Los voluntarios de la tragedia de Chapecoense: una historia de amor y solidaridad

Fueron más de 200 personas que se acercaron para colaborar tras el accidente aéreo que dejó 71 personas fallecidas y 6 sobrevivientes. La generosidad, el desinterés y la gratitud, enmarca la historia de cada una de ellas.

El momento de las despedidas de los sobrevivientes se realizaba con todas las personas que estuvieron en su recuperación. / Aeropuerto Internacional José María Córdova

“Esta fue una historia de solidaridad, amor y hermandad”, reflexiona María Andrea Bonilla, una de las más de 200 personas que se ofrecieron a trabajar como voluntarias en la tragedia que enlutó al mundo entero el pasado 28 de noviembre, cuando el avión que trasportaba al equipo brasilero Chapecoense se accidentó en Antioquia. (Vea también: "No queríamos que otra persona muriera y lo logramos")

Al día siguiente, en horas de la mañana, la Alcaldía de la capital antioqueña junto con la empresa Airplan, la cual cuenta con la concesión de los aeropuertos Olaya Herrera de Medellín y José María Córdova de Rionegro, a donde iba aterrizar la aeronave de LaMia con la delegación del club brasilero; difundieron a través de redes y medios de comunicación, la información que estaban solicitando personas que hablaran portugués o fueran psicólogas.

“Se me pasó por la cabeza que aquí en Rionegro no debía haber muchas personas que supieran portugués. Después me di cuenta de que había sido un pensamiento totalmente errado”, dice María Andrea, quien con 31 años lleva viviendo tres meses en territorio antioqueño, después de haber hecho una especialización y una maestría durante cuatro años en psicología en la Universidad Federal de Río Grande del Sur ubicada en Porto Alegre, Brasil.

Mientras estuvo viviendo en Brasil, a la par de sus estudios, María hizo parte de varios grupos de investigación enfocados en psicología. Esa noche del 28 de noviembre se iba a la cama con la mente puesta en la visita que iba a tener por la mañana en una universidad local para ver si existía algún grupo al que pudiera pertenecer. Despertó, se arregló y agarró su celular. En él, varios mensajes de sus conocidos brasileros, todos indagando sobre lo mismo: “se cayó un avión cerca a tu casa, ¿cómo estás?”. Ella no entendía hasta ahora nada. (Lea también: Chapecoense: crónica de una tragedia aunciada)

Pero llegó la llamada que la pondría al corriente de lo que estaba sucediendo. Una amiga se comunicó con ella y le dijo que estaban necesitando en el José María Córdova personas que hablaran portugués. María prendió la radio, su computador y empezó a leer noticias. “No me gustó el trato con el que algunos medios manejaron la información, por lo que decidí no seguir viendo”. No será la primera critica que esta bogotana tendrá ante la prensa. Sin embargo, no lo pensó dos veces y salió hacia el aeropuerto dejando a un lado la cita que tenía. “Lo primero que pensé fue que mucha gente iba a necesitar comunicarse y no lo podía hacer”.

Ubicados en una sala del aeropuerto, empezaron a ver la cantidad de gente que iba llegando. Entre brasileros que viven en Medellín, como personas que arribaban desde Bogotá y Cali.  “Al Olaya Herrera llegaron 200 personas y al José María Córdova en menos de dos horas se presentaron 160 voluntarios, entre psicólogos y traductores. Era tanta la gente que nos tocó cerrar las puertas y decir que estábamos desbordados. Solicitamos un tiempo para saber exactamente qué necesitábamos”, le dijo Ana Lucia Pérez, jefe de comunicaciones de Airplan a El Espectador.

Cada uno de los voluntarios debía llenar una lista en donde tenían que colocar si eran traductores o psicólogos. María podía ayudar en ambas labores, pero hasta ese momento, nadie sabía qué iba a suceder, ni mucho menos lo que les iba a deparar las próximas semanas. Justo ahí decidieron organizar grupos y dividirlos de acuerdo a lo que iba sucediendo con el accidente. Unos debían encargarse de las familias de los sobrevivientes y otros de los fallecidos.

El combo de la vida

Así bautizó María Andrea su labor y la de sus compañeros. La ansiedad se apoderaba de cada uno de los voluntarios que debía recibir a los familiares de los sobrevivientes. Nadie sabía con exactitud en qué condiciones iban a llegar. “Yo no quise ver las fotos de las personas que rescataron con vida porque me mentalicé en que quería verlos bien”. Con esa actitud la bogotana asumió desde el primer día su labor, fue la misma con la que estuvo hasta el último cuando el jugador Helio Neto fue dado de alta. Y fue la que le inculcó a sus compañeros entre brasileros y colombianos, quienes también le enseñaron y le aportaron durante este periodo de tiempo.

Instituciones, voluntarios, médicos, especialistas, todos tenían un rol especifico. Igual de valioso el de cada uno. Los saludaban, se presentaban y se ponían a disposición de cualquier cosa que necesitaran. Así se daba el primer contacto entre los voluntarios y los familiares. “A mí grupo les dije que no se necesitaba ser psicólogo para hacer la labor que íbamos a desarrollar. No nos conocíamos, pero hubo una conexión a partir del deseo de ayudar. Éramos cinco (en principio fueron cuatro) y entre todos nos apoyábamos. Todos éramos iguales, nadie tenía rangos”. Con esa idea María Andrea y sus compañeros emprendieron el camino hacia una labor admirable.

