado por Claudio Morresi había algo que iba más allá de la belleza: había algo de verdad humana. Vi muchos goles después, muy emocionantes y definitivos pero aquel gol de Morresi se convirtió en un modelo de ficción y realidad. Era lo más sincero y transparente que había visto sobre un césped. Sabía que estaba siendo testigo de un evento que jamás olvidaría. Era el primer minuto de una nostalgia que se quedaría para siempre. Hoy Claudio Morresi es un legislador miembro de la coalición Frente de Todos. Es justicialista y defensor de los derechos humanos. Era el desenlace lógico de aquel poema que fue ese tercer gol. Quizás aquel gol, en su último partido jugado con Santa Fe sería un presagio. Llovía aquella tarde, pero había dejado de llover sobre mis tristezas de tantos años. Morresi, con ese gol, quedaba inscrito en la eternidad cardenal.

Muchas veces jugué y entrené con una camiseta albirroja comprada en la Casa Olímpica. Con ella jugué hasta altas horas de la noche picaditos, banquitas y “metegol tapa”. Allí también había comprado un banderín con seis estrellas que parecían estancarse en el tiempo. Seis estrellas detenidas sobre un firmamento inmóvil que fueron los años difíciles. La década de los 80 fue la debacle del país y el equipo fue un reflejo del derrumbe colectivo. Fue su peor década. Últimos lugares en la tabla. Los lunes eran grises, era el día de las burlas “Calles sin color vestidas de gris, / desde mi ventana veo el verde tapiz / de una plaza que mañana morirá, / y muerto el verde sólo hierro crecerá”. Sui Generis era mi banda sonora de los 80, de alguna forma era la banda sonora de aquel Santa Fe de las eternas derrotas. En 1987 y 1988 hubo una luz al final del túnel. Los equipos dirigidos por Jorge Luis Pinto y Diego Edison Umaña nos hicieron creer que era posible, pero eran los días de la época más oscura del fútbol colombiano. Sin embargo, el 15 de julio de 2012 terminó la larga espera. Habían pasado 37 años para volver a ser campeones. Luego vinieron dos estrellas más y una copa sudamericana pero ninguna alegría se compara con la de aquella tarde. Todas las esperas tuvieron una justificación. El gol de Jonathan Copete ante el pase magistral de Omar Pérez puso fin a nuestra pena. Aguantamos, permanecimos e insistimos para llegar a ese día. Fueron muchos años de paciencia que fueron premiados con haber vivido en familia y con amigos esa jornada.

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Como dijo Kevin Arnold en el capítulo final de la serie: “Las cosas nunca son exactamente como las planeas, crecer sucede en un latido. Un día estás en pañales y al día siguiente te vas, pero los recuerdos de la niñez permanecen contigo todo el camino. Recuerdo un lugar, un suburbio, una casa, una casa como muchas casas, un patio como muchos otros patios y una calle como muchas otras calles, pero lo curioso es que después de todos estos años aún lo recuerdo maravillado”. Gracias Santa Fe por las equivocaciones, por esas pequeñas y grandes lecciones de vida, Si hubo un partido que se ganó persistentemente durante 80 años fue el de la nostalgia. Ahí estaremos invictos siempre. Si tuviera que repetir la vida no dudaría en repetirla con Santa Fe. Mi pasado está allí en esos colores y también mi futuro. Ahora que vivimos un mundo insospechado, distópico y lleno de incertidumbres por la pandemia agradezco a Santa Fe por haberme preparado para esto. La perplejidad, la decepción y el desencanto eran ya sensaciones viejas y conocidas para los hinchas cardenales. De alguna forma nos anticipó este presente con sus fracasos y caídas. Hoy solo hay gratitud porque, parodiando al gran Fontanarrosa, Santa Fe es el Santa Fe. Esa es la única verdad.

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