Millos-Santa Fe: el clásico 300 con las leyendas del Barca como fondo

El Millonarios- Independiente Santa Fe contado a partir de la visita de las estrellas del histórico Barcelona de España al estadio El Campín de Bogotá.

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Nelson Fredy Padilla * / npadilla@elespectador.com
04 de marzo de 2020 - 08:46 p. m.
Millos y Santa fe jugaron en el estadio El Campín el clásico 300 de su historia, ante 25 mil hinchas. Terminó 0 a 0, el empate número 112. / Fotos: Nelson Fredy Padilla
Millos y Santa fe jugaron en el estadio El Campín el clásico 300 de su historia, ante 25 mil hinchas. Terminó 0 a 0, el empate número 112. / Fotos: Nelson Fredy Padilla
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En el fútbol también juega el azar.

Entré al estadio El Campín de Bogotá por la puerta para los acreditados de prensa, pasé el puesto de verificación, me paré frente al ascensor para subir a la tribuna de periodistas y justo en ese momento llegaron por el pasillo desde el parqueadero las leyendas del Barcelona, que vinieron esta semana a Colombia en plan social, respaldados por la Fundación de ese club español, a enfrentar en dos amistosos a las leyendas colombianas. Para darles prioridad como invitados especiales, bloquearon el ingreso de otros periodistas hasta que los campeones culés subieran al segundo piso, a las cabinas de radio que les habían preparado como palcos para que vieran entre cristales el clásico capitalino número 300 de Millonarios e Independiente Santa Fe.

Yo, hincha del Real Madrid y de Santa Fe, terminé colado entre la comitiva del ultralaureado Barca. Como sólo podían subir en grupos de a seis, aproveché para hablar primero con Carles Puyol, considerado uno de los defensores centrales más importantes de la historia, campeón del mundo con España en Sudáfrica 2010. Le pedí una foto, el equipo de seguridad me bloqueó, pero él me llamó: “Venga, vamos. No hay problema mientras esperamos”. También me hice una “selfie” con Miguel Ángel Nadal, el tío del tenista Rafael Nadal. El “Tarzán” Puyol y el “Vikingo” Nadal representan cuatro mandamientos del espíritu de este deporte, no tan cumplidos en nuestro país: disciplina, garra, jerarquía y profesionalismo.

Les pregunté qué significaba para ellos jugar un clásico. Coincidieron: “mucho”. “Como contra el Real Madrid”, dije yo. Sonrieron. “Todo en ese caso”, se oyó. “Una batalla como las de Rafa”, le dije a Nadal. Me levantó el pulgar mientras entraba al ascensor. En voz baja, el más pequeño, el argentino Javier Saviola, y el más barbado, Juan Pablo Sorín, evocaban el ambiente de un River-Boca en Buenos Aires. “La Navidad del fútbol”, palabras del escritor mexicano Juan Villoro sobre esa disputa. (Le sugerimos: La Bombonera, estadio de infarto). 

Le pregunto a Hristo Stoichkov, goleador del Mundial de Estados Unidos 1994, por el clásico de Bulgaria, el “Derbi Eterno”, como llaman al partido entre los clubes más populares de Bulgaria, el Levski y el CSKA, los dos de Sofia, la capital. “Lo máximo”, le entiendo. Mientras trataba de identificar al resto de legendarios, pensaba ¿cuántos campeonatos suman estos atletas? Quedé con ganas de saludar a Rivaldo, el gran goleador y superleyenda en el máximo pedestal catalán junto a Ronaldinho y, claro, Messi.

Vi entrar al ascensor a Jesús Mariano Angoy y Vitor Baia, los arqueros. El primero también jugó fútbol americano con los Barcelona Dragons. Y detrás Sergi Barjuan, Edmilson, Santi Ezquerro, Giovanni Silva, Roberto Trashorras, Francisco Javier Sánchez Jara, Samuel Gbenga Okunowo, Frederic Déhu, Juan Antonio Goicoechea y Juliano Belletti. Todos protagonistas del palmarés azulgrana: cinco copas, cinco supercopas y cuatro recopas de Europa, tres mundiales de clubes, 26 ligas y 13 supercopas españolas, 30 copas del Rey, entre muchas.