Y es que la tarea de los voluntarios consistió, palabras más palabras menos, en: estar ahí. Pero así suene sencillo, no lo fue. “Partimos de la premisa en que debíamos escucharlos, ponernos en los zapatos de ellos, teníamos que ser selectivos en las palabras que íbamos a usar para dirigirnos. Nuestra ayuda consistía en ser los facilitadores en las cosas básicas que las familias requerían”, recuerda María que, desde los cargadores para sus aparatos electrónicos, hasta información sobre hoteles, les suministraban a las familias.

Una bella casualidad

María Andrea duró cuestionándose durante su periodo de voluntaria por qué no sentía lo mismo que los demás con respecto a la tragedia. Ella decidió alejarse de las noticias y mantenerse distante de todo lo que se desenvolvía alrededor. El objetivo: estar con la mejor energía de cara a lo que necesitaran los familiares. “Creo que ser una ‘ignorante’ frente a lo que sucedía me sirvió”.

Ya hoy reflexiona y se da cuenta de la magnitud y las fibras que despertó esta tragedia en el mundo entero. “Todo esto fue una bella casualidad. Porque sí fue lindo. Me reafirmó muchas cosas que ya las pensaba en cuanto a la parte generosa y buena del ser humano”. Jamás se imaginó estar viviendo en Rionegro y que el saber portugués le fuera a servir para algo. Y nunca se le pasó por la cabeza que el hecho de haber estado casi cuatro años en la parte sur de Brasil, de donde proviene el Chapecoense, le fuera a servir para tener algo en común con los sobrevivientes y sus familias.

Al principio fueron más de doce horas del acompañamiento de los voluntarios con las familias. Después delegaron turnos de cinco. Siempre de domingo a domingo. “Nunca lo vimos como un trabajo, cada uno iba con la mejor disposición porque ya empiezas hacer parte de la cotidianidad de ellos en su proceso de recuperación. De cierto modo, haces parte de sus familias, no de la dinámica familiar, sino la del día a día”.

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Hubo otros grupos encargados de los familiares que llegaron para acompañar a los fallecidos. Ellos tuvieron todo el apoyo de psicólogos y especialistas en catástrofes aéreas. Fue la aerolínea Avianca la que puso a disposición todo su equipo encargado de tratar este tipo de crisis. Todas las empresas que quedaron alrededor de la tragedia, por más que estuvieran o no preparadas para tratar este tipo situaciones, al final fueron el resultado de cientos de personas que se pusieron a disposición de los mínimos requerimientos de cada una de las víctimas.

Esto era un tema de humanidad y de ayuda, para cualquier otra cosa diferente no había espacio. Así lo ratificó Ana Lucia, “por términos legales, nuestra responsabilidad es de 8 kilómetros alrededor del aeropuerto. El accidente fue a 17. Pero es imposible no haber hecho todo lo que hicimos, a nadie le cabe en la cabeza eso. Asumimos gastos impresionantes, es el día que no tenemos la cifra de todo lo que hemos pagado en tema logístico. Eso lo tenía que haber hecho la aerolínea, pero ellos siempre fueron muy tímidos ante la situación, es algo que deberán resolver. Aquí nos queda que todos colaboramos sin pensarlo dos veces”.

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Llegó la hora de decir adiós

“Yo lloré dos veces, el día que se fueron los féretros y la despedida de Helio Neto”, dice Ana Lucia, quien vivió de cerca el abrazo entrañable con el que Helam Marinho Zampier, padre del jugador, y María Andrea tuvieron a la hora de decirse adiós. “Ese momento pagó los días sin parar”, afirmó la bogotana, quien además añadió que “la gratitud de las familias cuando nos tomaban de las manos o nos abrazaban fue el mayor pago que tuvimos nosotros como voluntarios”.

Para ella, “el momento de la despedida es donde verdaderamente se siente el valor de la vida. La felicidad de ellos era la de nosotros. Nunca fue una despedida triste en nuestro caso. Por eso se me hacía difícil entender la otra parte de la historia en donde había llanto y dolor”.

Eso se puede ver en cada uno de los videos de agradecimiento de los sobrevivientes antes de partir a sus hogares. Todos tenían algo en común: la palabra gracias. El estar vivos ya era un milagro, pero de ahí en adelante, en su recuperación, estuvieron detrás los cientos de personas que por más que hayan estado o no, tuvieron la intención de estarlo. Fueron las mismas que no lo dudaron y abarrotaron el aeropuerto de Medellín y Rionegro, llenaron las líneas telefónicas que se pusieron a disposición y enviaron todo tipo de ayuda.

Ningún voluntario cobró un peso. Se les reconoció la alimentación y el transporte. “Yo quede gratamente sorprendida de ellos, al principio tenía mis reservas sobre el tema, pensando en que alguien pudiera aprovechar la situación, pero realmente el trabajo, el compromiso y la voluntad de la gente fue impresionante”, sostuvo Ana Lucia.

Este es el lado de la historia donde la solidaridad, el amor y la hermandad, unieron corazones y se pusieron a disposición de manera desinteresada para una sola finalidad: ayudar.