Juan Román Riquelme, la eterna magia del 10

El pasado 26 de enero el jugador argentino anunció que se retiraba del fútbol profesional. Su historia de vida y estilo de juego lo hicieron un futbolista único.

Riquelme.com - AFP

El día que Juan Román Riquelme y su magia llegaron a este mundo, Argentina vivía inmersa entre la expectativa y el miedo. Era la noche del sábado 24 de junio de 1978 y faltaban menos de 24 horas para que la selección albiceleste disputara la final del Mundial contra la mítica Holanda comandada por los hermanos van de Kerkhof, Ruud Krol y Arie Haan en el estadio Monumental de Buenos Aires. También se vivía en toda la nación un ambiente de represión, pues se cumplían dos años y tres meses desde que la dictadura militar ejecutó un golpe de estado que se caracterizó por la censura como su bandera de gobierno.

Entre el éxtasis deportivo y la represión, Juan Román se convirtió en el primer hijo de una numerosa familia que conformaron Jorge “Cacho” Riquelme y María Ana, pareja que vivía en un partido ubicado a tan sólo 28 kilómetros de la capital llamado San Fernando. Después de Román llegó Mercedes, luego Cristian, Elizabeth, Joana, Diego, Gastón, Karen, Ricardo y finalmente Cecilia. “Armé un equipo de fútbol con mis hijos”, decía en medio de risas Jorge a su esposa María Ana.

La situación en que vivía la familia Riquelme no era fácil. Con el paso de los años aumentaban las bocas para alimentar y las necesidades. Sin embargo, esta pareja sabía que valía la pena luchar por sus hijos. Años después Riquelme aseguraría en una entrevista que, "a mis viejos los admiro, no sé cómo hicieron para criar tantos chicos en estos tiempos de miseria. Y siempre con una sonrisa, enseñándonos lo bueno y lo malo de la vida, el valor del esfuerzo, el trabajo, la honestidad. Por ellos yo doy la vida. Fueron, son y siempre serán lo más importante para mí”.

Desde muy corta edad, Juan Román empezó a asistir a la Escuela Independencia No 24 de San Fernando y fue allí donde descubrió el amor de su vida, el fútbol. "Nunca me gustó leer. El mejor momento para mí era el recreo, por fin podía jugar a la pelota", recuerda Riquelme.

El primogénito de la familia era tímido, pero además travieso. Llegaba a casa, comía y en vez de ir a la iglesia, porque su mamá quería que fuera catequista, se escapa a los potreros a jugar partidos. Su papá era quién recibía los reclamos de la mamá después de que regresaba a casa lleno de barro y con raspaduras por todo el cuerpo.

Pero así como lo defendía, su padre también el exigía. “Mi viejo era muy duro conmigo. Siempre me daba órdenes, me corregía, me marcaba los defectos y rara vez me decía que había redondeado un gran partido. Recuerdo que una vez empecé a llorar en pleno partido por sus gritos. Pero él lo hacía para que no entrara en lagunas, para que no me fuera del juego, para mantenerme siempre atento, concentrado”. Con el paso de los años Riquelme entendió que esa fue una de las claves para llegar a ser uno de los mejores.

El fútbol como un estilo de vida

A pesar de las dificultades Román era feliz, cuidaba a sus hermanos y vivía con emoción el acelerado ritmo de su hogar. "El recuerdo más lindo de mi infancia es el ruido de mi casa. Crecí con mucho ruido. A toda hora había gente. Sobre todo en el comedor, donde estaba la mesa y la heladera en un rincón. Y cada año ese ruido se hacía más grande".

El día que Román terminó la primaria, no celebró. Se lo reservaría sólo a sus goles en cada partido. Era consciente de que había culminado esta etapa sin ninguna motivación y disfrutaba más estar dentro de  una cancha de fútbol que en un salón de clases; por eso decidió comentarle a su padre que iba a abandonar la escuela con tan solo 10 años porque sabía que había nacido para jugar al fútbol.

