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15 Mar 2022 - 11:00 a. m.

Los primeros héroes del fútbol colombiano y el mito de la identidad

Los orígenes del balompié nacional se definen a partir de la irrupción de figuras determinantes que permiten entender los estilos iniciales de nuestro fútbol. ¿A qué jugamos? Nueva entrega.
Fernando Camilo Garzón

Fernando Camilo Garzón

Periodista de Deportes
La selección de Colombia que participó en la Copa América del 45, con Roberto Meléndez y Romelio Martínez como figuras principales // Cortesía Mundo Fútbol.
La selección de Colombia que participó en la Copa América del 45, con Roberto Meléndez y Romelio Martínez como figuras principales // Cortesía Mundo Fútbol.

Fue en su Odisea que Homero sembró la duda por la autenticidad. El relato, que dio origen al mito, a partir de la angustia del retorno a la tierra que se siente como propia, al arraigo de la memoria de un pueblo a sus tradiciones y sus costumbres. El desespero de hallar en la idea de la identidad los trazos que nos permiten entender, en conjunto, quiénes somos.

La pregunta por nuestros orígenes se volvió un rasgo de los últimos años en el balompié colombiano. Se pide que se vuelva a lo que nos representa, al fútbol ofensivo, a la alegría del toque, de la gambeta y de la posesión de la pelota. Y se pierde, en la desesperación de ese deseo, la realidad de nuestra identidad, confundida con el paso de los años a través de escuelas y estilos de juego, unos más exitosos que otros, que revelan que el fútbol colombiano nunca ha resuelto la pregunta fundamental del mito griego de la identidad: ¿quiénes somos? O, en este caso: ¿a qué jugamos?

Marisa Tortorelli, investigadora y profesora italiana, explica que los griegos definían su arraigo a partir de la admiración de sus deidades y sus primeros héroes. La autenticidad del ateniense venía de la tierra y de las costumbres delegadas a los hombres por los dioses. “Para los griegos la idea de identidad está representada en la fe en los mismos dioses y las mismas costumbres. Hablar la misma lengua, en la descendencia de un mismo antepasado, y en determinada división de la sociedad”.

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En Colombia, esos primeros héroes llegaron de muchas partes, venían de otras tierras. Las costumbres se adoptaron, en un principio, desde Argentina, Uruguay y Perú. Y fueron futbolistas y entrenadores de esas escuelas los que empezaron a crear la precoz noción de nuestra identidad. De los argentinos Fernando Paternoster y Adolfo Pedernera vienen las raíces que incubaron las ideas de Efraín el Caimán Sánchez y Gabriel Ochoa Uribe, algunos de nuestros primeros revolucionarios.

Sin embargo, antes ya teníamos trazos de una memoria futbolística. Una expresión de los primeros años de la atropellada organización de nuestro campeonato y la admiración de los estilos foráneos, de ligas extrajeras mucho más consolidadas que la nuestra.

Barranquilla, cuna de los primeros héroes del FPC

Durante los primeros años de nuestro balompié, fue en Barranquilla donde se centralizó la transición del fútbol como pasatiempo a deporte y espectáculo. En Atlántico se habló por primera vez de un reglamento y se crearon equipos dominantes de esos años como el Juventud Júnior. Iniciaban los 30 y mientras afuera se celebraban las primeras Copas del Mundo, en Colombia apenas se consolidaban las organizaciones pioneras.

Dos estrellas, fundamentales para entender esas épocas aficionadas, fueron Roberto el Flaco Meléndez y Romelio Martínez. Dos delanteros históricos con los que Atlántico dominó los torneos nacionales en los que se disputaba el liderazgo en la organización del fútbol colombiano con Valle, Antioquia y Magdalena.

En la primera selección de Colombia, conformada en 1937 con motivo del cumpleaños número 400 de Cali, Meléndez y Martínez eran protagonistas. Y años más tarde, en la Copa América de 1945, en la primera convocatoria de la selección a un torneo oficial, otra vez los dos delanteros barranquilleros fueron figuras de un equipo con un esquema primitivo, que defendía con dos hombres y atacaba con ocho.

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Internacionalmente, mientras en los países dominantes de aquellas épocas (Argentina, Uruguay e Italia) empezaba a abandonarse el sistema piramidal de inicios del siglo XX, en el que predominaban cinco hombres en la punta del ataque, y se adoptaba la idea táctica de la WM, un sistema que se hizo popular en Inglaterra, que era más equilibrado en defensa y en el que solo lideraban la ofensiva tres jugadores adelantados, en Colombia las estrellas todavía sobresalían en equipos que atacaban con ocho futbolistas.

Las ideas tácticas de esos primeros años, desordenados y poco reseñados, se entienden a partir de las figuras. Más desde los jugadores que desde los esquemas. Era un fútbol rezagado casi 100 años frente a otras asociaciones del panorama mundial, que hace rato habían transitado las ideas que marcaron los inicios del fútbol colombiano.

La llegada de los héroes extranjeros

La liga colombiana nació de la admiración de las ideas que llegaban desde afuera. A los dirigentes nacionales se les metió en la cabeza que Colombia debía tener un campeonato oficial, después de una gira que el River Plate de Montevideo y el Vélez Sarsfield de Argentina hicieron en territorio nacional en el 48. Según el libro Historia del Fútbol Colombiano, de Guillermo Ruiz, ese evento, sumado al Suramericano de Guayaquil del 47, les demostró a los dirigentes colombianos que nuestra idea era arcaica. Era necesario organizarse para adaptarse al fútbol que ya se jugaba en otras partes del mundo.

