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7 Aug 2021 - 2:00 a. m.

La ira de Sandra Lorena Arenas

Fue partera de cerdas, acólita religiosa, recogió café y comenzó en la marcha atlética como castigo de un entrenador. En los 20 kilómetros de esa disciplina, se quedó con la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Tokio.
Sebastián Arenas

Sebastián Arenas

Periodista Deportes
“Estuve tranquila, a pesar de que casi me caigo, de que me dieron puños y patadas. La china me gritaba, pero yo la gritaba también. Luego tuve sensación de vómito, pero traté de enfocarme en la carrera”, dijo Sandra Arenas, quien nació en Pereira el 17 de septiembre de 1993 y en la actualidad estudia una Licenciatura en Educación Básica.
“Estuve tranquila, a pesar de que casi me caigo, de que me dieron puños y patadas. La china me gritaba, pero yo la gritaba también. Luego tuve sensación de vómito, pero traté de enfocarme en la carrera”, dijo Sandra Arenas, quien nació en Pereira el 17 de septiembre de 1993 y en la actualidad estudia una Licenciatura en Educación Básica.
Foto: Agencia EFE

En el caso de Sandra Lorena Arenas Campuzano, la ira es un aspecto aliado. Lo ha implementado a su favor. Ha dicho que es una motivación para utilizar esa fuerza en el movimiento de cintura y de piernas que realiza en cada paso que da en la marcha atlética, en la que conquistó, en los 20 kilómetros, la medalla de plata olímpica, con un tiempo de una hora, 29 minutos y 37 segundos, cruzando la meta después de la italiana Antonella Palmisano.

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Esa ira le nació cuando era niña y las necesidades económicas derivaban en que sus padres tuvieran que mudarse constantemente. Nació en Pereira, dio sus primeros pasos en una vereda cercana a la capital risaraldense y comenzó su vida académica en las escuelas rurales del departamento de Quindío, donde conoció el deporte. Tuvo que ayudar a recoger café y a cuidar de las cerdas. De hecho, a veces hacía de partera con ellas y dejaba de comer carne durante meses por lo impactada que quedaba.

Su mal genio positivo se atenuó en la vida religiosa. Fue acólita del sacerdote Jhonatan Darío García, en el templo católico de Calarcá. Aficionado al deporte y con estudios en educación física, el párroco notó que Sandra Lorena poseía talento para el atletismo, luego de que la viera ganar una carrera en aquel municipio. “Continúa en esto”, le aconsejó. Para ella fueron palabras tan efímeras como lo que duró en 2009 su mudanza a Medellín.

En la capital antioqueña su ira volvió a aparecer, porque, en un principio, sus papás dudaban sobre dejarla ir a la pista de la Liga de Atletismo de ese departamento a acompañar a una amiga del colegio Santa Teresa, quien allí entrenaba. En el Instituto de Deportes y Recreación de Medellín (Inder) conoció al entrenador Libardo Hoyos, cuyo castigo le cambió el sendero de su existencia. Transcurría una tarde de entrenamiento con normalidad y la protagonista de estas letras se desató en carcajadas después de imitar a uno de los compañeros que practicaba marcha atlética. Ella decía que se movían “chistoso”.

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Hoyos le dijo que desde entonces no entrenaría más en los 5.000 metros y pasaría a la marcha. “Cuando llegó a entrenar acá le vimos condiciones por su movimiento de cadera”, afirmó el entrenador. Arenas también comenzó a darse cuenta de que se destacaba en esta disciplina, empezó a ganar competencias en Antioquia y en 2011 se graduó como bachiller en el Instituto Ferrini de Medellín, ciudad en la que aún tiene una casa donde colecciona las medallas que obtiene. Lo más probable es que la que viaja desde Tokio sea puesta allí.

Esa presea, la más valiosa hasta ahora, se suma a las múltiples que ha conseguido en todos los niveles desde que Libardo Hoyos la puso a entrenar la marcha atlética. Además de haber roto prácticamente todos los récords nacionales, en 2012 fue oro en los 10 kilómetros de la Copa Mundo de Saransk (Rusia). Ese mismo año fue tercera en el Mundial Juvenil de Barcelona y participó de los Juegos Olímpicos de Londres.

En el ciclo olímpico hacia Río de Janeiro 2016 obtuvo medallas en los Bolivarianos de 2013, los Suramericanos de 2014, los Centroamericanos y del Caribe de 2014, en el Suramericano de Atletismo Lima 2015 y en los Panamericanos de Toronto 2015. En las justas de Brasil ocupó el puesto 32 en los 20 kilómetros, bajando dos posiciones con respecto a su participación en los Olímpicos de Londres. Con miras a Tokio, se quedó con oros en los Bolivarianos de Santa Marta 2017 y los Panamericanos de Lima 2019.

La hija de José Otoniel Arenas y María Campuzano fue la primera colombiana en clasificarse a las competencias japonesas. Con el cupo asegurado y el aplazamiento de Tokio 2020 por una pandemia que aún no culmina, la marchista contó con más sesiones de un duro entrenamiento que destacó. “No soy muy expresiva, pero siento una felicidad tan inmensa, que no sé cómo describirla. Cada milésima de segundo para conseguir esto valió la pena”.

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Parte de la preparación para la carrera fue la alimentación. En esta ocasión sí pudo comer lo que deseaba en tierras asiáticas. Como suele hacer, lleva su fogón eléctrico portátil, para cocinar arroz, pasta o atún, porque los alimentos orientales, al tener tantos condimentos y salsas, no le hacen bien a su organismo, y eso termina afectando su rendimiento. Es algo que le pasó en el Mundial de Pekín 2015.

“Ve y haces arroz”, le dijo Arenas, en broma, a Caterine Ibargüen, quien ya había terminado su sesión de práctica y se dirigía al hotel. Cuando la marchista llegó a su cuarto, no podía reconocerlo. El humo se había apoderado del lugar porque la campeona olímpica en Río 2016 decidió prepararle un arroz. Pero falló. El fogón eléctrico sufrió un corto y quedó inservible, así que decidieron meterse en otra habitación para intentar hacer arroz en una cafetera. El experimento fracasó.

Esa anécdota le genera risa a la subcampeona olímpica risaraldense, quien, a las puertas de los 28 años, todavía tiene energías para ir a París 2024 a seguir la estela de su amiga Caterine y pelear con su cadera y sus piernas por la medalla de oro. Cuando está corriendo, la ira positiva invade sus adentros y, aunque se asusta de los golpes que le lanzan las demás, los movimientos perfectos de Arenas no cesan. A sus padres les recuerda al que hacía el humo del café que preparaban después de que su marchista lo recogía.

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