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El sábado anterior dos mil personas llegaron a los alrededores del estadio Ramón de Carranza. Si bien las autoridades hicieron un llamado para mantener el aislamiento preventivo, las ganas de ver a los jugadores de Cádiz, de gritarles a su ingreso al escenario y de escuchar lo que sucedía dentro fueron más. Los hinchas del equipo gaditano, tan habituados a su ración de tristeza, vieron que la de felicidad estaba muy cerca y por eso no les importó quebrantar el llamado al distanciamiento, pues la esperanza suele ser un sentimiento terrible y agónico, pero dulce.
Ese día el equipo perdió 1-0 con Fuenlabrada y la ilusión de regresar a la primera división del fútbol español se disipó como, a veces, la memoria de quienes repiten en los bares de la ciudad, una y otra vez, las historias de un ayer más prodigioso para que las aventuras de antes y sus participantes no mueran en sus memorias, sino que prevalezcan en las nuevas generaciones. Porque el pasado, si fue mejor que el ahora, es el único tiempo sólido.
Sin embargo, el domingo, con la gente en una calma momentánea, sabiendo por la experiencia de los años que el destino castiga cualquier distracción y con los sentidos atentos a lo que pasaba en La Romareda, Oviedo venció 4-2 a Real Zaragoza y la noticia fue oficial: Cádiz era de primera.
“Las personas se congregaron en la Puerta de Tierra, que es la entrada del casco histórico de la ciudad. Y fueron las 11, las 12, la una de la madrugada y seguía el festejo. Y no era para menos, acá no se le pide al equipo ganar cosas, sino estar con los mejores”, cuenta Jesús Cañas, periodista del diario El País y quien asegura que el miedo ahora es que la algarabía no se torne en un rebrote del COVID-19, pues hubo temeridad y quizá muy pocos cuidados en la celebración.
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Pero volviendo a la fiesta de Cádiz, lo primero que se intentó, por parte de los medios, fue contactar en El Salvador a Jorge El Mágico González, para la mayoría el mejor futbolista que ha tenido el club en toda su historia. No corrieron con suerte, pues no fue sencillo ubicar al hombre apocado, huraño con el extraño y que pasa sus días entre la sencillez de su hogar y los partidos de fútbol con amigos. “No es que no le guste hablar, solo que la timidez lo mata en exceso”, repite Claudio Martínez, periodista salvadoreño, no sin antes recalcar que González ha tenido tantos números telefónicos que ya es una cuestión de suerte dar con el que es.
No obstante, lograron hablar con él y en medio de sus palabras retraídas, a través de una videollamada, se limitó a decir lo que muchas veces dijo antes, incluso cuando David Vidal, un entrenador bigotón y regañón, entró en conflicto con él por su ausencia en los entrenamientos a pesar de que en los partidos anotaba: “Para mí Cádiz es el mejor equipo del mundo”.
A El Mágico nunca le importó que la institución en la que estuvo siete años (1982-1984 y 1986-1991) fuera falible. A los aficionados tampoco. Un instante de alegría, escalofriante, con su culebra macheteada (cuando le mostraba la pelota al rival y después, con un movimiento rápido del pie, la sacaba para el otro lado) era suficiente para los aplausos, los pañuelos blancos y la sensación de que la boleta había sido un dinero bien gastado.
“Hace poco vino de visita y no exagero cuando digo que el recibimiento fue el de un rockstar. Lo tratan como a un dios”, añade Cañas. Más que un dios, se podría decir que González reflejó lo que era la sociedad gaditana sin necesidad de haber nacido allí. Y puede que por eso lo hayan acogido tanto, le hayan perdonado su vida nocturna, sus noches viendo cantar a Camarón de la Isla (José Monje Cruz), un cantaor andaluz igual de bohemio, de desobediente, de talentoso. Y pidiendo que le cantara Como el agua, porque sentía que él era así, “como el agua clara que baja del monte, de día y de noche”, que al final siempre viene y va.
Tal vez el Cádiz de hoy, el dirigido por Álvaro Cervera, no tenga a un jugador como González, que hable con las manos y sea un mago de la improvisación, pero sí tiene un grupo unido (Álex Fernández, José Mari, Garrido, Alberto Perea, Salvi Sánchez, Iván Alejo y el Nano Mesa), entregado a un solo objetivo, que ya cumplió, y que cada paso que dio, lo dio pensando en el ayer para potenciar el ahora. Eso sí, la afición sigue siendo la misma, con el legado intacto, con las añoranzas heredadas y con el anhelo de que la próxima temporada el club se mantenga en primera, bien sea por la magia de uno solo, como antes, o por el encanto del buen trabajo en grupo.
“Nosotros somos una isla pegada al continente por un bracito de tierra. Somos diferentes a los demás, sentimos diferente y festejamos diferente. Al final de cuentas, Cádiz es Cádiz, y acá hay que reírse hoy porque no sabemos qué venga mañana”, concluye Cañas.