Con los extranjeros se le dio forma al profesionalismo en Colombia. El pionero fue Fernando el Flaco Paternoster, defensor central histórico en Racing de Avellaneda, campeón olímpico y mundialista en Uruguay 1930 con la selección de Argentina. Como entrenador se inició en el Deportivo Municipal de Bogotá, génesis de Millonarios, y le dio la primera estrella a Atlético Nacional en 1954. Paternoster, además, uno de los primeros entrenadores de la selección, trajo fundamentos defensivos que hasta el momento no habían sido aplicados en el país.

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Y con la llegada del Flaco, a inicios de la década de los 40, se marcó el arribo de los primeros extranjeros a Colombia, una transición vertiginosa que le dio pie a la época de El Dorado y a la llegada de futbolistas argentinos, peruanos y uruguayos, entre otras nacionalidades.

El incipiente torneo nacional se convirtió en una “liga pirata”, epicentro de futbolistas venidos de otras partes con escuelas y formas de juego distintas. Identidades de múltiples partes del mundo que dieron origen a nuestro fútbol. Por ejemplo, una de las luchas más atractivas de los comienzos se dio en el 49, cuando la escuela peruana, encarnada en el “Rodillo negro” del Deportivo Cali, con jugadores como Valeriano López, Manuel Drago, Guillermo Barbadillo, Máximo Vides Mosquera y Luis Tigrillo Salazar, se enfrentó mano a mano por el título contra el campeón Millonarios, de los argentinos Adolfo Pedernera, Néstor Raúl Rossi y Afredo Di Stefáno.

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Ese cuadro embajador del 49, dirigido por otra piedra fundacional de nuestra identidad, el argentino Carlos Roberto Cacho Aldabe, se convirtió en el Ballet Azul de Pedernera, que de futbolista pasó a técnico en los 50 y que venía de uno de los equipos históricos del fútbol argentino: la Máquina de River Plate, popular por su estilo ofensivo y por ser antecesor del fútbol total con el que Rinus Michels revolucionó el mundo. De River también venía el Charro José Manuel Moreno, figura de un Independiente Medellín que brilló tras la estela del Nacional de Paternoster y el Millonarios de Pedernera.

Como toda raíz, la identidad primaria de nuestro fútbol nació como una diáspora en múltiples direcciones. A partir del choque entre las ideas arcaicas de un fútbol aficionado incipiente con los modelos tácticos mucho más avanzados de un fútbol consolidado se configuraron las primeras nociones de nuestro juego. Una amalgama que dio como resultado el surgimiento de otras figuras, que incubándose en los conocimientos llegados entre los 40 y los 50, explotaron con la primera gran generación de los años 60.

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Los primeros revolucionarios de nuestro fútbol

Gabriel Ochoa Uribe fue arquero en ese Millonarios de El Dorado. Efraín el Caimán Sánchez estuvo en el Medellín del Charro Moreno. Francisco el Cobo Zuluaga fue uno de los consentidos de Pedernera en el Ballet Azul y Humberto el Turrón Álvarez, a quien Di Stefano nombraba en España como el rival más duro que enfrentó en su carrera, estuvo en el Nacional de Paternoster.

Poco a poco, mientras la liga colombiana daba sus primeros pasos, los héroes surgidos de la propia tierra empezaron a nutrirse de esos rastros de la difusa identidad criolla. No es coincidencia que el Caimán Sánchez, arquero y principal figura de la primera selección que fue a un Mundial, en Chile 1962, después fue el entrenador que llevó a Colombia a su primera actuación destacada a escala internacional con el subcampeonato en la Copa América de 1975.

Sánchez pasó por Argentina en 1949, cuando jugó en San Lorenzo, siendo una de las primeras transferencias colombianas al exterior. Conocía al detalle la influencia de los argentinos en el cambio de esquemas a mitades de siglo. Como entrenador, plasmó ese conocimiento en el Millonarios campeón del 64, siendo arquero y técnico al tiempo, y reemplazando a Ochoa Uribe, el estratega colombiano más ganador de todos los tiempos.

De esas influencias y caminos surgieron las primeras selecciones que empezaron a ubicar a Colombia en el mapa. En el 62, junto al Caimán Sánchez, llegaron otros nombres claves en la conformación de nuestra identidad como Marcos Coll, Delio Maravilla Gamboa, Hermán Cuca Aceros o Marino Klinger.

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En el mito griego que se pregunta por lo autóctono, la idea de identidad se discute con la de raíces. Hay quienes defienden que la raíz expone una línea mucho más real, por su brote indescifrable que viene de la tierra, que la visión autoritaria de lo identitario, aquello que solo puede trazarse bajó la férrea línea de la costumbre. Por eso, buscar la identidad de nuestro fútbol debe llevarnos a través de la memoria de estos relatos, provenientes de múltiples vertientes y testimonios de la raíz y la fuente que dio orígen a nuestro balompié. Desde ahí podemos empezar a responder la pregunta fundamental que tenemos perdida: ¿a qué jugamos?

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