No se equivocó. A los pocos días llegó a San Francisco un buscador y entrenador de jóvenes promesas llamado Jorge Rodríguez quien quedó impresionado con su talento y no dudó ni un instante en llevarlo a probarse en Platense, equipo que militaba en la primera división del fútbol argentino. Sin embargo, el pequeño Riquelme no pasó las pruebas pues a los entrenadores les pareció demasiado flaco.

Argentinos Juniors, fue la siguiente puerta que tocaron. Allí lo vieron jugar y a los pocos minutos lo aceptaron. Estaban seguros que la calidad del joven sanfernandino más un buen entrenamiento podrían resultar interesantes. Le notificaron a Román que debía presentarse a las divisiones menores del club con la mayor antelación posible. De aquella etapa, el mediocampista diría: “Era chiquito y me despertaba a las 6:30 de la mañana, caminaba 20 cuadras hasta la estación y en una hora de tren llegaba a Saavedra. Ahí me tomaba el 133 una hora más tarde y llegaba al Bajo Flores donde entrenábamos las inferiores de Argentinos. Dos horas de ida y dos horas de vuelta. Todos los días así. Pero nunca me quejaba. Por fin estaba en lo que me gustaba. Había días en los que me lograba colar en el tren y volvía contento a mi casa porque me quedaban dos pesos para tomarme una Coca Cola con mis amigos en el kiosquito del barrio. Con poco, era muy feliz”. 

"Yo a Boca no vengo a hacer amigos, vengo a ganar campeonatos"

Luego de estar en las inferiores del conjunto de la paternal, Riquelme fue comprado por Boca Juniors. Destilaba talento cada vez que pisaba el balón, por tal razón uno de los mejores clubes de la Argentina y del mundo quería tenerlo en sus filas. Con el conjunto xeneize debutó en 1996, más exactamente el 11 de noviembre cuando fue inicialista en el partido contra el Club Atlético Unión en la Bombonera. Ese día el equipo dirigido por Carlos Salvador Bilardo ganó dos cero y la destacada actuación del juvenil le sirvió para ser titular el resto del campeonato. El 24 de noviembre anotó su primer gol como profesional al  aportar el sexto tanto en la goleada de Boca a Huracán.

De ahí en adelante su romance con el gol, con la hinchada, con la pelota y con el mundo del fútbol fue infinito. Polémico como todo los buenos jugadores pero ganador como pocos. Obtuvo cinco títulos locales con Boca, gritó campeón en la Copa Argentina de 2011, celebró tres Copas Libertadores, una Recopa Sudamericana y dos Intertoto con el Villareal. Además jugó con el Barcelona en España y fue campeón Sudamericano y Olímpico con la selección argentina sub23.

Riquelme se volvió eterno, llegó al corazón de los hinchas boquenses y se ganó la admiración de los rivales. Más allá de los 173 goles y 272 asistencias que firmó en 670 partidos, impuso un estilo de juego, una manera diferente de ver el fútbol. Alguna vez Zinedine Zidane dijo, “si yo fuera entrenador o pudiera hacer un equipo, Juan Román Riquelme jugaría siempre", Lionel Messi aseguró que "Argentina tiene grandes jugadores, pero Román es diferente" y Andrés Iniesta, compañero en el Barcelona señaló, "Tuve la suerte de coincidir con él y compartir vestuario. Es un fuera de serie, sólo puedo decir eso. Como media punta es un número 1".

Llegarán los homenajes, las condecoraciones y quizás una despedida. Se publicarán cientos de noticias y crónicas sobre los mejores goles y frases de Riquelme, sin embargo, solo el tiempo permitirá comprender que fue un jugador que marcó para siempre la historia del fútbol mundial porque entendió que en lo más sencillo está lo mejor de la vida, comprendió que el fútbol se hizo para divertirse y cumplió con su palabra cuando aseguró que : “El día que no me divierta más jugando al fútbol me voy a tomar mate con mi mamá".