Con esa autoridad bautizaron su gira por Colombia “El partido de la historia”. Y los clásicos se transforman en eso. Historia deportiva. Antes del encuentro del martes por la liga colombiana los Barca Legends, como estaba marcado el bus de la Flota Magdalena que los trajo, salieron a la grama de El Campín, saludaron a sus colegas de bando y bando, y Puyol hizo el saque de honor que no hizo en el clásico vallecaucano entre Cali y América. Agradeció la invitación al presidente de Millos, Enrique Camacho, y éste le entregó una camiseta del club.

Arriba me los encontré de nuevo disfrutando las picadas que les ofrecieron. Les tomé más fotos hasta que los amarillos de seguridad me advirtieron: “Ya no más”.

Empezó el choque 300 de los equipos más tradicionales de la capital colombiana. El cielo se despejó después del aguacero. Se apareció la media luna, de cuarto creciente, como presagio de un empate. Al menos 25 mil espectadores animaron a sus equipos. Desde el sur las barras bravas azules retaron a las rojas, en el norte, recordándoles el título nacional que les ganaron en diciembre de 2017 tras un empate a dos goles: “En tu cara fui campeón”. “El partido de tu vida lo ganamos los embajadores”. Recrearon el gol definitivo con telas pintadas que movían para dar el efecto de acción. Y para cerrar la puesta en escena extendieron una imagen gigante de un futbolista celebrando con los brazos abiertos, el 1946 en su camiseta, año de la fundación de Millos, y el número 15, las estrellas o ligas que han ganado. Los cardenales, confinados en una tribuna rodeada de policías vestidos de verde fluorescente, respondían bajo los letreros de “Comunidad santafereña” y “La única banda de la ciudad”, recordando ser el primer campeón de Colombia, el campeón de la Copa Sudamericana. Vivas y ofensas con letreros de por medio que llaman al “fútbol en paz y armonía”, como el que vivimos con nuestros padres la primera vez que estuvimos en un clásico.

Pero como escribió Villoro en su recordada crónica sobre el River-Boca, “el anhelo casi siempre supera al resultado”. En enero de 2013 estuve en el Real-Barca, por la semifinal de la copa del Rey, un 1-1 que puede ser de los peores enfrentamientos que han tenido, con Cristiano Ronaldo y Messi en el campo. El desafío 300 entre Millos y Santa Fe se quedó en pura atmósfera. Los 90 minutos no pasaron de fricciones y oportunidades sin concretar porque se refundió el alma de los goleadores. Apenas una oportunidad para los rojos comenzando el partido y tres muy claras para los azules. De resto, una mención para Andrés Pérez, el volante de contención santafereño, porque en los clásicos, así se vayan con un tacaño cero a cero, queda en evidencia la jerarquía de algún futbolista y Pérez, excapitán de Millos y del Cali, la ratificó en cada marca, en cada pase. Viéndolo a los 39 años de edad cómo ordena el equipo – es la voz en después de la del técnico-, cómo se perfila, cómo achica, cómo mete el cuerpo o impone respeto frente al rival, merece una cita por su profesionalismo.

En todo caso, el público se entregó a la fiesta y las leyendas del Barcelona alcanzaron a aplaudir la voluntad de los dos conjuntos. En el segundo tiempo hubo un momento en que a los fanáticos no les bastaron los coros y empezaron a saltar, y cuando las tribunas temblaron las leyendas del Barca salieron del aislamiento de las cabinas y, comandados por Sorín y Puyol, se pararon frente a la tribuna occidental para grabar videos y tomarse fotos. Ellos salieron quince minutos antes del pitazo final para bajar tranquilos.

Un punto para Millos, otro para Santa Fe. Las leyendas del Barcelona no mostraron preferencias, aunque terminaron su visita en el camerino de los rojos, aplaudiendo a quien contuvo los gritos de gol azules: el arquero Leandro Castellanos.

Sin que se inflaran las redes, por azar, me resultó una Nochebuena de fútbol.

Por Nelson Fredy Padilla * / npadilla@elespectador.com

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