No es posible olvidar y es un deber con la memoria recordarlos. Fueron 39 aficionados del fútbol los que perdieron la vida hace cuarenta años en el estadio de Heysel, en Bruselas (Bélgica), en una final de la principal competición de clubes de Europa que nunca debió jugarse aquel miércoles 29 de mayo de 1985.
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Cuesta creer que sin que las autoridades terminaran de levantar los cadáveres, evacuar los heridos e intervenir la tribuna de la tragedia, una hora y 25 minutos después de la cita programada, el partido entre Juventus de Italia y Liverpool de Inglaterra se jugó como si nada hubiera sucedido, y cualquier internauta de Youtube puede hoy volver a ver el único gol del encuentro conseguido por el astro francés Michel Platini, a través de un penalti en el minuto 57 que permitió la victoria del equipo italiano orientado por el reputado técnico y ex jugador Giovanni Trapattoni.
Ni en ese momento ni ahora se puede desestimar la seguridad en un escenario masivo tan competitivo como el del fútbol. Pero en esos tiempos de los años ochenta, entre los aficionados ingleses se recobraron los actos vandálicos en las tribunas y en las calles, y los hinchas llamados hooligans se volvieron normales cometiendo destrozos en los estadios.
En ese contexto de impunidad entre las autoridades locales y del fútbol, el desafío de 1985 le correspondió a Bruselas y el estadio de Heysel fue el lugar escogido para la final de la Champions entre el vigente campeón de Europa, Liverpool, orientado por Joe Fagan, y el Juventus de Italia, con varios de campeones del mundo en el mundial de España 1982. Una extrema rivalidad entre los principales exponentes del fútbol del Viejo Continente que provocó una masiva afluencia de hinchas hasta desbordar el aforo de los 60.000 espectadores.
Desde la antesala del encuentro las autoridades de Bruselas tuvieron que lidiar con los desórdenes de los hooligans. Pero no hubo contribución de las autoridades del fútbol para contenerlos ni generar un entorno de competencia sin amenazas a la integridad personal de los aficionados. Apenas 18 días antes el periodismo había informado horrorizado lo sucedido en el estadio Valley Parade de Bradford (Inglaterra), donde un incendio en una de las tribunas durante un partido de tercera división causó la muerte de 56 personas.
Ni siquiera este desolador antecedente puso en preaviso a los responsables de la seguridad y al momento de la crisis, el pánico impuso sus reglas y se precipitó la fatídica avalancha. Pasadas las siete de la tarde noche de aquel 29 de mayo, los hooligans derribaron la valla que los separaba de la zona Z repleta de aficionados del Juventus y provocaron la estampida.
Lanzando botellas, palos y toda clase de objetos contundentes se abrieron paso los agresivos hooligans y, con el propósito de eludir el ataque los hinchas se fueron amontonando contra un muro y las vallas de contención de la tribuna con resultados fatales.
La mayoría de las víctimas perdió la vida por asfixia o aplastamiento. El número de heridos superó los 600. La impericia y la impotencia de las autoridades belgas resultaron evidentes y la tragedia de Heysel ratificó los atrasos del fútbol en materia de garantías de seguridad en los estadios.
Las imágenes de este desolador momento todavía impactan, pero a la luz de las actuales reflexiones, la otra parte de la historia que causa aún más desconcierto es que después de tantas vidas perdidas por un acto doloso de intolerancia e irreflexión colectiva, la final de la Champions 1985 entre Liverpool y Juventus se haya jugado.
¿Increíble, la final de Heysel, se jugó!
Con público en las tribunas y arbitraje del juez suizo André Daina, se desarrolló la final y saltaron a la cancha los equipos. Juventus de Italia alineó a Stefano Tacconi, Luciano Favero, Antonio Cabrini, Sergio Brio, Gaetano Scirea, Massimo Bonini, Michel Platinil, Marco Tardelli, Zbigniew Boniek, Massimo Briaschi y Paolo Rossi. Liverpool estuvo con Bruce Grobbelaar, Phil Neal, Jim Beglin, Mark Lawrenson, Alan Hansen, Steve Nicol, Ronnie Whelan, Paul Walsh, John Wark, Ian Brush y Kenny Dalglish.
