Lionel Messi amaneció en Miami con 38 años, una camiseta rosa y un nuevo capítulo escrito en su colección de hazañas. Esta vez, no con el escudo del Barcelona, ni con la celeste y blanca de la selección, sino con el logo de una garza en el pecho y un brazalete que ya parece permanente. En su día, no hubo torta ni globos, al menos en público, pero sí regalo: Inter Miami se clasificó para los octavos de final del Mundial de Clubes 2025 y sigue en carrera. Y él, claro, volvió a ser el factor decisivo. Una vez más.
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El equipo de Javier Mascherano, una banda de músicos experimentados que aprendió a tocar a otra velocidad, cerró su participación en el grupo A con cinco puntos, la misma cantidad que Palmeiras. Clasificó segundo, pero con algo más valioso que el orden en la tabla: la certeza de que con Messi todavía se puede.
Un dato que pesa: jamás quedó afuera en fase de grupos. La estadística es tan sólida que parece un invento: en 38 torneos internacionales jugados, entre clubes y selección, Messi nunca fue eliminado en fase de grupos. Diecinueve veces en Champions, quince con la Argentina, tres con Inter Miami. Siempre avanzó. Siempre dio un paso más. No hay otro jugador en la historia con ese registro. No es suerte. Es consistencia y jerarquía.
Contra el Oporto, el genio volvió a hacerlo
En la segunda fecha del grupo, Inter Miami enfrentaba al Oporto después de un decepcionante 0-0 con Al Ahly. Era ganar o comprometer la clasificación. Lo perdía 1-0 por un penal ingenuo, y el equipo portugués manejaba el partido con una arrogancia funcional. Pero el Inter tiene una diferencia: a Messi le bastan diez metros libres y tres segundos de distracción para cambiar la historia.
Primero empató Telasco Segovia tras una buena jugada colectiva por el costado derecho. Después, llegó el momento mágico. Falta en la puerta del área. Todos sabían lo que iba a pasar. Incluso Claudio Ramos, el arquero del Oporto, que igual dejó un hueco. Messi lo vio, apuntó, y metió su gol número 50 con la camiseta del Inter Miami. Festejo contenido, sonrisa cómplice con Suárez. Fue como firmar un contrato con el destino: el Inter, con él, avanza.
Es cierto que a Inter Miami le cuesta sostener el ritmo de los partidos. Que Suárez arrastra los 38 años con esfuerzo, que Alba ya no pasa como antes, que incluso Busquets necesita aire a veces. Pero todos entienden el libreto. Y el libreto gira en torno a Messi. Lo protegen, lo buscan, lo siguen. Saben que en algún momento va a hacer algo. Como en el segundo gol contra el Oporto, como en el inicio del empate ante Palmeiras.
Ese último partido de fase fue un resumen de su estilo: posesión cansina, toques de lado a lado, ritmo anestesiado. Una estrategia. Porque el Inter duerme los partidos como una serpiente que espera. Y cuando pica, duele. El 1-0 llegó por un gol de Tadeo Allende tras una jugada con Suárez de pivot y un sprint que lesionó a Murilo. Luego, Suárez metió el segundo con un zurdazo lleno de rebote y orgullo. El 2-2 final fue más mérito del Palmeiras que error de Inter. Pero bastó para pasar. Misión cumplida.
El cruce que nadie imaginó, pero todos querían
El PSG es el ex. El que no lo entendió. El que no supo usarlo. El que lo recibió después del llanto por Barcelona, pero nunca lo abrazó de verdad. En París jugó 75 partidos, hizo 32 goles, repartió 34 asistencias, ganó tres títulos... y no conectó. Lo admitió después, ya desde Miami: “No era feliz ni en los entrenamientos ni en los partidos”. Ahora, el destino le pone frente al equipo que no lo disfrutó. Y lo hace en un escenario que importa: una eliminatoria mano a mano, con Luis Enrique del otro lado.
Es la primera vez que enfrentará al PSG en una competencia oficial. Su balance anterior, todos con la camiseta del Barcelona: cuatro triunfos, tres empates, tres derrotas y seis goles. Pero ahora es distinto. Ahora es personal. Porque si este Mundial es su última gran función en un torneo internacional de clubes, entonces cada cruce es una escena clave. Y este, con el PSG, parece escrito por un guionista.
Messi no corre como antes. Ni falta le hace. Se pasea por la cancha con las manos detrás, como un general retirado que todavía da órdenes sin levantar la voz. Se conecta cuando quiere. Aparece cuando debe. El resto del tiempo, lee. Encuentra los puntos ciegos. Y desde ahí, maneja.
Contra Palmeiras hizo eso. Se alejó, volvió, se colgó de Busquets y Redondo, pidió la pelota, se metió al centro. El equipo gira a su alrededor y así se sostiene. Porque el fútbol, por más que lo quieran acelerar, todavía premia a los que piensan más rápido que los demás.
El legado llega a su recta final
Lionel Messi no tiene que demostrarle nada a nadie. Tiene más títulos que la mayoría de los clubes y una Copa del Mundo en la vitrina. Pero a los 38, todavía quiere más. Todavía juega como si faltara algo. Todavía se enoja cuando le sale mal un pase. Todavía camina, sí, pero camina para ganar.
En el fondo, todas las miradas empiezan a apuntar más allá de este Mundial de Clubes. A ese otro, el que mueve naciones, el de 2026. Será en Estados Unidos, su nueva casa, con la Argentina como defensora del título y una generación que creció a su sombra. ¿Estará? Nadie lo sabe. Ni él. Cuando le preguntan, esquiva la presión con la serenidad del que aprendió a convivir con lo imposible: “Viviré el día a día y ya veremos”, dice. O: “Quiero ser lo más sincero conmigo mismo”. Siempre deja la puerta entre abierta. Y mientras tanto, juega.
Porque mientras lo siga haciendo, el Inter de Miami —ese equipo de memorias, y fútbol cerebral— tendrá una oportunidad más. Ahora le toca el PSG. Después, nadie sabe. Pero con Messi, siempre es mejor creer.
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