Jean Hermann Gnabry es un hombre apasionado por el conocimiento, que siempre ha tenido la vocación de enseñar a los demás. Por eso, hace más de 25 años viajó desde su natal Costa de Marfil hacia a Alemania para aprender el idioma de ese país y luego regresar a inculcarlo en tierras africanas.
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Sin embargo, el amor se atravesó en el sendero de su existencia, pues se enamoró de Birgit, una alemana. Se quedaron juntos en la nación europea y el 14 de julio de 1995, en Stuttgart, tuvieron a su hijo: Serge Gnabry. Desde que aprendió a caminar ya quería correr. Al niño le apasionaba utilizar sus piernas para conocer la velocidad.
Gnabry fue creciendo y conoció las maravillas que hacía un tal Usain Bolt, el legandario atleta jamaiquino que revolucionó el mundo del deporte con sus títulos y récords olímpicos y mundiales. Serge anhelaba imitarlo y convertise en una leyenda del atletismo, pero sus extrematidades inferiores no soportaron tanto desgaste.
Y el pequeño Serge encontró otra diversión: la pelota de fútbol. Con su velocidad era capaz de eludir a varios en el camino al gol. Además, trabajó en su talento con el sagrado esférico y, luego de pasar por las divisiones menores de varios clubes alemanes, incluido el Stuttgart, fue vendido al Arsenal inglés.
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Con el cuadro de Londres debutó como profesional y consiguió cuatro títulos, pero la anhelada continuidad comenzó a desaparecer y buscó nuevos horizontes. Fue a West Bromwich Albion y después retornó a Alemania para militar en Werder Bremen y Hoffenheim. En 2018 fue adquirido por el Bayern Múnich, club donde ha explotado su talento.
Este miércoles fue la figura en el encuentro que selló el tiquete del Bayern a la final de la Champions League. Gnabry anotó dos goles en el triunfo por 3-0 sobre el Lyon francés. “Queremos el triplete, el domingo vamos a darlo todo”, sentenció el hombre que quería ser como Usain Bolt y que está dejando su propio legado.