15 Aug 2018 - 2:00 a. m.

Así fue el primer partido del fútbol profesional colombiano

El 15 de agosto de 1948 se disputó la primera fecha del certamen. Atlético Municipal y Universidad de Bogotá disputaron el partido inaugural en el Hipódromo de Itagüí.

Camilo Amaya

Independiente Santa Fe fue el primer campeón de Colombia. Sumó 27 puntos en las 18 fechas disputadas en el torneo de 1948./ El Espectador
Independiente Santa Fe fue el primer campeón de Colombia. Sumó 27 puntos en las 18 fechas disputadas en el torneo de 1948./ El Espectador

Fue un domingo de esos de agosto en Medellín, soleado, de brisa primaveral, de temperatura perfecta para usar traje y corbata sin sofocarse, tibio y sin lluvia. De mujeres con vestidos de encaje, de guantes bordados y sombreros llamativos y coloridos. Pero no fue un día habitual para la sociedad antioqueña, tampoco para la colombiana, pues comenzó el torneo del fútbol profesional colombiano como medida desesperada para darle esperanza a un pueblo sumido en la violencia bipartidista, a una nación dividida y una parte enfurecida por la muerte de un caudillo, a un país de juicios crudos e irracionales incendiado desde sus entrañas. Por eso con la barbarie vino el fútbol, y con la pelota el optimismo y la distracción, y el mirar para otro lado.

Ese 15 de agosto de 1948 la hípica, el deporte de la clase alta, quedó relegada para las horas de la tarde y el balón se tomó la mañana. Y por eso a las 11:00 a.m. no hubo una silla vacía para el partido entre Atlético Municipal y Universidad Nacional, los equipos encargados de abrir el evento, el primero en representación de Medellín y el otro por Pereira, pues los dos cupos autorizados para Bogotá ya estaban copados.

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“Una gran cancha de fútbol, sensacional”, fue la descripción de los medios locales para un terreno reparchado, con dos arcos de madera y unas líneas de cal que con el paso de los minutos de juego se fueron desvaneciendo, que con cada ventarrón iban desapareciendo. El aforo ese día: seis mil personas, la mayoría aficionados a los caballos, que no se quisieron perder el espectáculo y, más que eso, que aprovecharon para ser parte de la noticia del momento y no pensar en los problemas de la nación. Con las pesebreras de un lado y los parqueaderos del otro, el Hipódromo de Itagüí hizo las veces de estadio y puso sus tres salones de baile para que los periodistas locales tuvieran dónde trabajar, para que los pudientes tuvieran dónde tomar un trago y disfrutar de un espectáculo que desde ese entonces, y desde mucho antes, iba más allá de las victorias y de las derrotas.

Elías Coll-Tara (padre de Marcos Coll), un barranquillero estudioso del deporte y obsesionado por las reglas del juego, fue el árbitro elegido para el encuentro que terminó 2-0 a favor del equipo local.

Pitó un penalti en el minuto 15 para que Rafael Serna (tío abuelo de Mauricio El Chicho Serna) anotara el primer gol del campeonato con un remate seco, imposible para el arquero costarricense Rafael Cardona y que generó el griterío en las gradas. También señaló el centro del terreno de juego luego del potente disparo de Carlos El Pájaro Rodríguez, a siete minutos del final de la parte inicial y anuló un gol de Serna por un supuesto fuera de lugar. “El arbitraje del señor Coll fue bastante acertado y las fallas naturales por la falta de visibilidad no afectaron el resultado del encuentro”, reseñó un medio local, el mismo que alternó dentro del texto palabras en inglés como match, forward, half, entre otras, comunes en la escritura de la época para darles grandilocuencia a las crónicas, al igual que elegancia y estilo.

Ese mismo día, que fue considerado como la jornada del deporte nacional, se comprobó que el fútbol como empresa y negocio era viable, así como mecanismo de olvido momentáneo. Y se jugaron cuatro partidos más con resultados favorables para los locales: la victoria de Millonarios 6-0 sobre Once Deportivo, la de Atlético Júnior ante Deportivo Cali (2-0) y el triunfo del América 2-0 ante el Medellín. El único empate se registró entre Deportivo Caldas e Independiente Santa Fe (1-1). No importó el orden de las palabras para el titular a tres columnas de El Espectador al día siguiente con el resumen completo de lo que fue una jornada trascendental, de lo que significó soñar, pensar y actuar: “Fueron vencidos en los encuentros todos los visitantes ayer”.

Quedarán para el registro los 25 jugadores extranjeros que estuvieron en esa fecha, el autogol de Rodolfo Sarria que le permitió a Santa Fe empatar en Manizales, los únicos tres equipos que eran integrados por jugadores colombianos (Júnior, Atlético Municipal y América) y la presencia del juez inglés Roberto Kowell, el hombre de 50 años que dirigió 19 partidos de las 18 fechas programadas, pues en una oportunidad tuvo que hacerlo en dos encuentros, uno tras otro.

Y así fue que comenzó el torneo profesional colombiano, un día en el que la improvisación fue un plan bien elaborado para crear la sensación de que algo en el país podría funcionar, de que el deporte era el espectáculo necesario para sacar la emocionalidad de la población sin que la exaltación terminara en tragedia. Ese día el fútbol calmó lo que la política y el diálogo no pudieron: a una Colombia dividida.

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