“Quiero que Millonarios quede campeón como hace 37 años”: Miguel Ángel Converti

Al ex futbolista argentino le quedó una deuda pendiente con el cuadro embajador: ganar un título. En 1978 ya se había ido para Venezuela y se enteró de la estrella 11 por teléfono.

Converti llegó al conjunto embajador en 1975 proveniente de Chacarita Juniors. Tenía 26 años. / Mauricio Alvarado

Miguel Ángel Converti no puede hablar sin mover las manos. También tiene ritmos mansos cuando lo hace. Primero arroja palabras de manera muy rápida, luego desacelera. Siempre la mirada en los ojos del otro, como con el balón cuando era jugador. No te pierde de vista y te obliga a no perderlo tampoco. Una constante vigilancia. El peso del recuerdo lo hace volver al 9 de marzo de 1975. Clásico contra Santa Fe, estadio El Campín, gente sin boleta alrededor del escenario, 55.839 espectadores en las gradas.

Miguel Ángel y su camiseta azul dentro de una pantaloneta corta, que dejaba ver los muslos, las medias debajo de las rodillas y los guayos negros. Elegancia, sea para celebrar la victoria o para afrontar la derrota. “El uniforme era perfecto, porque el rival no tenía de dónde agarrarte”. Eduardo Andrés Maglioni y su gol de palomita en el minuto 56, Hernando Piñeros y un zapatazo de 40 metros que más pareció un misil dirigido a la portería de Horacio Ballesteros para el empate del rojo en el 73.

Después el gesto acrobático de Miguel Ángel, la chalaca temeraria y la pelota en el arco norte. “Desde ahí ese fue mi sello”, dice el argentino, suntuoso en su manera de jugar y en la de conversar. Goles inverosímiles de un hombre recursivo en el área, que sin importarle su integridad física buscaba la manera de impactar el balón.

También están los malos momentos, que con el tiempo se han transformado en simples y efímeros sucesos. Como la victoria de Santa Fe en la Copa Libertadores de 1976, por 1-0, con anotación de Juan Carlos Sarnari, o la media volea que terminó en gol, pero que fue anulada por Guillermo el Chato Velásquez, un central testarudo que no confió en su juez de línea cuando éste se fue corriendo despavorido hacia la mitad de la cancha. “Después me pidió disculpas en el camerino, porque él sabía, en el fondo, que el tanto era legítimo”, dice con los ojos encendidos.

Esa noche le costó conciliar el sueño, jugó de nuevo el encuentro en su cabeza, repasó cada pase, cada choque, cada palabra. La mente, disciplinada, le falló. Los movimientos no los aprendió de memoria, sino por intuición. Y lo mejor para los hinchas azules es que los pudo poner en práctica contra el cuadro cardenal. Eso sí, su trabajo fue posible porque tenía detrás a futbolistas del talento de Willington Ortiz, con la entrega de Eduardo Andrés Maglioni, la disciplina de Carlos Emilio Rendón y el sacrificio de Alonso el Pocillo López. Del otro lado siempre la vehemencia de Óscar Bolaños, Alonso el Cachaco Rodríguez y Rafael el Guajiro Pacheco, defensores de sudor y dolor que buscaron la manera de detenerlo así no fuera legítima.

Marcó 15 goles en 17 clásicos oficiales, 14 con la camiseta azul y uno con la roja. Sí, estuvo en el cuadro cardenal luego de una travesía por Venezuela, México y Argentina, y después de ser campeón con Júnior de Barranquilla en 1980. No recuerda con claridad cómo fue la jugada previa al tanto que le convirtió a Millonarios, sí que fue de cabeza, que corrió a celebrar y que ese día el duelo finalizó con un lacónico 1-1 (septiembre 20 de 1981). “Lo festejé porque Santa Fe me pagaba la mensualidad, no Millonarios, y por más que quisiera al otro equipo primó la cabeza sobre el corazón”.

Converti acepta y asume que lo único pendiente con el club que se dio a conocer en el fútbol fue ganar una estrella, dar la vuelta olímpica. Y cuando lo dice hay nostalgia, hay silencio. “Todos me decían que por qué me había ido para el Portuguesa precisamente el año en el que Millos ganó el torneo. Asumí mi decisión y me tocó ver a lo lejos cómo mis compañeros celebraban”. Hoy, cuando Millonarios juegue con Santa Fe, Miguel Ángel estará en su casa en Bogotá, solo, mirando el televisor con ojo de cirujano, siendo analítico, crítico, pero emotivo. “Siempre he dicho que un clásico no es lo mismo sin las dos hinchadas, como antes, con las banderas mezcladas en las gradas. Pierde mucho el partido, pierde el espectáculo y hasta los jugadores”.

Quiere que el conjunto embajador quede campeón como hace 37 años, cuando desde Araure, Venezuela, se enteró de la alegría en la voz de Juan José Irigoyen, cuando sintió el título como propio con un tajo de humedad que le atravesó el rostro. “No lo puedo decir de una manera más sencilla: ese sería el mejor regalo de Navidad para nosotros los hinchas”.

@CamiloGAmaya