El día que Muhammad Alí besó al presidente Alfonso López Michelsen

El campeón mundial de los pesos pesados, en su primera visita a Suramérica, en 1977, compartió una amena conversación con el entonces mandatario colombiano.

El presidente López Michelsen saluda al campeón de los pesos pesados, Muhammad Alí, y a la esposa de este, Verónica. / Archivo El Espectador

Un fuerte abrazo y un beso del fornido Muhammad Alí (Cassius Clay), el campeón de los pesos pesados, por poco deja fuera del “ring” al presidente Alfonso López.

Alí penetró al despacho presidencial exactamente a las once de la mañana, con su alegre y peculiar sonrisa bien dibujada en el rostro. Lo acompañaban su esposa Verónica y otros tres corpulentos hombres de color: sus guardaespaldas, y su amigo Jorge Benhur, a quien se debe la gracia de haberlo hecho venir a Colombia.

El presidente López, como todo un “gentleman”, salió a su paso para estrecharle la mano, pero fue sorprendido por un inesperado y desconcertante gesto del moreno y gigantesco boxeador norteamericano. Alí se abalanzó hacia él y en seguimiento de las costumbres de la religión islámica, abrazó y besó en la mejilla al jefe de Estado para demostrarle su admiración. (Vea también: Muhammad Ali en 15 frases)

“Clinch” con el Presidente

Después del “Clinch”, o cuerpo a cuerpo, el presidente de la República titubeó mientras sonreía ante el efusivo saludo que rompía con todas las barreras del protocolo, lo cual no era raro tratándose de la persona que precisamente ha puesto en jaque la antigua severidad de los cuadriláteros del mundo.

El campeón se mostraba confianzudo y presentó uno a uno a sus acompañantes. El presidente López terminó por contagiarse de esa informalidad y atendió a su visitante con toda naturalidad, pero los dos no hablaron en ningún momento de boxeo. La conversación que duró 22 minutos, giró sobre otros tópicos: la situación económica mundial, los secuestros, la crisis energética, las relaciones entre los pueblos y en fin, toda una gama de temas que nada o casi nada tienen que ver con los guantes y los puñetazos.

Además de una bandada de fotógrafos y camarógrafos, el tercer piso del Palacio, donde se encuentran el despacho presidencial y el salón del consejo de Ministros, fue invadido por empleados del gobierno que abandonaron sus escritorios en alocada carrera, ante el anunció que circuló por todos los pasillos de la austera casa colonial: “¡Llegó Alí, llegó Alí…!”

El jefe de la casa militar sacaba pecho al lado del campeón más famoso de todos los escenarios, después de Pelé.

Clay miraba en derredor con curiosidad y lo detallaba todo, a tiempo que iba respondiendo con espontaneidad todas las demostraciones de simpatía y admiración de las personas que aparecían a su paso.

El campeón solo hizo antesalas unos instantes y fue conducido en medio de todos los honores al despacho presidencial. Alguien explicó a Alí que a la silla del jefe de estado le decían “el Solio de Bolívar” para recordar al Libertador de cinco naciones. Otro le hablaba de los cuadros de pintores famosos que colgaban en las paredes. En unos cuantos minutos, Alí fue enterado de “algo” de nuestra historia. (Vea también: Los momentos más destacados en la vida de Muhammad Ali)

Charla privada

Después de los saludos y palabras corteses que se entrecruzaron los invitados a la reunión y el primer mandatario, por periodistas fueron invitados a salir. Solo pudieron permanecer en el despacho presidencial Guillermo Cortés y Gonzalo Castellanos, por una deferencia muy especial.

Don Guillermo Cortés explicó luego a los reporteros que esperaban afuera que la conversación había sido sumamente cordial y amena, pero sobre los temas más serios: la economía, la inflación, el petróleo, etc.

“Alí planteó la cuestión energética, y el presidente López hizo ver que nuestro país había pasado de ser exportador a ser importador, lo cual cambiaba sustancialmente el enfoque económico de la nación”, relató Guillermo Cortés.

El presidente López y el campeón de los pesos pesados también examinaron la cuestión de los secuestros. Alí dijo que esto era algo que estaba preocupando realmente a todos los países. López habló de los esfuerzos muy grandes que el gobierno está haciendo para hacer frente a ese flagelo que no es exclusivo de Colombia sino de todo el mundo.

Alí se refirió a la campaña que a través de un comité integrado por el presidente Carter se está haciendo para buscar un acercamiento con gentes de otras razas y credos, sin distinción de ninguna clase. Informó a López él hacía parte con orgullo de ese comité. Insistió Alí en su filosofía de que debe haber hermandad entre todos los seres humanos. (Lea también: El ocaso de Muhammad Ali)

Una obra social

Luego se mostró muy complacido de estar “colaborando” con la obra del Instituto Franklyn Delano Roosevelt y con la asistencia humanitaria a los niños lisiados y desvalidos. Dijo que esa colaboración la prestaba con amor por la niñez y destacó como muy valiosa la obra que en tal sentido se está haciendo en Colombia. El presidente la República indicó que el Gobierno prestaba su ayuda en la medida de las posibilidades.

Alí preguntó cuántas personas creía el presidente que podrían ir a la Plaza de Santamaría a la exhibición de anoche, y López contestó sin vacilaciones: “Habrá lleno total. Usted es muy admirado por los colombianos”.

El campeón aprovechó la ocasión para señalar el agradecimiento muy grande y profundo que sentía por la hospitalidad y simpatía que había encontrado entre los colombianos.

“Estoy encantado de haber venido a Colombia en esta mi primera visita a la América del Sur”, confesó Alí, poniendo un acento emocionado y franco a sus palabras.

Todo el diálogo transcurrió en inglés. El presidente López habló con mucha fluidez el idioma del campeón y en un momento en que se dirigía a uno de los acompañantes del boxeador, un moreno de bigote, este tuvo que explicarle para facilitar las cosas: “Señor presidente, yo soy colombiano. Me llamo Jorge Benhur.”

Manifestación

Al terminar la entrevista, Alí tomó el ascensor para dirigirse al vestíbulo de Palacio, donde estaban la prensa y un número muy grande de curiosos admiradores suyos. Todas las medidas de seguridad quedaron en un momento por el suelo. La gente se enredaba en los cables de los micrófonos. Las grabadoras rodeaban el rostro de Alí y sus guardaespaldas, con cierta prudencia, hacían esfuerzos supremos para evitar que el campeón fuera “secuestrado” por la multitud que lo acompañó hasta su automóvil. Cuando Alí apareció en la puerta principal se la sede presidencial, se escuchó una clamorosa ovación. Uno de los soldados del batallón Guardia Presidencial perdió momentáneamente la estabilidad arrollado por la turbamulta.

“Hasta pronto…”, expresó el rey de los cuadriláteros desde la ventanilla de su limosina verde, mientras adelante y atrás de él arrancaban también dos automóviles y tres radiopatrullas repletos de agentes secretos encargados de su custodia.