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Hace un siglo, mientras se consolidaba la revolución bolchevique de la que surgiría la Unión Soviética, Inglaterra, rival de Colombia el martes en el Mundial de Rusia, exportaba hacia allá el fútbol, su más famoso invento. A marxista Vladimir Lenin sólo le gustaba el ajedrez y no veía al deporte como herramienta política, sino como una actividad burguesa a proscribir.
Para mejorar las relaciones diplomáticas Londres-Moscú el balón fue el encargado de romper el hielo a través del primer campeonato en 1910, con nueve equipos, entre ellos el Orechovo-Zuevo. Dentro de esa avanzada, en 1912 llegó como vicecónsul británico el escocés Robert Bruce Lockhart, diplomático y futbolista. Convenció a magnates rusos, como los Morozov, de introducir esa disciplina como generadora de mayor productividad, porque comprometía más a los obreros con sus empleadores y los alejaba de la adicción popular al vodka y de las protestas políticas. (Siga nuestro especial del Mundial).
Publicaron avisos en los periódicos para contratar a “ingenieros, empleados y obreros especializados que sepan jugar al fútbol”. El Orechovo-Zuevo era un equipo mixto de británicos y soviéticos, burgueses y proletarios, que representaban a la fábrica textil de los Morozov, con el cónsul en la titular junto a los locales y talentosos hermanos Charnock. Había cinco británicos más, entre ellos Archivald Wavell, luego mariscal de campo británico en la campaña de África en la II Guerra Mundial y penúltimo virrey de la India. Figuraban también apellidos como McDonald y Grennwood. Ganaron el título y la prueba es la medalla de Lockhart, hoy pieza de museo de la Biblioteca Nacional de Escocia.
Después se sabría que Lockhart era en realidad un espía formado desde que tenía 20 años por el Foreing Office y enviado a Moscú con la misión de informar a la inteligencia sobre una nación convulsionada que amenazaba a Europa. Su historia se conoce por su biografía Memorias de un agente británico -obra de consulta de consumados escritores del espionaje como el inglés John le Carré- donde se describe como políglota, sagaz, lector y mujeriego, que alcanzó la fama en Moscú a través del fútbol y de ese equipo que jugaba partidos de exhibición contra “los campeones de Alemania”. (Le puede interesar: James, Quinterito y Matheus, los parceros hicieron realidad su sueño).
Cumplió su objetivo, regresó a Londres, se hizo amigo hasta del Príncipe de Gales y después de la I Guerra Mundial fue enviado como primera espada de la delegación británica de nuevo a Moscú, desde donde enviaba informes sobre el zar Nicolás II y la nación bolchevique. Se codeaba en reuniones sociales con Lenin, Trotsky y Dzerhinsky, hasta que el 31 de agosto de 1918 se reportó un intento de asesinato contra Lenin y el 2 de septiembre, el diario Pravda denunciaba que el magnicidio era parte de un complot franco-británico, que incluía a Lockhart. Detenido y encarcelado en Lubianka, fue interrogado por Felix Dzerhinsky, creador de la Cheka, antecesora de la KGB.
Cuando se esperaba su condena a muerte, Londres obligó a Moscú a un canje de prisioneros por Maxinm Litinov, el delegado soviético de Lenin en Londres. El “as de los espías” y caballero de la reina de Inglaterra reapareció en la II Guerra Mundial para liderar la estrategia de propaganda contra los enemigos y, a pesar de las amenazas rusas, murió de muerte natural el 27 de febrero de 1970, a los 83 años.
Durante el siglo XX, la inteligencia británica aprovechó el fútbol para infiltrarse en todo el mundo. A Colombia venían equipos de la primera división inglesa con regularidad desde la época de El Dorado hasta los años 80 para jugar partidos amistosos. Aunque no hay evidencias de ese tipo de espionaje, en 2009 El Espectador reveló que, según registros oficiales conocidos en Londres, una agente británica de la “Soca” (agencia contra el crimen organizado vinculada con el MI6, el servicio secreto del Reino Unido) perdió en el transporte público de Bogotá una memoria USB con información sobre una operación antinarcóticos a desarrollarse en Colombia, que debió ser cancelada. (Una espía con mala memoria).
En cuanto a la época de la URSS, esta cobró venganza creando el Círculo de Cambridge, espías rusos infiltrados durante medio siglo en la aristocracia británica con el objetivo de pasar secretos de Estado a Moscú que sirvieron para que el Ejército Rojo venciera al régimen nazi. El fútbol siempre jugó de por medio en épocas de guerra. No olvidemos el “partido de la muerte” en Kiev, Ucrania, en agosto de 1942, cuando el invencible equipo de la Fuerza Aérea Alemana fue humillado 5 goles a 3 por uno soviético que se negó a perder, razón por la que sus jugadores, del Dínamo y del Lokomotiv, fueron fusilados por orden de Hitler.
En 2018 el balón volvió del lado ruso. De esas experiencias aprendió el actual presidente de Rusia, Vladimir Putin, graduado agente de la KGB cuestionado a nivel internacional por su poder clandestino detrás de atentados contra exespías rusos sucedidos en las propias calles de Londres, el último en marzo pasado contra Serguéi Skripal y su hija Yulia, caso que llevó a la expulsión de diplomáticos rusos de Inglaterra y que ese país estuviera a punto de no ir a un Mundial en el que entre miles de fanáticos hay muchos espías del siglo XXI.