Tras los pasos de Usain Bolt

El Espectador visitó la capital de Jamaica, para recorrer los pasos del mejor velocista de todos los tiempos, quien este año se retira del atletismo en el Mundial de Londres.

El atleta jamaiquino Usain Bolt. /AFP

Todo comienza con una inhalación profunda y una exhalación fuerte para desprenderse de los nervios. Su mirada fija en la línea de meta y la seriedad en su rostro indican que llegó el momento de la verdad. Cabeza abajo, sus manos separadas a la anchura de los hombros, apoyan su fornido tronco; su rodilla derecha mantiene el equilibrio de un cuerpo esculpido para el atletismo mientras los pies están en los bloques de salida. Acomodarse no le toma más de seis segundos, pero durante el proceso todo se enmudece. El carismático y bromista Usain Bolt que todos conocen se transforma. Bendición y mirada al cielo. Está listo para una batalla más. (Vea también: Usain Bolt fue tercero en los últimos 100 metros de su carrera)

¡Ta!, suena el disparo que indica el comienzo de la carrera. Su reacción por lo general es perfecta, aunque levantar los 1,95 metros que mide no es una tarea fácil. Sus primeros pasos son lentos. Mantiene su cabeza abajo mientras coge el ritmo. Los primeros 30 metros son su fase de impulso. Tras superar este límite levanta la mirada, hecha el cuerpo hacia delante e impulsa, impulsa como león persiguiendo su presa. Si no corre, no come. Yergue su cuerpo, hombros abajo y rodillas arriba, no se demora en alcanzar la velocidad máxima. Mira a los lados, se ubica en la competencia, todo vuelve a ser sonoro, se escucha desde las gradas el vitoreo del público. A los 60 metros ya sabe cómo va a terminar la carrera. Una última exhalación, seis zancadas y a celebrar. “Cuando cruzas la meta, es cuando comienza la gloria”, dice sin sonrojarse. (Lea también: Tras los pasos de Usain Bolt)

Usain Bolt ya es un ícono mundial, es una leyenda del atletismo y en su país es el hombre más representativo en la actualidad. “Cuando hablas de Jamaica se te pasan dos cosas por la cabeza: Bob Marley y Usain Bolt”, afirma a El Espectador Monique Salomon, administradora del restaurante propiedad del atleta Tracks&Records, ubicado en Kingston.

Cuando se pronuncia su nombre, a una buena parte de los habitantes de la isla les brillan los ojos. Recuerdan cada una de sus carreras como en Colombia se rememoran algunas victorias de la selección de fútbol o de Nairo Quintana. Y cómo no hacerlo, no tiene rival en las pruebas de velocidad.

En la Universidad de West Indies en Kingston es donde pasa la mayor parte del tiempo. En el sur del campus está el complejo deportivo, en el que se encuentra la pista de Usain Bolt. El estadio siempre vigilado por las “montañas azules” de la isla, en las que se produce uno de los mejores cafés del mundo, es donde se entrena. La pista recibe sus pasos durante siete horas al día. Allí es donde exige su cuerpo al máximo. Junto con su compañero y rival, Yohan Blake, perfecciona cada detalle de su carrera, siempre bajo la supervisión de su instructor personal, Glen Mills. La concentración es total, nada lo saca de su enfoque.

Bolt tuvo la oportunidad de vivir y formarse fuera de su país, pero siempre fue un hombre muy apegado a casa. Nunca buscó cruzar fronteras. La velocidad y la fama lo sacaron del pequeño pueblo de Trelanwy, pero se quedó en Kingston. Después de 13 años, es ahí donde se desenvuelve con tranquilidad, donde puede caminar por cualquier parte sin ser acechado. “Aquí la gente no se enloquece cuando lo ve. Es un personaje muy importante para el país, pero las personas no salen corriendo detrás de él, es uno más cuando está en la ciudad. Respetamos mucho la intimidad de nuestras figuras, lo mismo ocurría con Bob Marley, por eso se mantienen en casa”, dice a este diario Andrés B. Cope, gerente del Spanish Court Hotel.

Cuando no está entrenando, el velocista pasa el tiempo con sus amigos. Es joven y trata de divertirse. Play Station, partidas de dominó, asados o fiestas son sus debilidades. Nunca les dice que no. Es un hombre de excesos, pero sabe cuidarse para estar siempre al 100 %. “Si sabes lo que quieres, sabes cómo conseguirlo”, es la frase con la que se crió y la sigue al pie de la letra. Para todo la aplica. En Kingston abrió el restaurante deportivo Tracks&Records. Ahí se encuentran fotografías de su carrera, ropa con su marca y libros sobre la historia del atletismo en Jamaica. Es un sitio en el que se respira deporte y en el que se desentiende de sus labores. “Cuando viene, por lo general, se come un jerk pork (asado de cerdo picante) y disfruta de uno que otro partido de fútbol”, señala Monique Solomon.

Sus inicios

Una de sus mayores aficiones es el balompié. El Manchester United es el equipo por el que se desvive. Tiene prohibido practicarlo debido a su condición de atleta, pero de vez en cuando hace caso omiso a las recomendaciones de su entrenador y juega uno que otro partido. Su vida actualmente se divide entre el fútbol y el atletismo, sin embargo, ninguno de estos dos deportes estuvo de primero en su lista cuando era niño. “Era fanático del cricket”, resalta Darrian Bryan, quien estaba dos cursos por delante de Bolt en el William Knibb Memorial High School. “Cursaba sexto año y decía que quería ser como Brian Lara o Courtney Walsh (estrellas del cricket), pero cuando conoció el atletismo lo hizo tan bien, que de inmediato se enamoró de este deporte”.

Michael Grant y Hubert Lawrence en su libro El poder y la gloria escriben: “Los jamaiquinos son rápidos, piensan rápido, hablan rápido y son velocistas por naturaleza. Incluso sus ancestros que vienen del oeste de África son más ‘sprinters’ que fondistas. Sus pies no duran mucho tiempo en el piso y sus brazos se mecen con furia mientras echan su cuerpo hacia delante en busca de una meta. Dicen que tan pronto empiezan a andar y sus pies encuentran un poco de espacio, corren. Corren rápido”. Así sucedió con Bolt. Siempre fue un joven con mucha energía. Eso lo destacó su padre, Wellesley Bolt, quien lo convenció para que concentrara esa hiperactividad en el atletismo.

La recomendación dio sus frutos. Lo practicó y brilló. En 2001 (con 14 años) se dio a conocer internacionalmente en un campeonato de atletismo juvenil en Debrecen, Hungría. Pero fue desde 2002 cuando comenzó a escribir su legado. Con un tiempo de 20,61 segundos ganó los 200 metros en el Mundial Juvenil que se llevó a cabo en Kingston, “ahí comenzó todo. Esa es la carrera más importante que corrió”, asegura a El Espectador uno de los representantes del atleta, Nugent Walker.

Desde entonces ha escrito su historia con letras doradas. Ha dominado las pruebas de velocidad a su antojo. No tiene rival. Nombres como los de Justin Gatlin, Asafa Powell, Yohan Blake y Tyson Gay han intentado en vano quitarle el reinado. Pero nada puede con el Rayo de Trelawny. “Siempre está mentalizado en ganar. Es muy estricto con su entrenamiento, su meta este año es una: ganar el oro en el Mundial de Atletismo y retirarse por la puerta grande de un deporte que ha dominado a placer.