Antes de comenzar el encuentro, los capitanes de las dos escuadras, Gaetano Scirea y Phil Neal, leyeron un comunicado en inglés e italiano para pedir tranquilidad a los aficionados. Usaron el mismo argumento de las autoridades belgas y del fútbol para justificar la realización del juego. Había que impedir que los aficionados empeoraran las circunstancias. No fueron una razón superior las víctimas.
Se disputó la final, las crónicas de la época cuentan que desde algunas zonas del estadio todavía se veían los cadáveres y que durante todo el partido la policía belga rodeó la cancha. Al minuto 57, Michel Platini filtró un balón al delantero polaco Zbigniew Boniek, quien fue derribado en el área chica por el defensor escocés del Liverpool, Gary Gillespie, quien ingresó en la segunda etapa. El árbitro señaló el penalti y lo convirtió en gol el volante francés Michel Platini. Fue la primera Copa de campeones de Europa del Juventus y los jugadores recibieron el trofeo en el vestuario.
Ni la UEFA ni las autoridades belgas ni los administradores del estadio de Heysel respondieron ante la justicia por acción u omisión en los hechos. Únicamente catorce personas fueron procesadas con penas laxas que pronto se convirtieron en libertades anticipadas que se volvieron definitivas.
Unos cuantos meses fue toda la sanción por la tragedia en Heysel. En cuanto a las autoridades deportivas, el equipo Liverpool fue castigado con la prohibición de participar diez años en cualquier competición europea, sanción que luego fue reducida a seis años.
Los equipos ingleses también quedaron por fuera de competencia cinco años y la FIFA se vio forzada a tomar medidas en favor de la seguridad que había aplazado. Se prohibió la venta de bebidas alcohólicas, el acceso de botellas de vidrio o banderas provistas de mástiles, la exhibición de símbolos asociados a violencia, entre otras normas, que resultaron insuficientes para contener los desafueros en los estadios de fútbol.
Las más grandes tragedias en los estadios de fútbol
Apenas cuatro años después, el 15 de abril de 1989, el absurdo se volvió a encarnar en un estadio y el escenario fue Hillsborough, en Sheffield (Inglaterra), donde 97 personas perdieron la vida como consecuencia de una avalancha de aficionados.
La causa directa no fue un acto de mal comportamiento de los hinchas sino un exceso de aforo y mal estado de las instalaciones deportivas. De nuevo las imágenes de horror dieron la vuelta al mundo y esta vez el gobierno de la primera ministra de Inglaterra, Margaret Thatcher, promovió el informe Taylor, que reguló sobre la prevención de las tragedias en los coliseos deportivos.
Las duras lecciones de Heysel y Hillsborough determinaron una toma de conciencia. Pero como los errores se repiten, la bitácora de desastres causados por la fragilidad de los escenarios o el mal comportamiento de los hinchas, dejaron 84 muertos el 16 de octubre de 1996 en el estadio Mateo Flores de Guatemala durante un juego entre la selección local y la de Costa Rica; y 127 víctimas en el estadio Ohen Djan en Ghana durante un encuentro del torneo local.
La lista completa de los aficionados fallecidos en las tragedias del fútbol es significativa. De los últimos treinta años estos dos casos son los casos más graves. Pero en la historia del fútbol ningún hecho supera al sucedido el 24 de mayo de 1964, con 328 muertos y 800 heridos en un partido en el estadio nacional de Lima entre las selecciones de Perú y Argentina, durante el preolímpico suramericano rumbo a Tokio.
El tiempo ha atenuado la memoria de este espantoso momento del fútbol, pero en cambio Heysel siempre ha prevalecido en las remembranzas amargas del fútbol. El estadio fue reconstruido y rebautizado como Rey Balduino, pero cada 29 de mayo regresan los fantasmas de Heysel a recordar que ese día de 1985 comenzaron a desaparecer los abusivos hooligans de los estadios del mundo.
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