Yo, Mané Garrincha

Evocación del astro del fútbol de Brasil, en momentos en que su país es nuevamente anfitrión de un campeonato mundial de fútbol.

Garrincha en compañía de Óscar Restrepo Pérez, Trapito, (derecha) y de su hermano Orlando, en épocas en que el periodista deportivo era aún recogebolas del estadio Atanasio Girardot, de Medellín. /Cortesía.

Hola, pueblo. Desde mi eternidad sin fútbol, les doy la cordial bienvenida a bordo en pleno mundial 2014. Por cierto, en uno de los estadios donde labré parte de mi inmortalidad, se están jugando algunos partidos. Lástima que el estadio “Mané Garrincha” quede en Brasilia, la capital, una ciudad hecha para el bostezo burocrático, por más que la haya pensado Niemeyer, el Pelé de la Arquitectura, a quien he visto por aquí en la eternidad. Me habría gustado más que el Maracaná de Rio, donde brillé, llevara mi nombre. Inmodestia aparte, me lo merezco.

A los que acaban de llegar les cuento algo de mi historia: en Pau Grande, donde nací (oct. 28-1933), un pueblo situado a 200 kilómetros del Botafogo de Río, jugábamos para la tribuna vacía, o de pronto habitada por escasos parientes y amigos. O por garotas que después nos brindaban sus mieles en algún rastrojo.
Jugábamos con balones proletarios, de trapo, o hechos con periódicos de ayer y amarrados con pita, para que no se desperdigaran los goles.
Los sofisticados balones de hoy son un tanto afeminados: tienen de todo, solo les falta sauna y manicurista.

Pensando en mí, sospecho, Passolini escribió que “el goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año”. Javier Marías, escritor y académico, dice que “el fútbol es la recuperación semanal de la infancia”. Falso: es la recuperación diaria.

Aprendí a hacer goles y a amar, en ese desorden. Desde entonces supe que “el amor es eterno mientras dura”, como escribió mi paisano Vinicius de Moraes. Lo supe por las garotas que hice felices e infelices al mismo tiempo. Es el extraño IVA que hay que pagar por amar sin medida. Nunca me gustaron las medias tintas. A veces lo siento por Iraci, mi primera dama, y por Elsa, la última.

Vinicius también me dedicó un soneto: El ángel de las piernas tortas. (traducción, al final). Sí, afortunadamente, nací con las piernas desobedientes: que la una para acá, que la otra para allá; que la derecha seis centímetros más corta que la izquierda. Todo gracias a una madrugadora poliomielitis.

Como venía con el chip para jugar exquisito fútbol, convertí la poliomielitis en arte. De ambas piernas me serví para mi oficio. Los zurdos, incluido Maradona, también son gente. Muchos ven algo de Chaplin en mi forma de interpretar ese deporte. Lo mío era samba con balón.

Cuando sigo el fútbol desde mi hábitat entre las estrellas, evoco la fugaz inmortalidad que nos depara el gol. Yo los hice durante 19 años en equipos de mi país, y en el Júnior, de Barranquilla, cuando mi fútbol empezaba a ocultarse, como el sol de los venados.

Los futbolistas nos suicidamos, o nos suicidan pronto en primavera. Tenemos escasa vida útil. El olvido está al final de la jornada.

Los de mi generación casi ni aprendimos a leer. Preferíamos vivir, y practicar el “jogo bonito”. Poco supimos de lidiar la fugaz fama.

Los tiempos cambian, claro está, para bien. Lo digo yo que me jacto de haber buscado primero la felicidad para mí. La caridad entra por casa. Luego divertí a mi pueblo. “Jugaba como quien cultiva orquídeas”, dijo un paisano (¿Nelson Rodrigues?) hablando de mí.

Siempre creí que el dinero no hace la felicidad, pero ¡cuánto ayuda! Es mejor ser rico que ser pobre, como dicen que decía un boxeador.

Aprovechándose de mi nobleza, me obligaban a firmar contratos en blanco con mi primer gran empleador, el Botafogo. ¡Cristo Redentor de Corcovado si me explotaron!

Por esa y otras razones que solo a mí conciernen, llegué escaso de metal al ocaso de la andadura. Y ciego, convertido en Borges del gol. Lo que no deja de ser una ironía, porque el gaucho memorioso pocón de fútbol.

En la película “Garrincha, estrella solitaria”, de Milton Alencar Jr., privilegian este aspecto de mi vida, privado de la luz. La película que a veces es documental, me pareció bella, a pesar de que la crítica no ha sido benévola con ella. Hay más leyenda que realidad, pero así fue mi vida. A veces ni yo mismo sabía si estaba viviendo mi propia leyenda. Gajes del oficio de ser Garrincha.

Me parece que a la película le ha hecho falta público. Y mejores teatros. Mis agradecimientos a André Goncalves, quien me encarnó en la cinta. ¡Qué garotas te tocó llevar a la cama en la película, viejo!

Los colegas que me dieron el codazo generacional, sí saben de negocios. Han convertido el fútbol en una máquina de hacer plata. Al lado de compañeros de rumba y mujeres de viento, sacadas de la pasarela, tienen asesores económicos políglotas, fugados de Harvard. Los que me han sucedido en el campo de juego se defienden lo mismo en la mesa, el spa, el turco, la junta de negocios, que en el campo de juego.

Que lo disfruten. Se lo merecen. Ellos, como yo, somos payasos que tenemos el encargo de distraer a los hinchas que “son cosa vana, variable y ondeante”.

Antes se hablaba de pan y circo. El circo de ahora lo ponemos los futbolistas. Menos mal, la torta económica está mejor repartida. No en todas partes, por supuesto. Los de abajo siguen siendo los de abajo. Los Garrinchas.

Messi, Ronaldo, Neymar,mi paisano, la nueva joya de la corona brasileña, ganan y gastan. Pero no se enloquecen con el billete. Y hacen bien. Me quedo con Neymar, ahora en el Barcelona, quien juega con la alegría, las ganas y la picardía que exhibía yo en Pau Grande. Espero que con él ganaremos la sexta copa.

Quienes nos dieron el codazo generacional hicieron su master en los potreros, la mejor universidad. Ellos tienen más de Garrincha, el pájaro pobre y veloz que me prestó su nombre y en el cual reencarnaba cada vez que hacía un gol, así fuera en Pau Grande, en Suecia o en Santiago, donde fuimos campeones del mundo.

Al final de mis cincuenta años me goleó el alcoholismo. No pude resistir su dribling endiablado. Lo digo yo que enloquecía a mis marcadores con mi prestidigitación. Gallego, mi marcador cuando enfrentamos a Millonarios, en Bogotá, todavía me está buscando.

Como se lo dije a manera de epitafio a Cepeda Samudio, un periodista barranquillero: “Yo viví la vida, la vida no me vivió a mi”. Con el gorrión de París, Edith Piaf - Garrincha de la voz- aprendí que “uno tiene que merecerse la muerte”. Pensando en nosotros, creo, otro paisano, Geraldino Brasil, escribí. “Las personas no mueren, quedan encantadas”. En fin, hice mi tarea. Ahí les dejo el cuero. Y la menina, como le decimos al balón en mi país.

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